sexta-feira, junho 08, 2012

A entrevista de Monsenhor Fellay à DICI



***

DICI: La mayoría de los que se oponen a la aceptación por parte de la Fraternidad de un eventual reconocimiento canónico, hacen resaltar que los debates doctrinales solo habrían podido conducir a esta aceptación [canónica] si hubieran desembocado en una solución doctrinal, es decir, en una “conversión” de Roma. ¿Su posición sobre este punto ha cambiado?

Monseñor: Debemos reconocer que estas reuniones fueron una oportunidad para exponer los diversos problemas que enfrentamos a propósito del Concilio Vaticano II. Lo que ha cambiado es que Roma ya no hace de una plena aceptación del Concilio Vaticano II una condición para la solución canónica. Hoy en día, en Roma, algunos consideran que una comprensión diferente del Concilio no es determinante para el futuro de la Iglesia, porque la Iglesia no es solo el Concilio. De hecho, la Iglesia no se limita solo al Concilio, ella es mucho más grande. Por lo tanto, hay que dedicarse a resolver problemas mayores. Esta toma de conciencia puede ayudarnos a entender lo que realmente está sucediendo: estamos llamados a ayudar a llevar a los demás el tesoro de la Tradición que hemos podido conservar.

Así pues, es la actitud de la Iglesia oficial la que ha cambiado, nosotros no. No somos nosotros los que hemos pedido un acuerdo, es el Papa el que quiere reconocernos. Podemos pues preguntarnos el porqué de este cambio. ¡Todavía no estamos de acuerdo doctrinalmente, y sin embargo el Papa quiere reconocernos! ¿Por qué? La respuesta es ésta: hay problemas tremendamente importantes en la Iglesia de hoy. Debemos hacer frente a estos problemas. Debemos dejar de lado los problemas secundarios y hacer frente a problemas mayores. Esta es la respuesta de tal o cual prelado romano, pero no lo dirán jamás abiertamente; hay que leer entre líneas para entender.

Las autoridades oficiales no quieren reconocer los errores del Concilio. Ellas no lo dirán nunca de manera explícita. Sin embargo, si leemos entre líneas, se puede ver que quieren remediar a algunos de estos errores.

(…)

DICI: 2012 no es 1988, año de su consagración episcopal. En 2009 se retiraron las excomuniones, en 2007 se reconoció oficialmente que la Misa Tridentina “nunca había sido abrogada,” pero ahora algunos miembros de la Fraternidad deploran que la Iglesia aún no se haya convertido. ¿El rechazo a priori de ellos de un reconocimiento canónico se debe a 40 años de una situación excepcional que resulta de una mala interpretación de la sumisión a la autoridad?

Monseñor: Lo que está pasando en estos días muestra claramente algunos de nuestros puntos débiles frente a los peligros que se han creado por la situación en la que estamos. Uno de los principales peligros es inventar una noción de la Iglesia que parece ideal, pero que no se sitúa de hecho en la verdadera historia de la Iglesia. Algunos argumentan que para trabajar “con seguridad” en la Iglesia, en primer lugar, ésta debe limpiarse de todo error. Esto es lo que se dice cuando se afirma que Roma debe convertirse antes de cualquier acuerdo, o que los errores deben ser primero removidos para que podamos trabajar. Pero esta no es la realidad. Basta con mirar el pasado de la Iglesia; a menudo y casi siempre, vemos que hay errores difundidos en la Iglesia. Ahora bien, los santos reformadores no la abandonaron para luchar contra estos errores. Nuestro Señor nos enseñó que habrá siempre cizaña hasta el final de los tiempos. No sólo la hierba buena, no sólo el trigo.

En tiempos de los arrianos, los obispos trabajaron en medio de los errores para convencer de la verdad a los que estaban equivocados. No dijeron que querían estar fuera, como algunos dicen ahora. Por supuesto, siempre hay que tener cuidado con las expresiones “fuera,” “dentro,” porque somos de la Iglesia, somos católicos. Pero, ¿por este motivo podemos negarnos a convencer a aquellos que están en la Iglesia, bajo el pretexto de que están llenos de errores? ¡Veamos lo que han hecho los santos! Si Dios nos permite estar en una situación nueva, en un combate cuerpo a cuerpo al servicio de la verdad… Esta es la realidad que nos presenta la historia de la Iglesia. El Evangelio compara al cristiano con la levadura, ¿y queremos que la masa crezca, sin que estemos dentro de la masa?

En esta situación, presentada por algunos como una situación imposible, se nos pide ir a trabajar al igual que todos los santos reformadores de todos los tiempos. Por supuesto, esto no elimina el peligro. Pero si tenemos la libertad suficiente de actuar, de vivir y crecer, hay que hacerlo. Realmente creo que esto debe hacerse, siempre y cuando tengamos la suficiente protección.

(…)

DICI: Una prelatura personal es la estructura canónica que Usted ha indicado en declaraciones recientes. Ahora bien, en el Código, el canon N º 297 requiere no sólo informar sino también obtener el permiso de los obispos diocesanos para fundar una obra en su territorio. Si bien es claro que cualquier reconocimiento canónico preservará nuestro apostolado en su estado actual, ¿está Ud. dispuesto a aceptar que las obras futuras no sean posibles sino con el permiso del obispo en las diócesis donde la Fraternidad San Pío X no está actualmente presente?

