En las últimas semanas se dan noticias que, sin duda alguna, están reforzando el papel de la Tradición. Es muy de agradecer que Roma plante cara a los Obispos –y Sacerdotes- que obstaculizan a la Tradición y a la Liturgia de siempre. Siempre hay quien aspira a tener una suerte idéntica a la de los levitas o la de los primogénitos egipcios, esta última interesante en extremo con la colaboración estelar del Santo Ángel Exterminador. Frente a esta gente soez y de baja ralea, Roma remacha el Summorum Pontificum con la Universæ Ecclesiæ, la cual urge a la aceptación más extensa y sin cortapisas de la Misa Tridentina (véanse estos comentarios sobre la Universae Ecclesiae).
La entrevista a Monseñor Guido Pozzo, Presidente de la Comisión Ecclesia Dei, es muy reveladora a este respecto. No sólo defiende el uso del usus antiquior o Forma Extraordinaria del Rito Romano, sino que reconoce que es una Liturgia en alza, que atrae a mucha gente –cada vez más, y encima jóvenes- y donde el sentido sacrificial de la Santa Misa no tiene sordina alguna (“[…] Pienso que el recogimiento interior, el significado de la Misa como sacrificio, es particularmente valorizado por la forma extraordinaria. Esto explica, en parte, el aumento del número de fieles que la reclaman.”) e incluso que puede haber puntos en que la Hermandad de San Pío X tenga razón (“[…] Sin embargo, hay algunas objeciones de la Fraternidad San Pío X que tienen sentido”).
Por lo demás, Mons. Pozzo enfatiza la hermenéutica de la continuidad y dice que la Misa Ordinaria (Novus Ordo o Forma Ordinaria) hay que entenderla a la luz de la Tradición y rechazando las desviaciones rupturistas. Si, por esta vía y esta razón, se empieza a desarrollar un trabajo de desprotestantización del Novus Ordo, esto sería muy bienvenido. La recuperación al modo tradicional de Canon, Ofertorio y Consagración sería el trípode básico lógico de tal aserto de Mons. Pozzo si lo llevamos a sus consecuencias lógicas y últimas.
Hay que felicitar por estos primeros frutos de las conversaciones entre Roma y la Hermandad de San Pío X, en particular a Mons. Guido Pozzo y sus asistentes así como a Monseñor Fellay y la Comisión por él designada. Ojalá las cosas puedan seguir en esta línea y con mejores frutos todavía para bien y gloria de la Santa Madre Iglesia y mayor humillación de los enemigos declarados de la Iglesia, es decir, de la Tradición.
Todo esto ya habla de un interesante acercamiento entre la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X y Roma.
Se nos pide que recemos, ofreciendo el Santo Rosario por esta intención, las siguientes oraciones:
VENI, Sancte Spiritus, reple tuorum corda fidelium, et tui amoris in eis ignem accende.
V.Emitte Spiritum tuum et creabuntur;
R.Et renovabis faciem terrae
Oremus:
DEUS, qui corda fidelium Sancti Spiritus illustratione docuisti: da nobis in eodem Spiritu recta sapere, et de eius semper consolatione gaudere. Per Christum Dominum nostrum. Amen.
Pues eso, que el Espíritu Santo guíe a todos.
Rafael Castela Santos
segunda-feira, junho 13, 2011
sábado, junho 04, 2011
Decíamos ayer …
A Fray Luis de León, Agustino e insigne profesor de la Universidad de Salamanca, amén de autor del delicioso libro “De los nombres de Cristo” y gran hebraísta (él mismo era de origen judío), le encarcelaron por mor de falsas denuncias. Pasó años en la cárcel de la Inquisición. Al final sus envidiosos detractores, en un cuidadoso proceso realizado por la Santa Inquisición, quedaron retractados y encarcelados; y Fray Luis, liberado y exonerado de los cargos que se le imputaban.
Al volver a su cátedra de la Universidad de Salamanca retomó su discurso justo en el punto en que lo había dejado el mismo día que le encarcelaron años atrás. Fue entonces cuando comenzó su lección en su primer día tras los años de cárcel con la ya famosa frase: “Decíamos ayer …”.
Hace más de un año que se me secó la pluma y se me pegó la lengua al paladar. Una profunda crisis personal y general de la Iglesia y de la Patria, que me afectó de modo muy intenso, hizo que abandonara mi modesta contribución a esta casa, la Casa de Sarto, donde siempre –y gracias a la proverbial hospitalidad portuguesa de mi amigo y hermano en la Fe JSarto- me he sentido como en casa. El Señor ha tenido a bien liberarme (más bien darme un tercer grado) de esta cárcel del espíritu en que me hallaba, aunque no me ha quitado las cruces de la enfermedad, del desempleo parcial y otras que no menciono. Cruces, por lo demás, bien merecidas (¡aún en rigor pocas son!), por mis muchos pecados y tropelías. Pues bien, vuelvo con Vds., queridos fieles lectores, a empuñar la pluma y a compartir mis pensamientos.
Decíamos ayer que esto va mal. Lo decíamos ya hace más de un año, cuando abandoné A Casa de Sarto, y me ratifico. Más digo ahora: va peor y aún ha de empeorar más. Decíamos ayer que la regeneración no ya de Portugal, España o las Españas que en el mundo son, sino de nuestra civilización y del mundo, sólo puede venir de la vuelta a la Tradición Católica. Decíamos ayer que la Tradición no es sólo un esteticismo fraudulento en relación a la Liturgia de siempre, sino que es defensa de esta Liturgia porque esta Liturgia implica un Depósito de la Fe que nos es obligado salvaguardar. Decíamos ayer que el Santo Padre tiene una gravísima deuda pendiente, y que actúa de modo imprudentísimo, al no hacer la Consagración de Rusia al Inmaculado Corazón que Nuestra Señora pidió en Fátima. Decíamos ayer que es indispensable sacar a la Tradición de la intemperie y que ha de estar integrada en Roma para que rinda fruto, pues católicos, apostólicos y romanos somos. Decíamos ayer que el Katechon ha sido retirado por obra y gracia del Vaticano II y del modernismo y que de este modo precipitamos la transición de la Iglesia de Sardes a la de Filadelfia. Decíamos ayer que es prácticamente imprescindible leer a Castellani para enterarse de todo este desaguisado, en particular “El Apokalypsis”, “Los papeles de Benjamín Benavides” y “Cristo, ¿vuelve o no vuelve?”.
Decimos hoy, año y medio después, que ha quedado claro que el poder le ha sido dado al Asia, con lo que el sello y marchamo de haber entrado en los tiempos apocalípticos ya es indudable; signo al que hay que añadir la reconstrucción del Estado de Israel y la Apostasía general que nos aflige. Decimos hoy que es justo, ahora que la naturaleza muestra su ira contra esta humanidad amoral plena de pecado no arrepentido, ahora que suenan tambores de guerra en Oriente Medio, ahora que hay catástrofes climáticas y nucleares como nunca había habido, ahora que tantos y tantos signos extraños acontecen delante de nuestros ojos, que miremos a Cristo Nuestro Señor sufriente en la Cruz y majestuoso en el Cielo, y que nos llenemos de esperanza. Decimos hoy, con más énfasis que nunca, que nadie se llame a engaño y crea que esto es el fin del mundo: esto es el Juicio de las Naciones, que son cosas distintas.
Diremos mañana que hay una restauración de la Fe, que estamos en la última Iglesia, en la de Laodicea. Diremos que hay Santos como nunca los hubo. Diremos que la humanidad vivirá en paz bajo el yugo suave de Cristo Rey. Diremos que, después de tanto desastre y castigo, hay bendiciones generosas en todos los órdenes, materiales y espirituales. Diremos que ha habido un grito de alegría y liberación que recorrerá el orbe, de norte a sur, de este a oeste. Diremos que el Anticristo ha sido eliminado por el soplo de la boca de Jesucristo, nuestro Salvador.
Decíamos ayer, decimos hoy y diremos mañana que estemos preparados para este trance supremo. Con las armas espirituales de las que nos habla San Pablo, específicamente con aquellas que nos indica Nuestra Señora en Fátima: oración, arrepentimiento, expiación. Viviendo en plenitud en este mundo, como si no viviéramos, como si fuéramos a ser mártires mañana. Gozando de lo que Dios nos da, pero como si no tuviéramos.
¡Ánimo, hermanos en la Fe y gente de buena voluntad! Al Enemigo le quedan ya tiempos breves. Serán muy turbulentos y dolorosos, mas serán cortos. El Reinado de Cristo, nuestro verdadero Don Sebastián, por el que hemos sentido saudade y suspirado siempre, está próximo.
¡Maranâ' thâ'!, מרנא תא
Rafael Castela Santos
Al volver a su cátedra de la Universidad de Salamanca retomó su discurso justo en el punto en que lo había dejado el mismo día que le encarcelaron años atrás. Fue entonces cuando comenzó su lección en su primer día tras los años de cárcel con la ya famosa frase: “Decíamos ayer …”.
Hace más de un año que se me secó la pluma y se me pegó la lengua al paladar. Una profunda crisis personal y general de la Iglesia y de la Patria, que me afectó de modo muy intenso, hizo que abandonara mi modesta contribución a esta casa, la Casa de Sarto, donde siempre –y gracias a la proverbial hospitalidad portuguesa de mi amigo y hermano en la Fe JSarto- me he sentido como en casa. El Señor ha tenido a bien liberarme (más bien darme un tercer grado) de esta cárcel del espíritu en que me hallaba, aunque no me ha quitado las cruces de la enfermedad, del desempleo parcial y otras que no menciono. Cruces, por lo demás, bien merecidas (¡aún en rigor pocas son!), por mis muchos pecados y tropelías. Pues bien, vuelvo con Vds., queridos fieles lectores, a empuñar la pluma y a compartir mis pensamientos.
Decíamos ayer que esto va mal. Lo decíamos ya hace más de un año, cuando abandoné A Casa de Sarto, y me ratifico. Más digo ahora: va peor y aún ha de empeorar más. Decíamos ayer que la regeneración no ya de Portugal, España o las Españas que en el mundo son, sino de nuestra civilización y del mundo, sólo puede venir de la vuelta a la Tradición Católica. Decíamos ayer que la Tradición no es sólo un esteticismo fraudulento en relación a la Liturgia de siempre, sino que es defensa de esta Liturgia porque esta Liturgia implica un Depósito de la Fe que nos es obligado salvaguardar. Decíamos ayer que el Santo Padre tiene una gravísima deuda pendiente, y que actúa de modo imprudentísimo, al no hacer la Consagración de Rusia al Inmaculado Corazón que Nuestra Señora pidió en Fátima. Decíamos ayer que es indispensable sacar a la Tradición de la intemperie y que ha de estar integrada en Roma para que rinda fruto, pues católicos, apostólicos y romanos somos. Decíamos ayer que el Katechon ha sido retirado por obra y gracia del Vaticano II y del modernismo y que de este modo precipitamos la transición de la Iglesia de Sardes a la de Filadelfia. Decíamos ayer que es prácticamente imprescindible leer a Castellani para enterarse de todo este desaguisado, en particular “El Apokalypsis”, “Los papeles de Benjamín Benavides” y “Cristo, ¿vuelve o no vuelve?”.