Monseñor: Hay mucha confusión sobre este tema, y es causada principalmente por una mala interpretación de la naturaleza de la prelatura personal, así como por un desconocimiento de la relación normal entre el Ordinario del lugar y la Prelatura. A esto se añade el hecho de que la única referencia disponible en la actualidad sobre una prelatura personal es el Opus Dei. Sin embargo, seamos claros, si una prelatura personal nos fuese dada, nuestra situación no sería la misma. Para entender mejor lo que sucedería, creo que nuestra situación sería mucho más similar a la de un Ordinariato Militar, porque tendríamos una jurisdicción ordinaria sobre los fieles. Seríamos como una especie de diócesis cuya jurisdicción se extiende a todos sus fieles, independientemente de su situación territorial.

Todas las capillas, iglesias, prioratos, escuelas y obras de la Fraternidad y de las Congregaciones religiosas amigas serían reconocidos con una verdadera autonomía para ejercer su ministerio.

Sigue siendo cierto – como lo es el derecho de la Iglesia – que para abrir una nueva capilla o fundar una nueva obra, sería necesario contar con el permiso del Ordinario del lugar. Por supuesto, hemos mostrado a Roma como nuestra situación actual es difícil en las diócesis, y Roma sigue trabajando en ello. Aquí o allá, esta dificultad será real, pero ¿desde cuándo la vida es sin dificultades? Lo más probable es que también tengamos el problema opuesto, es decir, que no vamos a ser capaces de responder a las peticiones que vendrán de obispos amigos. Pienso en un algún obispo que podría pedirnos que nos encarguemos de la formación de los futuros sacerdotes de su diócesis.

De ninguna manera nuestras relaciones serían las de una congregación religiosa con un obispo, sino más bien las de un obispo con otro obispo, así como ocurre con los Ucranianos o los Armenios de la diáspora. Y si entonces un problema no se ha podido resolver, éste iría a Roma, y habría entonces una intervención romana para resolver el problema.

Sea dicho de paso, lo que se ha informado a través de Internet con respecto a mis comentarios sobre este tema, en Austria, el mes pasado, es completamente falso.

DICI: Si hay reconocimiento canónico, ¿qué va a pasar con las capillas amigas de la Fraternidad e independientes de la diócesis? ¿Los obispos de la Fraternidad continuarán a administrar la confirmación, a proporcionar los Santos Oleos?

Monseñor: Si trabajan con nosotros, no habrá problema: será igual que ahora. Si no, todo dependerá de lo que estas capillas entienden por independencia.

(…)

DICI: En espera de la decisión de Roma, ¿cuáles son sus disposiciones internas? ¿Cuáles le gustaría que fueran para los sacerdotes y fieles apegados a la Tradición?

Monseñor: Cuando en 1988, Mons. Lefebvre anunció que iba a consagrar a cuatro obispos, algunos lo animaron a hacerlo y otros trataron de disuadirlo. Sin embargo, nuestro fundador mantuvo la paz, porque él no tenía en vista sino la voluntad de Dios y el bien de la Iglesia. Hoy en día, debemos tener las mismas disposiciones interiores. Como su santo Patrono, la Fraternidad San Pío X tiene la voluntad de “restaurar todas las cosas en Cristo,” algunos dicen que no es el tiempo, otros por el contrario, que es el momento adecuado. Por mi parte yo solo sé una cosa: siempre es el momento para hacer la voluntad de Dios y sabemos que El nos la hace conocer en el momento oportuno, siempre y cuando nos mostremos receptivos a sus inspiraciones. Por esto, he pedido a los sacerdotes renovar la consagración de la Fraternidad San Pío X al Sagrado Corazón de Jesús, en su fiesta, el 15 de junio próximo, y prepararse a ello con una novena, durante la cual se recitarán las Letanías del Sagrado Corazón en todas nuestras casas. Todos pueden unirse pidiendo la gracia de convertirse en instrumentos dóciles de la restauración de todas las cosas en Cristo.

quinta-feira, junho 07, 2012

Dia do Corpo de Deus


Caro mea vere est cibus, et sanguis meus vere est potus. A primeira coisa que Cristo Senhor nosso nos certifica neste Evangelho é ser verdadeira comida o seu corpo, e verdadeira bebida o seu sangue. Onde se deve muito notar que não faz a força do que quer persuadir em ser verdadeiramente seu corpo o que se nos dá debaixo das espécies de pão, nem em ser verdadeiramente seu sangue o que se consagra debaixo das espécies do vinho, senão em que esse corpo e esse sangue é verdadeiramente mantimento nosso. E por que razão? Porque é propriedade e natureza geral de todo o mantimento converter-se na substância de quem o come; e como Cristo só neste Sacramento assiste real e presencialmente, e nos outros não, por isso também só neste se nos quis dar em forma de mantimento, para que entendêssemos que o fim de o instituir não só fora para nos comunicar sua graça, como nos outros sacramentos, senão para se unir a si mesmo connosco, e a nós consigo. O mesmo Senhor se declarou e o disse logo: Qui manducat meam carnem et bibit meum sanguinem, in me manet, et ego in illo. Sabeis por que digo que o meu corpo é verdadeira comida, e o meu sangue verdadeira bebida? Porque, assim como o mantimento se converte na substância de quem o come, assim eu me quero transformar em vós, e vós em mim: de modo que vós, comungando, fiqueis em mim, e eu, sendo comungado, em vós: In me manet, et ego in ilIo. E porque nesta união e transformação de dois que somos, se há-de fazer um só, este um qual há-de ser? Não haveis de ser vós, senão eu, diz o mesmo Cristo. E assim continua o texto Santo Agostinho: Nec tu me mutabis in te, sicut cibum carnis tuae, sed tu mutaberis in me. De sorte que, assim como nos desposórios de Cristo com Teresa, de dois que eram, se transformaram em um só, e este um, depois de transformados, não era principalmente Teresa, senão Cristo que nela vivia: Vivit vero in me Christus, assim na transformação do Sacramento, o que dignamente comunga, de tal modo fica unido e identificado com Cristo, que Cristo é o que nele vive.