Decimos hoy, año y medio después, que ha quedado claro que el poder le ha sido dado al Asia, con lo que el sello y marchamo de haber entrado en los tiempos apocalípticos ya es indudable; signo al que hay que añadir la reconstrucción del Estado de Israel y la Apostasía general que nos aflige. Decimos hoy que es justo, ahora que la naturaleza muestra su ira contra esta humanidad amoral plena de pecado no arrepentido, ahora que suenan tambores de guerra en Oriente Medio, ahora que hay catástrofes climáticas y nucleares como nunca había habido, ahora que tantos y tantos signos extraños acontecen delante de nuestros ojos, que miremos a Cristo Nuestro Señor sufriente en la Cruz y majestuoso en el Cielo, y que nos llenemos de esperanza. Decimos hoy, con más énfasis que nunca, que nadie se llame a engaño y crea que esto es el fin del mundo: esto es el Juicio de las Naciones, que son cosas distintas.
Diremos mañana que hay una restauración de la Fe, que estamos en la última Iglesia, en la de Laodicea. Diremos que hay Santos como nunca los hubo. Diremos que la humanidad vivirá en paz bajo el yugo suave de Cristo Rey. Diremos que, después de tanto desastre y castigo, hay bendiciones generosas en todos los órdenes, materiales y espirituales. Diremos que ha habido un grito de alegría y liberación que recorrerá el orbe, de norte a sur, de este a oeste. Diremos que el Anticristo ha sido eliminado por el soplo de la boca de Jesucristo, nuestro Salvador.
Decíamos ayer, decimos hoy y diremos mañana que estemos preparados para este trance supremo. Con las armas espirituales de las que nos habla San Pablo, específicamente con aquellas que nos indica Nuestra Señora en Fátima: oración, arrepentimiento, expiación. Viviendo en plenitud en este mundo, como si no viviéramos, como si fuéramos a ser mártires mañana. Gozando de lo que Dios nos da, pero como si no tuviéramos.
¡Ánimo, hermanos en la Fe y gente de buena voluntad! Al Enemigo le quedan ya tiempos breves. Serán muy turbulentos y dolorosos, mas serán cortos. El Reinado de Cristo, nuestro verdadero Don Sebastián, por el que hemos sentido saudade y suspirado siempre, está próximo.
¡Maranâ' thâ'!, מרנא תא
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sábado, junho 04, 2011
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segunda-feira, maio 30, 2011
sábado, maio 28, 2011
Castellaniana
Por oportuna recomendação de leitor amigo, aqui deixo a ligação para um fabuloso blogue - “Castellaniana” - que pretende ser o grande ponto de encontro de todos os admiradores da vida e obra do insigne sacerdote católico argentino Padre Leonardo Castellani.
segunda-feira, maio 16, 2011
A Instrução "Universae Ecclesiae" - pontos a reter
A publicação da Instrução “Universae Ecclesiae”, regulamentando a aplicação prática do Motu Proprio “Summorum Pontificum”, é a verdadeira grande notícia que o décimo terceiro dia do mês de Maio trouxe este ano, para júbilo de todos os católicos fiéis à tradição! Os termos em que esta instrução se encontra redigida, apesar de algumas imperfeições, são globalmente muito bons e positivos, e afastam inteiramente os receios de quem temia que os mesmos viessem pôr em causa o alcance prático do “Summorum Pontificum”. Como já disse anteriormente neste espaço, para tal resultado, para além da intercessão de Nossa Senhora e da actuação pessoal do Santo Padre Bento XVI, concorreu decisivamente a mobilização à escala mundial dos católicos defensores da tradição. De facto, vale sempre a pena estarmos atentos, jamais baixarmos guarda e nunca - mesmo nunca - renunciarmos a combater o bom combate!
No que respeita à Instrução propriamente dita, convém para já realçar e reter o seguinte:
1º) A Missa tradicional de rito-latino gregoriano é um património comum de toda a Igreja, que o Santo Padre pretende que seja usufruído por todos os fiéis católicos sem excepções e tanto quanto possível;
2º) Os bispos do mundo inteiro devem garantir o respeito pela Missa tradicional de rito latino-gregoriano, assegurar a celebração concreta da mesma a todos os que a peçam e agir sempre em conformidade com a vontade magistral - a ”mens” - do Santo Padre indubitavelmente exposta no “Summorum Pontificum”, porquanto nenhuma Igreja particular pode deixar de estar em concordância com a Igreja universal;
3º) Acabam as “aldeias de Astérix” inimigas da Missa tradicional, de que a Igreja portuguesa é um dos piores exemplos, bem como todas as desculpas de má-fé utilizadas pelas mesmas para negar o direito à celebração da Missa tradicional de rito latino-gregoriano, desde a exigência do grupo estável já existir anteriormente à promulgação do “Summorum Pontificum” até à do sacerdote que oficie tal Missa ter de ser um impossível Cícero redivivo, quando não os próprios fiéis(!);
4º) Contra os recalcitrantes e reincidentes no desrespeito pela vontade papal, que, depois da publicação de Instrução com regras tão claras, ousem ainda desafiar e impedir com perfídia as intenções do Romano Pontífice, há agora a possibilidade expressa de os fiéis recorrerem para a Pontifícia Comissão “Ecclesia Dei” e subsequentemente para o Supremo Tribunal da Assinatura Apostólica. O tempo da arbitrariedade progressista acabou definitivamente!
Foto via blogue “Orbis Catholicus”: Missa tradicional de rito latino-gregoriano celebrada pelo Cardeal Brandmueller, ontem, em plena Basílica de São Pedro.
No que respeita à Instrução propriamente dita, convém para já realçar e reter o seguinte:
1º) A Missa tradicional de rito-latino gregoriano é um património comum de toda a Igreja, que o Santo Padre pretende que seja usufruído por todos os fiéis católicos sem excepções e tanto quanto possível;
2º) Os bispos do mundo inteiro devem garantir o respeito pela Missa tradicional de rito latino-gregoriano, assegurar a celebração concreta da mesma a todos os que a peçam e agir sempre em conformidade com a vontade magistral - a ”mens” - do Santo Padre indubitavelmente exposta no “Summorum Pontificum”, porquanto nenhuma Igreja particular pode deixar de estar em concordância com a Igreja universal;
3º) Acabam as “aldeias de Astérix” inimigas da Missa tradicional, de que a Igreja portuguesa é um dos piores exemplos, bem como todas as desculpas de má-fé utilizadas pelas mesmas para negar o direito à celebração da Missa tradicional de rito latino-gregoriano, desde a exigência do grupo estável já existir anteriormente à promulgação do “Summorum Pontificum” até à do sacerdote que oficie tal Missa ter de ser um impossível Cícero redivivo, quando não os próprios fiéis(!);
4º) Contra os recalcitrantes e reincidentes no desrespeito pela vontade papal, que, depois da publicação de Instrução com regras tão claras, ousem ainda desafiar e impedir com perfídia as intenções do Romano Pontífice, há agora a possibilidade expressa de os fiéis recorrerem para a Pontifícia Comissão “Ecclesia Dei” e subsequentemente para o Supremo Tribunal da Assinatura Apostólica. O tempo da arbitrariedade progressista acabou definitivamente!
Foto via blogue “Orbis Catholicus”: Missa tradicional de rito latino-gregoriano celebrada pelo Cardeal Brandmueller, ontem, em plena Basílica de São Pedro.
sábado, maio 14, 2011
13 de Maio de 2011

PONTIFÍCIA COMISSÃO ECCLESIA DEI
INSTRUÇÃO
Sobre a aplicação da Carta Apostólica
Motu Proprio Summorum Pontificum
de S. S. O PAPA BENTO XVI
I.
Introdução
INSTRUÇÃO
Sobre a aplicação da Carta Apostólica
Motu Proprio Summorum Pontificum
de S. S. O PAPA BENTO XVI
I.
Introdução
1. A Carta Apostólica Summorum Pontificum Motu Proprio data do Soberano Pontífice Bento XVI, de 7 de julho de 2007, e em vigor a partir de 14 de setembro de 2007, fez mais acessível à Igreja universal a riqueza da Liturgia Romana.
2. Com o sobredito Motu Proprio o Sumo Pontífice Bento XVI promulgou uma lei universal para a Igreja com a intenção de dar uma nova regulamentação acerca do uso da Liturgia Romana em vigor no ano de 1962.
3. Tendo recordado a solicitude dos Sumos Pontífices no cuidado pela Santa Liturgia e na revisão dos livros litúrgicos, o Santo Padre reafirma o princípio tradicional, reconhecido dos tempos imemoráveis, a ser necessariamente conservado para o futuro, e segundo o qual “cada Igreja particular deve concordar com a Igreja universal, não só quanto à fé e aos sinais sacramentais, mas também quanto aos usos recebidos universalmente da ininterrupta tradição apostólica, os quais devem ser observados tanto para evitar os erros quanto para transmitir a integridade da fé, de sorte que a lei de oração da Igreja corresponda à lei da fé.”1
4. O Santo Padre recorda, ademais, os Pontífices romanos que particularmente se esforçaram nesta tarefa, em especial São Gregório Magno e São Pio V. O Papa salienta que, entre os sagrados livros litúrgicos, o Missale Romanum teve um papel relevante na história e foi objeto de atualização ao longo dos tempos até o beato Papa João XXIII. Sucessivamente, no decorrer da reforma litúrgica posterior ao Concílio Vaticano II, o Papa Paulo VI aprovou em 1970 um novo missal, traduzido posteriormente em diversas línguas, para a Igreja de rito latino. No ano de 2000 o Papa João Paulo II, de feliz memória, promulgou uma terceira edição do mesmo.
5. Diversos fiéis, tendo sido formados no espírito das formas litúrgicas precedentes ao Concílio Vaticano II, expressaram o ardente desejo de conservar a antiga tradição. Por isso o Papa João Paulo II, por meio de um Indulto especial, emanado pela Congregação para o Culto Divino, Quattuor abhinc annos, em 1984, concedeu a faculdade de retomar, sob certas condições, o uso do Missal Romano promulgado pelo beato Papa João XXIII. Além disso, o Papa João Paulo II, com o Motu Próprio Ecclesia Dei de 1988, exortou os bispos a que fossem generosos ao conceder a dita faculdade a favor de todos os fiéis que o pedissem. Na mesma linha se põe o Papa Bento XVI com o Motu Próprio Summorum Pontificum, no qual são indicados alguns critérios essenciais para o Usus Antiquior do Rito Romano, que oportunamente aqui se recordam.
6. Os textos do Missal Romano do Papa Paulo VI e daquele que remonta à última edição do Papa João XXIII são duas formas da Liturgia Romana, definidas respectivamente ordinária e extraordinária: trata-se aqui de dois usos do único Rito Romano, que se põem um ao lado do outro. Ambas as formas são expressões da mesma lex orandi da Igreja. Pelo seu uso venerável e antigo a forma extraordinária deve ser conservada em devida honra.
7. O Motu Proprio Summorum Pontificum é acompanhado de uma Carta do Santo Padre, com a mesma data do Motu Próprio (7 de julho de 2007). Nela se dão ulteriores elucidações acerca da oportunidade e da necessidade do supracitado documento; faltando uma legislação que regulasse o uso da Liturgia romana de 1962 era necessária uma nova e abrangente regulamentação. Esta regulamentação se fazia mister especialmente porque no momento da introdução do novo missal não parecia necessário emanar disposições que regulassem o uso da Liturgia vigente em 1962. Por causa do aumento de quanto solicitam o uso da forma extraordinária fez-se necessário dar algumas normas a respeito. Entre outras coisas o Papa Bento XVI afirma: “Não existe qualquer contradição entre uma edição e outra do Missale Romanum. Na história da Liturgia, há crescimento e progresso, mas nenhuma ruptura. Aquilo que para as gerações anteriores era sagrado, permanece sagrado e grande também para nós, e não pode ser de improviso totalmente proibido ou mesmo prejudicial.”2
8. O Motu Proprio Summorum Pontificum constitui uma expressão privilegiada do Magistério do Romano Pontífice e do seu próprio múnus de regulamentar e ordenar a Liturgia da Igreja3 e manifesta a sua preocupação de Vigário de Cristo e Pastor da Igreja universal4. O Motu Proprio se propõe como objetivo:
a) oferecer a todos os fiéis a Liturgia Romana segundo o Usus Antiquior, considerada como um tesouro precioso a ser conservado;
b) garantir e assegurar realmente a quantos o pedem o uso da forma extraordinária, supondo que o uso da Liturgia Romana vigente em 1962 é uma faculdade concedida para o bem dos fiéis e que por conseguinte deve ser interpretada em sentido favorável aos fiéis, que são os seus principais destinatários;
c) favorecer a reconciliação ao interno da Igreja.