O mesmo Evangelho o diz, e com o mesmo exemplo das Pessoas da Santíssima Trindade, com que declarei a união ou unidade do coração de Cristo com Teresa: Sicut misit me vivens Pater, et ego vivo propter Pater: et qui manducat me, et ipse vivet propter me: Assim como eu vivo pela vida de meu Padre, que me mandou ao mundo, assim quem me comunga verdadeiramente não vive pela sua vida, senão pela minha. Grande caso é que, querendo a sabedoria encarnada declarar o que tinha dito com algum exemplo, não achasse outro mais adequado e mais próprio que o da unidade e vida recíproca que há entre o mesmo Cristo e seu Eterno Padre: Vivit ergo per Patrem, comenta Santo Hilário, et quomodo per Patrem vivit, eodem modo nos per carnem ejus vivemus: Assim como entre o Padre e o Filho, enquanto Deus, há uma só vida, porque o Padre vive no Filho e o Filho no Padre, e um vive pela vida do outro, assim entre Cristo e o que comunga, posto que sejam dois, a vida é e há-de ser uma só, e não outra, senão a do mesmo Cristo: Et ipse vivet propter me. Vejam agora os que comungam se a vida que vivem é a sua ou a de Cristo, e daqui julgarão, pelos efeitos, se comungam como devem ou não.

Padre António Vieira, in “Sermão de Santa Teresa e do Santíssimo Sacramento”, pregado na Igreja da Encarnação, em Lisboa, no ano de 1644.

Corpus Christi



Las palabras que inmutan el vino
las palabras que cambian el pan
¡oh, millones de angélicos coros,
sobrepujan vuestro himno triunfal!

Ni la voz que los vientos de un golpe
domeñados, tumbó sobre mar;
ni el clamor que animó bruscamente
la de Lázaro pútrida faz;
ni la dulce oración compasiva
que de un pan hizo mil; ni el fatal
retumbar de trompetas del juicio
que a los muertos del polvo alzará;
ni siquiera el tremendo, inmutable
veredicto del que ha de bajar
a poner en su quicio las cosas
y dejarlas por siempre jamás…
tienen más milagrosa potencia
más creadora virtud y sin par
dulcedumbre, más fuerza y más gracia
que ese leve rumor del altar,
ese trueno de empuje infinito
y ese arrullo de amor eternal,
ese anillo de amores perpetuos
y semilla de inmortalidad;
ese fiat más grande que el otro
puesto en labios de un pobre mortal
el tesoro del hombre, la herencia
del que es vida, camino y verdad
para todos los pobres del mundo
y a los hombres que quieren la paz;
ese santo conjuro que todas
nuestras llagas podría curar,
esa firme palabra de bodas
que la Iglesia y el Cristo se dan,
esos brazos a todos abiertos
y clavados para revelar
los misterios sin playa y sin fondo
de un amor que no puede hacer más…
esos éxtasis, esas palabras
que consagran el vino y el pan.

Padre Leonardo Castellani, S.J., Jueves Santos de 1927, in "El Libro de las Oraciones", Buenos Aires, Dictio, 1978



Imperdível!




terça-feira, junho 05, 2012

Alfonso de Ratisbona, hebreo y Sacerdote



Original (de Religión en Libertad) aquí


Judío y ateo; burlón y descreído; sarcástico y corrosivo. Alphonse Ratisbonne era eso y más. Todo, cualquier cosa, antes que cristiano, y no digamos que católico, creyente, miembro del rebaño.

Hijo de un rico banquero hebreo de Estrasburgo, acostumbrado a la buena vida, a los lances del amor, a la ociosidad turística, de ese natural irritantemente escéptico que produce la permanente satisfacción de las últimas superfluidades materiales, Ratisbonne se encontró con la fe, con una fe arrolladora que se llevó por delante sus prejuicios una fría mañana del mes de enero en una capilla de la ciudad de Roma.

En apenas unos minutos, todo en lo que creía desapareció como por ensalmo, conjurado por una realidad que le arrebató sus pasadas certezas de burgués adinerado, positivista y pagado de símismo. Algo inesperado y milagroso, inconcebible, se agazapaba entre los pliegues de los designios de la Providencia. Pero comencemos ya el relato de su conversión.


Próximo Oriente

Alphonse Ratisbonne tiene 27 años y va a casarse próximamente. Esa edad, frisando la mitad del siglo XIX, es ya avanzada como para contraer nupcias, pero Alphonse ha querido aprovechar la vida, que le ha brindado lo mejor que podía ofrecerle. La boda es con su prima Flore, a quien ama tan profundamente que ni siquiera el parentesco le hace dudar de su propósito.

Antes de celebrar la ceremonia, Alphonse ha decidido emprender un viaje que le lleve desde Francia hasta el Próximo Oriente, teniendo como destino final Jerusalén.

De camino, sin prisas, piensa visitar las principales ciudades de Europa. Mientras hace planes, Alphonse tiene un pensamiento para su hermano Théodore, que se ha ordenado sacerdote ¡católico! hace ya doce años. Se acuerda de él y sonríe condescendiente, con un rictus de compasión afectada, meneando la cabeza con resignación.