2. Com o sobredito Motu Proprio o Sumo Pontífice Bento XVI promulgou uma lei universal para a Igreja com a intenção de dar uma nova regulamentação acerca do uso da Liturgia Romana em vigor no ano de 1962.
3. Tendo recordado a solicitude dos Sumos Pontífices no cuidado pela Santa Liturgia e na revisão dos livros litúrgicos, o Santo Padre reafirma o princípio tradicional, reconhecido dos tempos imemoráveis, a ser necessariamente conservado para o futuro, e segundo o qual “cada Igreja particular deve concordar com a Igreja universal, não só quanto à fé e aos sinais sacramentais, mas também quanto aos usos recebidos universalmente da ininterrupta tradição apostólica, os quais devem ser observados tanto para evitar os erros quanto para transmitir a integridade da fé, de sorte que a lei de oração da Igreja corresponda à lei da fé.”1
4. O Santo Padre recorda, ademais, os Pontífices romanos que particularmente se esforçaram nesta tarefa, em especial São Gregório Magno e São Pio V. O Papa salienta que, entre os sagrados livros litúrgicos, o Missale Romanum teve um papel relevante na história e foi objeto de atualização ao longo dos tempos até o beato Papa João XXIII. Sucessivamente, no decorrer da reforma litúrgica posterior ao Concílio Vaticano II, o Papa Paulo VI aprovou em 1970 um novo missal, traduzido posteriormente em diversas línguas, para a Igreja de rito latino. No ano de 2000 o Papa João Paulo II, de feliz memória, promulgou uma terceira edição do mesmo.
5. Diversos fiéis, tendo sido formados no espírito das formas litúrgicas precedentes ao Concílio Vaticano II, expressaram o ardente desejo de conservar a antiga tradição. Por isso o Papa João Paulo II, por meio de um Indulto especial, emanado pela Congregação para o Culto Divino, Quattuor abhinc annos, em 1984, concedeu a faculdade de retomar, sob certas condições, o uso do Missal Romano promulgado pelo beato Papa João XXIII. Além disso, o Papa João Paulo II, com o Motu Próprio Ecclesia Dei de 1988, exortou os bispos a que fossem generosos ao conceder a dita faculdade a favor de todos os fiéis que o pedissem. Na mesma linha se põe o Papa Bento XVI com o Motu Próprio Summorum Pontificum, no qual são indicados alguns critérios essenciais para o Usus Antiquior do Rito Romano, que oportunamente aqui se recordam.
6. Os textos do Missal Romano do Papa Paulo VI e daquele que remonta à última edição do Papa João XXIII são duas formas da Liturgia Romana, definidas respectivamente ordinária e extraordinária: trata-se aqui de dois usos do único Rito Romano, que se põem um ao lado do outro. Ambas as formas são expressões da mesma lex orandi da Igreja. Pelo seu uso venerável e antigo a forma extraordinária deve ser conservada em devida honra.
7. O Motu Proprio Summorum Pontificum é acompanhado de uma Carta do Santo Padre, com a mesma data do Motu Próprio (7 de julho de 2007). Nela se dão ulteriores elucidações acerca da oportunidade e da necessidade do supracitado documento; faltando uma legislação que regulasse o uso da Liturgia romana de 1962 era necessária uma nova e abrangente regulamentação. Esta regulamentação se fazia mister especialmente porque no momento da introdução do novo missal não parecia necessário emanar disposições que regulassem o uso da Liturgia vigente em 1962. Por causa do aumento de quanto solicitam o uso da forma extraordinária fez-se necessário dar algumas normas a respeito. Entre outras coisas o Papa Bento XVI afirma: “Não existe qualquer contradição entre uma edição e outra do Missale Romanum. Na história da Liturgia, há crescimento e progresso, mas nenhuma ruptura. Aquilo que para as gerações anteriores era sagrado, permanece sagrado e grande também para nós, e não pode ser de improviso totalmente proibido ou mesmo prejudicial.”2
8. O Motu Proprio Summorum Pontificum constitui uma expressão privilegiada do Magistério do Romano Pontífice e do seu próprio múnus de regulamentar e ordenar a Liturgia da Igreja3 e manifesta a sua preocupação de Vigário de Cristo e Pastor da Igreja universal4. O Motu Proprio se propõe como objetivo:
a) oferecer a todos os fiéis a Liturgia Romana segundo o Usus Antiquior, considerada como um tesouro precioso a ser conservado;
b) garantir e assegurar realmente a quantos o pedem o uso da forma extraordinária, supondo que o uso da Liturgia Romana vigente em 1962 é uma faculdade concedida para o bem dos fiéis e que por conseguinte deve ser interpretada em sentido favorável aos fiéis, que são os seus principais destinatários;
c) favorecer a reconciliação ao interno da Igreja.
II.
Tarefas da Pontifícia Comissão Ecclesia Dei
Tarefas da Pontifícia Comissão Ecclesia Dei
9. O Sumo Pontífice conferiu à Pontifícia Comissão Ecclesia Dei poder ordinário vicário para a matéria de sua competência, de modo particular no que tocante à exata obediência e à vigilância na aplicação das disposições do Motu Proprio Summorum Pontificum (cf. art. 12).