Nunca entenderá cómo un hermano suyo ha podido convertirse a la fe de ese galileo descarriado. Lo que ignora es que ese hermano le encomienda a él todos los días, sin faltar uno, a la Inmaculada.

Alphonse tiene previsto salir hacia Nápoles y pasar por Estambul para, finalmente, llegar a Palestina. Pero se detiene primero en Roma, el 6 de enero. En la ciudad papal comienza por visitar el gueto, donde se apiñan casi cinco mil de sus hermanos judíos. Aquello le enerva aún más en contra del catolicismo y del pontífice.

En Roma, Ratisbonne se encuentra con un amigo que, procedente del luteranismo, se ha convertido al catolicismo. Se trata de Théodore de Brussières, quien se halla allí para reunirse con un grupo de católicos galos en peregrinación, y que ha entablado una profunda amistad con el hermano sacerdote de Alphonse.

Théodore encomienda a tan pías amistades al descreído judío, que bien lo necesita.Y se propone, si no convencer por las buenas, sí solicitar de su amigo que se preste a un ruego: colgarse del cuello la Medalla Milagrosa de santa Catalina Labouré.

Divertido, aunque seguramente algo molesto, Alphonse no encuentra ningún inconveniente en portar el ‘amuleto’.
La mañana del 20 de enero de 1842, Alphonse acompaña a Théodore a realizar un encargo, por lo que ambos se dirigen en coche de caballos a la iglesia de Sant’ Andrea delle Fratte, sita junto a la plaza de España de Roma. De Brussières va a pagar un funeral para un ilustre caballero que acaba de morir apenas dos días antes.

Mientras, Ratisbonne debe decidir si espera en el gélido coche o si sigue a su amigo a la iglesia, al resguardo del frío. No es que la iglesia sea gran cosa, pero De lrussières le advierte que tardará poco en sustanciar el asunto. Será cosa de pocos minutos. Al traspasar el umbral del templo, Ratisbonne observa en derredor. Verdaderamente, la iglesia no vale gran cosa. Es más bien fea. Y en su interior todo está oscuro, con excepción de una pequeña capilla, que despide un poderosa luz.

Como en una cascada, todo se precipita. Sin saber cómo, la existencia que ha conocido Alphonse hasta ese momento se desvanece, y de pronto se encuentra a sí mismo arrodillado a la entrada de la capilla, ante la cual se disponen los objetos litúrgicos para el funeral. Aquel momento representa la separación entre dos mundos.




Ojos para Ella

Lo que sucede a continuación lo relata el propio Ratisbonne: “Levanté los ojos hacia la luz y vi, de pie en el altar, viva, grande, majestuosa, bellísima y con aire misericordioso a la Santa Virgen María ...”.

La imagen que contemplaba era semejante a la que colgaba de su cuello, aunque apenas podía sostener su visión con los ojos; entonces, prosigue Ratisbonne, “... fijé la mirada en sus manos y vi en ellas la expresión del perdón y la misericordia (...) aunque Ella no hubiera dicho una palabra, comprendí de pronto el horror del estado en que me encontraba, la deformidad del pecado, la belleza de la fe en el Evangelio...”.

Más tarde, rememorando aquel momento, aseguraría que “en ese mismo instante, una venda cayó de mis ojos (...) veía, al fondo del abismo, las miserias extremas de las que había sido sacado por un acto de misericordia infinita ...”.

Su conversión fue instantánea, pues María le había hecho entender todo de una sola vez, como él mismo decía: “Ella no me ha dicho nada, pero yo lo he comprendido todo”.

Desde ese momento en adelante, Alphonse fue violentamente rechazado por sus antiguos correligionarios y por gran parte de su familia, mientras arrostraba la separación de su amada Flore.

Lo esperaba, pero eso no hizo que le doliera menos. Pese a lo cual, hasta que murió más de cuarenta años después, no tuvo ojos más que para Ella. Cuando, ya en sus últimas horas, luchaban los médicos por su vida, les repetía: “¿Por qué me atormentáis con vuestras curas? ¡Dejadme ir hacia María!”.

En su lecho de muerte, Alphonse Ratisbonne no se olvidó de aquellos a quienes debía la fe, de los peregrinos venidos de Francia con los que se encontrase De Brussières en Roma, que no dejaron de rezar por su alma, ni de su hermano Théodore, que jamás se olvidó de encomendarle a la Inmaculada. Pero, sobre todo, recordaría el día de su extraordinaria conversión cuando, estupefacto, reparó en el ataúd colocado a la salida de la iglesia de Sant’Andrea delle Fratte, en el que se encontraba un cadáver para él desconocido pero ante el que no pudo sino exclamar, hondamente conmovido: “¡Cuánto ha rezado por mí este señor!”.

El cadáver, por el que De Brussières encargaba el funeral, no era otro que el del conde de La Ferronay, quien, advertido por aquellos franceses de su empeño en la conversión de Ratisbonne, había ofrecido nada menos que su vida a cambio del regalo de la fe para Alphonse.

La Ferronay, ministro de Carlos X y fidelísimo hijo de la Iglesia, había solicitado el permiso de su confesor para tal ofrecimiento. Dos días antes de los acontecimientos de Sant’Andrea delle Fratte, aquel señor, que lo era, moría fulminado por un infarto.