10. § 1. A Pontifícia Comissão Ecclesia Dei exerce tal poder tanto por meio das faculdades a ela anteriormente conferidas pelo Papa João Paulo II e confirmadas pelo Papa Bento XVI (cf. Motu Proprio Summorum Pontificum, art. 11-12) quanto por meio do poder de decidir sobre os recursos administrativos a ela legitimamente remetidos, na qualidade de Superior hierárquico, mesmo contra uma eventual medida administrativa singular do Ordinário que pareça contrário ao Motu Proprio.
§ 2. Os decretos com os quais a Pontifícia Comissão julga os recursos são passíveis de apelação ad normam iuris junto do Supremo Tribunal da Assinatura Apostólica.
11. Compete à Pontifícia Comissão Ecclesia Dei, depois de aprovação da Congregação para o Culto Divino e Disciplina dos Sacramentos, a tarefa de preparar a eventual edição dos textos litúrgicos concernentes à forma extraordinária.
10. § 1. A Pontifícia Comissão Ecclesia Dei exerce tal poder tanto por meio das faculdades a ela anteriormente conferidas pelo Papa João Paulo II e confirmadas pelo Papa Bento XVI (cf. Motu Proprio Summorum Pontificum, art. 11-12) quanto por meio do poder de decidir sobre os recursos administrativos a ela legitimamente remetidos, na qualidade de Superior hierárquico, mesmo contra uma eventual medida administrativa singular do Ordinário que pareça contrário ao Motu Proprio.
§ 2. Os decretos com os quais a Pontifícia Comissão julga os recursos são passíveis de apelação ad normam iuris junto do Supremo Tribunal da Assinatura Apostólica.
11. Compete à Pontifícia Comissão Ecclesia Dei, depois de aprovação da Congregação para o Culto Divino e Disciplina dos Sacramentos, a tarefa de preparar a eventual edição dos textos litúrgicos concernentes à forma extraordinária.
III.
Normas específicas
Normas específicas
12. A Pontifícia Comissão, por força da autoridade que lhe foi atribuída e das faculdades de que goza, dispõe, depois da consulta feita aos Bispos do mundo inteiro, com o ânimo de garantir a correta interpretação e a reta aplicação do Motu Proprio Summorum Pontificum, emite a presente Instrução, de acordo com o cânone 34 do Código de Direito Canônico.
A competência dos Bispos diocesanos
13. Os bispos diocesanos, segundo o Código de Direito Canônico5, devem vigiar em matéria litúrgica a fim de garantir o bem comum e para que tudo se faça dignamente, em paz e serenidade na própria Diocese, sempre de acordo com a mens do Romano Pontífice, claramente expressa no Motu Proprio Summorum Pontificum.6 No caso de controvérsia ou de dúvida fundada acerca da celebração na forma extraordinária julgará a Pontifícia Comissão Ecclesia Dei.
14. É tarefa do Ordinário tomar as medidas necessárias para garantir o respeito da forma extraordinária do Rito Romano, de acordo com o Motu Proprio Summorum Pontificum.
O coetus fidelium (cf. Motu Proprio Summorum Pontificum, art. 5 §1).
15. Um coetus fidelium será considerado stabiliter exsistens, de acordo com o art. 5 §1 do supracitado Motu Proprio, quando for constituído por algumas pessoas de uma determinada paróquia unidas por causa da veneração pela Liturgia em seu Usus Antiquior, seja antes, seja depois da publicação do Motu Proprio, as quais pedem que a mesma seja celebrada na própria igreja paroquial, num oratório ou capela; dito coetus pode ser também constituído por pessoas que vêm de diferentes paróquias ou dioceses e que convergem em uma igreja paroquial ou oratório ou capela destinados a tal fim.
16. No caso em que um sacerdote se apresente ocasionalmente com algumas pessoas em uma igreja paroquial ou oratório e queira celebrar na forma extraordinária, como previsto pelos artigos 2 e 4 do Motu Proprio Summorum Pontificum, o pároco ou o reitor de uma igreja, ou o sacerdote responsável por uma igreja, o admita a tal celebração, levando todavia em conta as exigências da programação dos horários das celebrações litúrgicas da igreja em questão.
17. §1. A fim de decidir nos casos particulares, o pároco, ou o reitor ou o sacerdote responsável por uma igreja, lançará mão da sua prudência, deixando-se guiar pelo zelo pastoral e por um espírito de generosa hospitalidade.
§2. No caso de grupos menos numerosos, far-se-á apelo ao Ordinário do lugar para determinar uma igreja à qual os fiéis possam concorrer para assistir a tais celebrações, de tal modo que se assegure uma mais fácil participação dos mesmos e uma celebração mais digna da Santa Missa.
18. Também nos santuários e lugares de peregrinação deve-se oferecer a possibilidade de celebração na forma extraordinária aos grupos de peregrinos que o pedirem (cf. Motu Proprio Summorum Pontificum, art. 5 § 3), se houver um sacerdote idôneo.
19. Os fiéis que pedem a celebração da forma extraordinária não devem apoiar nem pertencer a grupos que se manifestam contrários à validade ou à legitimidade da Santa Missa ou dos Sacramentos celebrados na forma ordinária, nem ser contrários ao Romano Pontífice como Pastor Supremo da Igreja universal.
O sacerdote idôneo (cf. Motu Proprio Summorum Pontificum , art. 5 § 4)
20. No tocante à questão dos requisitos necessários para que um sacerdote seja considerado “idôneo” para celebrar na forma extraordinária, enuncia-se quanto segue:
a) O sacerdote que não for impedido segundo o Direito Canônico7, deve ser considerado idôneo para a celebração da Santa Missa na forma extraordinária;
b) No que se refere à língua latina, é necessário um conhecimento de base, que permita pronunciar as palavras de modo correto e de entender o seu significado;
c) Em referimento ao conhecimento e execução do Rito, se presumem idôneos os sacerdotes que se apresentam espontaneamente a celebrar na forma extraordinária, e que já o fizeram no passado.