Notre Dame de Sion

Tras su experiencia mística, Alphonse Ratisbonne recibió el bautismo cuando apenas habían transcurrido once días. Como católico quiso adoptar el nombre de María, con el que se consagrará sacerdote jesuita seis años más tarde, en 1848. Pío IX le autorizará la fundación de una orden con su hermano Théodore -“Notre Dame de Sion”, no podía ser de otra manera- destinada a la conversión de los judíos. En París se dedicó a acoger a los judíos que se acercaban a la Iglesia y también fundó una casa para catecúmenos.

Aunque de un modo distinto al que imaginaba, Alphonse viajó con frecuencia a Tierra Santa, donde los dos hermanos se dedicaron a la predicación y evangelización.

Resultó, además, que en uno de los terrenos prolijos en ruinas que adquirieron en Jerusalén había estado situado el Litóstrotos, el lugar desde el que Pilatos ofreció a Cristo al pueblo de Jerusalén.

Alphonse Ratisbonne murió en 1884, en Palestina, en el emplazamiento que la tradición afirma se corresponde con el sitio en que se produjo la Visitación de María a Isabel. 


Fernando Paz 

domingo, junho 03, 2012

Festa da Santíssima Trindade


A Festa da Santíssima Trindade é a melhor ocasião do ano para refutar um erro amplamente espalhado nos dias de hoje: o de que cristãos, judeus e muçulmanos adoram o mesmo Deus comum. Tal não é verdade, conforme o explica com toda a fundamentação o sempre recomendável “Ex Orbe”. A ler, portanto.

quinta-feira, maio 31, 2012

El humo de Satanás

Fuente original aquí


En los últimos meses llegan del Vaticano noticias que parecen novelerías urdidas por un discípulo aventajado de Dan Brown: la filtración de documentos confidenciales que desvelan tramas non sanctas, la destitución del presidente de la banca vaticana, la detención del mayordomo del Papa, sospechoso de remejer en los propios aposentos papales... Inevitablemente, uno recuerda aquella célebre y terrible frase de Pablo VI, pronunciada el 30 de junio de 1972: «Por alguna rendija se ha introducido el humo de Satanás en el templo de Dios». Que ese humo se haya colado hasta en los Palacios Apostólicos resulta, en verdad, estremecedor, un motivo de escándalo que regocija a los enemigos de la Iglesia y que a los católicos conscientes nos acongoja; pues no en vano somos miembros de un mismo cuerpo cuya cabeza visible está sufriendo continuas asechanzas. Aquí vendría al pelo aquella invocación a San Miguel Arcángel que León XIII introdujo hace más de un siglo al final de la misa, después de padecer una visión horrible en la que las huestes infernales se concentraban sobre la ciudad de Roma; oración que, misteriosamente, fue suprimida de la liturgia, para hacer sitio a los buenrrollismos y delicuescencias postconciliares.

En las visiones del Apocalipsis se nos habla de dos mujeres: la mujer parturienta, vestida con el sol de la fe; y la gran ramera con la que han fornicado los reyes de la tierra. Ambas representan la religión en sus dos extremos: la religión fiel, que sirve a la Iglesia, y la religión corrompida, que se sirve de ella, entremezcladas como el trigo y la cizaña. «Fornicar con los reyes de la tierra», en el lenguaje bíblico, significa codiciar los bienes transitorios, camandulear, entablar alianzas con el poder terreno, amalgamar el Reino de Dios y el mundo. Cuando San Juan contempla a la gran ramera, que lleva grabada en la frente la palabra Misterio, confiesa su asombro; y es que, en efecto, hasta al hombre que le habían sido revelados los arcanos más ocultos le espantaba este enigma de la religión adulterada. También nos asombra y espanta a nosotros; pero sabemos que este misterio forma parte de la Iglesia, santa y meretriz a un tiempo: y ambas, la santa y la meretriz, conviven en lazo inextricable hasta el momento de la siega, en el que por fin serán separadas. Cuándo se produzca esa separación o juicio definitivo no lo sabemos; sí sabemos, en cambio, que ese juicio vendrá precedido por una gran tribulación, «la mayor desde el diluvio», producida por la peor de las corrupciones, que es la corrupción de lo óptimo. Pero aun en los momentos más duros de la gran tribulación, hasta cuando el misterio de iniquidad se haya introducido en el templo, perseverarán unos pocos fieles, con su cabeza visible al frente, sobre los que caerá la más furiosa de las persecuciones. Y, aun en medio de esta persecución feroz, «Dios mantendrá sus promesas acerca de la infalibilidad de la doctrina en el Magisterio Supremo; aun cuando todo parezca anochecido, brillará esa luz», escribe Leonardo Castellani.

Nadie padece tanto por causa de esta religión adulterada como el Papa, a quien vemos rodeado de camanduleros y corruptos. Lo estamos viendo en estos días, bulliciosos de intrigas vaticanas; lo estamos viendo, en realidad, desde que comenzara este pontificado, hostigado por escándalos que tienen su fuente en el interior de la propia Iglesia. En esta hora difícil, en la que el humo del que hablara Pablo VI parece anochecerlo todo, la naturaleza martirial de la Iglesia fiel, con Benedicto XVI al frente, brilla más que nunca. Que San Miguel Arcángel lo defienda en la lucha.



Juan Manuel de Prada 

domingo, maio 27, 2012

Dia de Pentecostes


Está dito e está provado. Mas que se tira ou colhe daqui? Parecerá porventura aos ouvintes que esta doutrina é só para os pregadores da fé, para os religiosos, para os missionários, para os pastores e ministros da Igreja? Assim será noutras terras: nestas nossas é para todos. Nas outras terras uns são ministros do Evangelho, e outros não; nas conquistas de Portugal todos são ministros do Evangelho. Assim o disse Santo Agostinho pregando na África, que também é uma das nossas conquistas. Explicava o santo aquela sentença de Cristo: Ubi sum ego, illic et minister meus erit, em que o Senhor promete que, onde ele está, estarão também seus ministros. E convertendo-se o grande doutor para o povo, disse desta maneira: Cum auditis, fratres, Dominum dicentem illic et minister meus erit, nolite tantummodo bonos episcopos et clericos cogitare; etiam vos pro modulo vestro ministrate Christo: Quando ouvis os prémios que Cristo promete a seus ministros, não cuideis que só os bispos e os clérigos são ministros seus: também vós, por vosso modo, não só podeis, mas deveis ser ministros de Cristo. E por que modo será ministro de Cristo um homem leigo, sem letras, sem ordens e sem grau algum na Igreja? O mesmo santo o vai dizendo: Bene vivendo: vivendo bem, e dando bom exemplo; Eleemosynas faciendo: fazendo esmolas, e exercitando as outras obras de caridade; Nomem doctrinamque ejus, quibus potuerit, praedicando: e pregando o nome de Cristo, e ensinando a sua fé e doutrina a todos aqueles a quem puder; Unusquisque paterfamilias pro Christo et pro vita aeterna suos omnes admoneat, doceat, hortetur, corripiat, impendat benevolentiam, exerceat disciplinam: Cada um dos pais de famílias em sua casa, por amor de Cristo e por amor da vida eterna, ensine a todos os seus o que devem saber, encaminhe-os, exorte-os, repreenda-os, castigue-os, tire-os das más ocasiões, e já com amor, já com rigor, zele, procure e faça diligência por que vivam conforme a lei de Cristo.

Este tal pai de famílias, que será? Ouvi, cristãos, para consolação vossa o que conclui Agostinho: Ita in domo sua ecclesiasticum et quodammodo episcopale implebit officium, ministrans Christo, ut in aeternum sit cum ipso: Por este modo um pai de famílias, um homem leigo fará em sua casa não só ofício eclesiástico, mas ofício episcopal, e não só será qualquer ministro de Cristo, senão o maior de todos os ministros, quais são os bispos, servindo e ministrando nesta vida a Cristo, para reinar eternamente com eles: Ministrans Christo, ut in aeternum sit cum ipso. Isto dizia Santo Agostinho aos seus povos da África, e o pudera dizer com muito maior razão aos nossos da América.

Oh! se o divino Espírito, que hoje desceu sobre os Apóstolos, descera eficazmente com um raio de sua divina luz sobre todos os moradores deste Estado, para que dentro e fora de suas casas acudiram às obrigações que devem à fé que professam, como é certo que ficariam todos neste dia não só verdadeiros ministros mas Apóstolos de Cristo? Que coisa é ser Apóstolo? Ser Apóstolo nenhuma outra coisa é senão ensinar a fé e trazer almas a Cristo; e nesta conquista ninguém há que o não possa, e, ainda, que o não deva fazer. Primeiramente nesta missão do Rio das Amazonas, que amanhã parte (e que Deus seja servido levar e trazer tão carregada de despojos do céu, como esperamos, e com tanto remédio para a terra, como se deseja) que português vai de escolta, que não vá fazendo ofício de Apóstolo? Não só são Apóstolos os missionários, senão também os soldados e capitães, porque todos vão buscar gentio e trazê-los ao lume da fé e ao grémio da Igreja. A Igreja formou-se do lado de Cristo, seu esposo, como Eva se formou do lado de Adão. E formou-se quando do lado de Cristo na cruz saiu sangue e água: Exivit sanguis et aqua. O sangue significava o preço da Redenção, e a água, a água do Baptismo. E saiu o sangue junto com a água, porque a virtude que tem a água é recebida do sangue. Mas, pergunto agora, este lado de Cristo, donde se saiu e se formou a Igreja, quem o abriu? Abriu-o um soldado com uma lança, diz o texto: Unus militum lancea latus ejus aperuit. Pois também os soldados concorrem para a formação da Igreja? Sim, porque muitas vezes é necessário que os soldados com suas armas abram e franqueiem a porta, para que por essa porta aberta e franqueada se comunique o sangue da Redenção e a água do Baptismo: Et continuo exivit sanguis et aqua. E quando a fé se prega debaixo das armas e à sombra delas, tão Apóstolos são os que pregam como os que defendem, porque uns e outros cooperam à salvação das almas.

A Catholic News Service em Écône

Longe vão os tempos em que a Conferência Episcopal Francesa rotulava Écône de “seminário selvagem” (certamente, por contraposição aos seminários de selvagens de que tal Conferência era então responsável…). Ainda há tão-só cinco anos, quem poderia imaginar que a agência noticiosa da Conferência Episcopal dos Estados Unidos - a Catholic News Service - reportaria o principal seminário da FSSPX sob uma perspectiva tão positiva?! Um efeito decerto, entre muitos outros, do factor Bento XVI no seio da Igreja! Em dia de Pentecostes, vem mesmo a propósito dizer: o Espírito verdadeiramente sopra!