21. Aos Ordinários se pede que ofereçam ao clero a possibilidade de obter uma preparação adequada às celebrações na forma extraordinária, o que também vale para os Seminários, onde se deve prover à formação conveniente dos futuros sacerdotes com o estudo do latim8 e oferecer, se as exigências pastorais o sugerirem, a oportunidade de aprender a forma extraordinária do Rito.
22. Nas dioceses onde não houver sacerdotes idôneos, os bispos diocesanos podem pedir a colaboração dos sacerdotes dos Institutos erigidos pela Comissão Ecclesia Dei ou dos sacerdotes que conhecem a forma extraordinária do Rito, seja em vista da celebração, seja com vistas ao seu eventual ensino.
23. A faculdade para celebrar a Missa sine populo (ou só com a participação de um ajudante) na forma extraordinária do rito Romano foi dada pelo Motu Proprio a todo sacerdote, seja secular, seja religioso (cf. Motu Proprio Summorum Pontificum, art.2). Assim sendo, em tais celebrações, os sacerdotes, segundo o Motu Proprio Summorum Pontificum, não precisam de nenhuma permissão especial dos próprios Ordinários ou superiores.
A disciplina litúrgica e eclesiástica
24. Os livros litúrgicos da forma extraordinária devem ser usados como previstos em si mesmos. Todos os que desejam celebrar segundo a forma extraordinária do Rito Romano devem conhecer as respectivas rubricas e são obrigados a executá-las corretamente nas celebrações.
25. No Missal de 1962 poderão e deverão inserir-se novos santos e alguns dos novos prefácios9, segundo as diretrizes que ainda hão de ser indicadas.
26. Como prevê o Motu Proprio Summorum Pontificum no art. 6, precisa-se que as leituras da Santa Missa do Missal de 1962 podem ser proclamadas ou somente em língua latina, ou em língua latina seguida da tradução em língua vernácula ou ainda, nas missas recitadas, só em língua vernácula.
27. No que diz respeito às normas disciplinares conexas à celebração, aplica-se a disciplina eclesiástica contida no Código de Direito Canônico de 1983.
28. Outrossim, por força do seu caráter de lei especial, no seu próprio âmbito, o Motu Proprio Summorum Pontificum derroga os textos legislativos inerentes aos sagrados Ritos promulgados a partir de 1962 e incompatíveis com as rubricas dos livros litúrgicos em vigor em 1962.
Crisma e a Sagrada Ordem
29. A concessão de usar a fórmula antiga para o rito da Crisma foi confirmada pelo Motu Proprio Summorum Pontificum (cf. art. 9, §2). Por isso para a forma extraordinária não é necessário lançar mão da fórmula renovada do Rito da Confirmação promulgado por Paulo VI.
30. No que diz respeito a tonsura, ordens menores e subdiaconado, o Motu Proprio Summorum Pontificum não introduz nenhuma mudança na disciplina do Código de Direito Canônico de 1983; por conseguinte, onde se mantém o uso dos livros litúrgicos da forma extraordinária, ou seja, nos Institutos de Vida Consagrada e Sociedades de Vida Apostólica que dependem da Pontifícia Comissão Ecclesia Dei, o membro professo de votos perpétuos ou aquele incorporado definitivamente numa sociedade clerical de vida apostólica, pela recepção do diaconado incardina-se como clérigo no respectivo instituto ou sociedade de acordo com o cân. 266, § 2 do Código de Direito Canônico.
31. Somente aos Institutos de Vida Consagrada e Sociedades de Vida Apostólica que dependem da Pontifícia Comissão Ecclesia Dei, e àqueles nos quais se conserva o uso dos livros litúrgicos da forma extraordinária, se permite o uso do Pontifical Romano de 1962 para o conferimento das ordens menores e maiores.
Breviarium Romanum
32. Outorga-se aos clérigos a faculdade de usar o Breviarium Romanum em vigor no ano de 1962, conforme o art. 9, § 3 do Motu Proprio Summorum Pontificum. Deve ser recitado integralmente e em latim.
O Tríduo Pascal
33. O coetus fidelium que adere à tradição litúrgica precedente, no caso de dispor de um sacerdote idôneo, pode também celebrar o Tríduo Sacro na forma extraordinária. Caso não haja uma igreja ou oratório destinados exclusivamente para estas celebrações, o pároco ou o Ordinário, em acordo com o sacerdote idôneo, disponham as modalidades mais favoráveis para o bem das almas, não excluindo a possibilidade de uma repetição das celebrações do Tríduo Sacro na mesma igreja.
Os ritos das Ordens Religiosas
34. Aos membros das Ordens Religiosas se permite o uso dos livros litúrgicos próprios, vigentes em 1962.
Pontificale Romanum e Rituale Romanum
35. Permite-se o uso do Pontificale Romanum e do Rituale Romanum, também como do Caeremoniale Episcoporum, vigentes em 1962, de acordo com o art. 28, levando-se em conta, no entanto, quanto disposto no n. 31 desta Instrução.
O Sumo Pontífice Bento XVI, em Audiência concedida no dia 8 de abril de 2011 ao subscrito Cardeal Presidente da Pontifícia Comissão “Ecclesia Dei”, aprovou a presente Instrução e ordenou que se publicasse.
Dado em Roma, na Sede da Pontifícia Comissão Ecclesia Dei, aos 30 de abril de 2011, memória de São Pio V.
William Cardeal Levada
Presidente
Mons. Guido Pozzo
Secretário
________________
1 BENTO XVI, Carta Apostólica Summorum Pontificum dada como Motu Proprio, I, in AAS 99 (2007) 777; cf. Introdução geral do Missal Romano, terceira ed. 2002, n. 397.
2 BENTO XVI, Carta aos Bispos que acompanha a Carta Apostólica “Motu Proprio data” Summorum Pontificum sobre o uso da Liturgia romana anterior à reforma de 1970, in AAS 99 (2007) 798.