A importante entrevista de Monsenhor Fellay à Catholic News Service






Apesar de os mesmos já terem sido amplamente divulgados em espaços amigos, pelo interesse e actualidade de que se revestem, aqui se deixam publicados mais uma vez os vídeos da importantíssima entrevista concedida por Monsenhor Fellay, superior da Fraternidade Sacerdotal de São Pio X, à Catholic News Service ( a agência noticiosa da Conferência Episcopal dos Estados Unidos), para que um número tão vasto quanto possível de pessoas possa ter deles conhecimento.

sábado, maio 26, 2012

A Igreja portuguesa em gravíssimo estado de necessidade


Ora, a frequência destas situações é tal que as mesmas começam a ter ampla divulgação no estrangeiro, como não poderia deixar de ser numa época de comunicações globais. Todavia, seria conveniente que quem de direito percebesse - e de uma vez por todas! - que a Igreja em Portugal se encontra em gravíssimo estado de necessidade, em estado de necessidade infinitamente pior do que aquele em que habitualmente se supõem estar as Igrejas de países como a França, a Holanda, a Alemanha ou a Áustria. Urge constatá-lo e com tremenda aflição: a Igreja em Portugal é um caso quase perdido para o Catolicismo!

Os cromos do Paco

Os cromos que o Paco encontra! O último é um tal Manuel Infante, ao que parece pároco - coitados dos paroquianos ao seu cuidado... - na localidade de La Solana (Ciudad Real, Espanha), que afirma não existirem razões teológicas que impeçam a ordenação sacerdotal de mulheres.

A este respeito, faço minhas as palavras do Paco: não me interessa nada o que o pároco de La Solana pensa acerca da inexistência de razões que obstem à ordenação de mulheres; o que me importa para o caso é que a Igreja ensina desde sempre que tais razões existem de facto, estando as mesmas perfeitamente plasmadas na encíclica “Ordinatio Sacerdotalis”, do Papa João Paulo II.

quarta-feira, maio 23, 2012

A experiência da Tradição segundo Monsenhor Marcel Lefebvre


Providencialmente, enquanto folheava o livro “Não! Entrevistas de José Hanu com Monsenhor Lefebvre”, tradução portuguesa, publicada em Lisboa, pelas Edições Roger Delraux, no ano de 1978, do original francês datado de 1977, deparei nas suas páginas 249 a 252 com o trecho infra publicado (os destaques são meus), o qual expressa na perfeição o que Monsenhor Lefebvre entendia como sendo a “experiência da Tradição” e em simultâneo a atitude que o santo e grande arcebispo tinha face à Igreja institucional.

Com a fundação da Fraternidade Sacerdotal de São Pio X, Monsenhor Lefebvre jamais pretendeu estabelecer uma super-Igreja paralela e/ou alternativa, mas antes criar um meio de socorrer, auxiliar e servir a Igreja institucional, num período de tremenda perturbação desta última (o pós-Vaticano II), mediante a reafirmação e a difusão da perene Tradição Católica assente na Missa Tradicional de rito latino-gregoriano e no magistério eclesial constante.

Assim, Monsenhor Lefebvre nunca fez depender a concretização da “experiência da Tradição” do prévio fim do Missa de rito paulino, do termo dos erros trazidos pelo Vaticano II como a liberdade religiosa, o ecumenismo ou a colegialidade, ou ainda da cessação de certos comportamentos públicos antitradicionais dos próprios Papas (em 1988, negociou infrutiferamente a regularização canónica da FSSPX, já depois do primeiro encontro inter-religioso de Assis, ocorrido em 1986 sob a égide de João Paulo II). Ao invés, a consecução da “experiência da Tradição”, pelo bem e graças que traria à Igreja institucional, é que conduziria ao progressivo erodir de tais erros e, no médio/longo prazo, à desaparição dos mesmos.

Deste modo, pelo exposto, é deplorável que na actualidade haja no campo tradicionalista quem ainda não tenha percebido o que está em jogo na questão da regularização canónica da FSSPX, preferindo optar pela defesa de posições aberrantes de cariz neo-sedevacantista ou cripto-sedevacantista, que Monsenhor Lefebvre seria o primeiro a repudiar sem quaisquer hesitações.

***

“Santo Padre, aceitai a experiência da Tradição”

José Hanu - Algumas pessoas pretenderam descrever a vossa entrevista com o Papa… A acreditarmos nelas, foi “tempestuosa e patética”…

Monsenhor Lefebvre - Dizem-se tantas coisas!

JH - Nós não vamos, Monsenhor, tentar destrinçar a incrível meada das múltiplas intervenções, por vezes rocambolescas, que vos levaram até Paulo VI… De resto, talvez nem vós mesmo sejais capaz de esclarecer isso!

ML - O essencial foi essa audiência ter tido lugar…

JH - No entanto, enviastes ou não, antes de serdes recebido, uma carta ao Santo Padre, digamos que arrependida? Houve quem publicasse textos que o levam a pensar…

ML - De facto, redigi algumas linhas de que não guardei cópia; indiquei simplesmente, e sobretudo, a Sua Santidade que se eu era para ele causa de sofrimentos, o lamentava imensamente. Era, continua a ser a expressão da verdade…

Mas não assumi compromisso algum.

JH - Tínheis preparado essa entrevista?

ML - Certamente! Tenho sob os olhos as notas que tinha escrito num papel.

Queria chamar a atenção do Santo Padre para vários pontos.

Por exemplo, queria dizer-lhe:

“Santo Padre, os actos da Santa Sé depois do Concílio, e realizados em nome do Concílio, põem-nos um dilema cruciante. Com efeito, estes actos apoiam-se numa doutrina que se afasta cada vez mais do magistério solenemente afirmado por todos os predecessores de Vossa Santidade.

“Encontramo-nos, pois, divididos entre a fidelidade ao magistério de sempre e a fidelidade à Santa Sé e à Vossa pessoa.”

Queria dizer-lhe igualmente:

“A atitude adoptada pela Santa Sé em relação ao mundo, isto é, aos não-católicos, aos não-cristão, aos ateus, e mesmo aos inimigos declarados da Igreja como os mações e os comunistas, é oposta à que a Igreja sempre teve, quanto à protecção da sua Fé e da vida da Graça.

“Esta atitude de falso ecumenismo e de falso diálogo destrói a Fé católica, arruína o espírito missionário.

“É este espírito novo que está na origem da reforma litúrgica, de todas as outras reformas, como a da Bíblia e a do ensino catequético.

“Esta atitude, se a adoptarmos, obriga-nos a afastar-nos do magistério dos vossos predecessores.”

Queria desenvolver o seguinte ponto:

“As relações da Santa Sé com o episcopado estão doravante fundadas em princípios que impedem o exercício do poder do Sumo Pontífice. A anarquia que daqui resulta é tal, que o Papa e os Bispos já não conseguem exercer a sua autoridade pessoal de direito divino.

“A lei do número introduziu-se no governo da Igreja, contrariamente à doutrina sempre ensinada.

“Este afastamento, entre a doutrina de sempre e os actos actuais da Santa Sé apoiados no Concílio, lançou a Igreja numa tal confusão, que numerosos fiéis no mundo inteiro estão saturados das novidades e das mudanças realizadas, particularmente no que se refere ao Sacerdócio e à Liturgia.

“Estes fiéis, mais numerosos do que se julga, e muitos clérigos e Bispos que não ousam afirmar publicamente, suplicam de joelhos a Vossa Santidade que os autorize, no meio de todas as experiências actuais, a fazer também a experiência do que se fez durante séculos.”

Tinha previsto concluir da seguinte maneira:

“Não rejeiteis, Santo Padre, estas boas vontades decididas a servir a Deus, a Igreja e o Sucessor de Pedro.

“A hora é muito grave.

“Se Vossa Santidade nos obriga a uma escolha crucial entre Ela e os seus predecessores, obrigar-nos-á a escolher os seus predecessores em quem está a Igreja viva de sempre pelo magistério e pela Tradição apostólica, porque nós não queremos tornar-nos nem heréticos nem cismáticos, mas permanecer fiéis à Igreja católica Romana de sempre.”

Eis o que eu tinha preparado. Eis o que eu queria dizer ao Papa!

A cólera de Paulo VI

JH - Mas não decorreu a audiência como tínheis imaginado?

ML - Pouco…

Logo que me encontrei na presença de Sua Santidade, ajoelhei-me, e levantei-me para descobrir um rosto atormentado e febril. O olhar, a atitude geral, eram pouco encorajadores…

Assim, em vez de dizer logo o que tinha previsto, julguei necessário deixar rebentar a trovoada:

“Santo Padre, escuto-vos!”

As reprovações que Paulo VI imediatamente me dirigiu encheram-me de consternação: mostraram, à evidência, quanto o Papa tinha sido prevenido contra mim, quanto tinham pretendido virar contra ele as minhas críticas ao Vaticano II, em acusações à sua própria acção:

“Vós condenais-me! - dizia ele, por exemplo. - Afirmais que eu sou ao mesmo tempo modernista e tradicionalista! Ergueis os fiéis contra o Papa!”

Eu esperava que, logo que passasse este primeiro impulso, me pudesse exprimir longamente e como desejava…

Quando ele observou: “Não dizeis nada? Falai!”, comecei a desenvolver os pontos que acabo de lhe referir, insistindo no facto de não ser o chefe dos tradicionalistas, mas um católico entre outros, perturbado, dilacerado…

Infelizmente, e eu bem o sentia, se o Santo Padre me escutava, o seu espírito não estava pronto a abrir-se aos meus argumentos… Quando cheguei a falar-lhe dos meus seminaristas de Êcone, interrompeu-me bruscamente:

“Não preparais bons padres: mandai-los assinar um juramento contra o Papa!”

Era inacreditável! Quem lhe teria dito tal coisa? Quando nós ensinamos em Êcone, e segundo a Tradição, o enorme respeito ao Sucessor de Pedro!

Estava aterrado… Ele disse-me:

“Que devo fazer, se me condenais? Devo demitir-me? É isso que quereis? Quereis ocupar o meu lugar?”

Como não devia ele sofrer, de facto, para me fazer tais perguntas!

Eu sofria com ele, pela Igreja. Juntei as minhas forças para lhe dizer:

“Oh! Santo Padre! Não faleis assim!”

“Peço-vos: tendes a solução dos problemas nas Vossas mãos. Basta que digais uma só palavra aos Bispos, de modo que dêem aos tradicionalistas o acesso aos lugares do culto…

“Pensai na desordem na Igreja hoje. Temos actualmente vinte e três orações eucarísticas…”

Paulo VI ergueu os braços aos Céu:

“Mas muitas mais! - exclamou. - Muitas mais!”

Eu recomecei:

“Então, se é assim, Santo Padre, por que não devolver os lugares de culto à Missa de São Pio V? Por que não fazer a experiência da Tradição com a formação de padres?”

Paulo VI abanou a cabeça para me dizer:

“Não vos posso dar uma resposta. Tenho de consultar a Cúria… Verei, reflectirei… É tempo de nos separarmos… Mas antes, rezemos juntos…”

E rezámos o Pai Nosso, o Veni Sancte Spiritus, e uma Ave Maria… Depois, Sua Santidade acompanhou-me até à porta do seu gabinete…

Infelizmente estava certo disso - o nosso combate ia continuar.