3 Cf. C.I.C. can. 838 § 1 e § 2.
4 Cf. C.I.C. can. 331.
5 Cf. C.I.C. can. 223 § 2; 838 §1 e § 4
6 Cf. BENTO XVI, Carta aos Bispos que acompanha a Carta Apostólica “Motu Proprio data” Summorum Pontificum sobre o uso da Liturgia romana anterior à reforma de 1970 , in AAS 99 (2007) 799.
7 Cf. C.I.C. can. 900, § 2.
8 Cf. C.I.C. can. 249; cf. Conc. Vat. II, Const. Sacrosanctum Concilium, n. 36; Decl. Optatam Totius n. 13.
9 Cf. BENTO XVI, Carta aos Bispos que acompanha a Carta Apostólica “Motu Proprio data” Summorum Pontificum sobre o uso da Liturgia romana anterior à reforma de 1970, in AAS 99 (2007) 797.
A competência dos Bispos diocesanos
13. Os bispos diocesanos, segundo o Código de Direito Canônico5, devem vigiar em matéria litúrgica a fim de garantir o bem comum e para que tudo se faça dignamente, em paz e serenidade na própria Diocese, sempre de acordo com a mens do Romano Pontífice, claramente expressa no Motu Proprio Summorum Pontificum.6 No caso de controvérsia ou de dúvida fundada acerca da celebração na forma extraordinária julgará a Pontifícia Comissão Ecclesia Dei.
14. É tarefa do Ordinário tomar as medidas necessárias para garantir o respeito da forma extraordinária do Rito Romano, de acordo com o Motu Proprio Summorum Pontificum.
O coetus fidelium (cf. Motu Proprio Summorum Pontificum, art. 5 §1).
15. Um coetus fidelium será considerado stabiliter exsistens, de acordo com o art. 5 §1 do supracitado Motu Proprio, quando for constituído por algumas pessoas de uma determinada paróquia unidas por causa da veneração pela Liturgia em seu Usus Antiquior, seja antes, seja depois da publicação do Motu Proprio, as quais pedem que a mesma seja celebrada na própria igreja paroquial, num oratório ou capela; dito coetus pode ser também constituído por pessoas que vêm de diferentes paróquias ou dioceses e que convergem em uma igreja paroquial ou oratório ou capela destinados a tal fim.
16. No caso em que um sacerdote se apresente ocasionalmente com algumas pessoas em uma igreja paroquial ou oratório e queira celebrar na forma extraordinária, como previsto pelos artigos 2 e 4 do Motu Proprio Summorum Pontificum, o pároco ou o reitor de uma igreja, ou o sacerdote responsável por uma igreja, o admita a tal celebração, levando todavia em conta as exigências da programação dos horários das celebrações litúrgicas da igreja em questão.
17. §1. A fim de decidir nos casos particulares, o pároco, ou o reitor ou o sacerdote responsável por uma igreja, lançará mão da sua prudência, deixando-se guiar pelo zelo pastoral e por um espírito de generosa hospitalidade.
§2. No caso de grupos menos numerosos, far-se-á apelo ao Ordinário do lugar para determinar uma igreja à qual os fiéis possam concorrer para assistir a tais celebrações, de tal modo que se assegure uma mais fácil participação dos mesmos e uma celebração mais digna da Santa Missa.
18. Também nos santuários e lugares de peregrinação deve-se oferecer a possibilidade de celebração na forma extraordinária aos grupos de peregrinos que o pedirem (cf. Motu Proprio Summorum Pontificum, art. 5 § 3), se houver um sacerdote idôneo.
19. Os fiéis que pedem a celebração da forma extraordinária não devem apoiar nem pertencer a grupos que se manifestam contrários à validade ou à legitimidade da Santa Missa ou dos Sacramentos celebrados na forma ordinária, nem ser contrários ao Romano Pontífice como Pastor Supremo da Igreja universal.
O sacerdote idôneo (cf. Motu Proprio Summorum Pontificum , art. 5 § 4)
20. No tocante à questão dos requisitos necessários para que um sacerdote seja considerado “idôneo” para celebrar na forma extraordinária, enuncia-se quanto segue:
a) O sacerdote que não for impedido segundo o Direito Canônico7, deve ser considerado idôneo para a celebração da Santa Missa na forma extraordinária;
b) No que se refere à língua latina, é necessário um conhecimento de base, que permita pronunciar as palavras de modo correto e de entender o seu significado;
c) Em referimento ao conhecimento e execução do Rito, se presumem idôneos os sacerdotes que se apresentam espontaneamente a celebrar na forma extraordinária, e que já o fizeram no passado.
21. Aos Ordinários se pede que ofereçam ao clero a possibilidade de obter uma preparação adequada às celebrações na forma extraordinária, o que também vale para os Seminários, onde se deve prover à formação conveniente dos futuros sacerdotes com o estudo do latim8 e oferecer, se as exigências pastorais o sugerirem, a oportunidade de aprender a forma extraordinária do Rito.
22. Nas dioceses onde não houver sacerdotes idôneos, os bispos diocesanos podem pedir a colaboração dos sacerdotes dos Institutos erigidos pela Comissão Ecclesia Dei ou dos sacerdotes que conhecem a forma extraordinária do Rito, seja em vista da celebração, seja com vistas ao seu eventual ensino.
23. A faculdade para celebrar a Missa sine populo (ou só com a participação de um ajudante) na forma extraordinária do rito Romano foi dada pelo Motu Proprio a todo sacerdote, seja secular, seja religioso (cf. Motu Proprio Summorum Pontificum, art.2). Assim sendo, em tais celebrações, os sacerdotes, segundo o Motu Proprio Summorum Pontificum, não precisam de nenhuma permissão especial dos próprios Ordinários ou superiores.
A disciplina litúrgica e eclesiástica
24. Os livros litúrgicos da forma extraordinária devem ser usados como previstos em si mesmos. Todos os que desejam celebrar segundo a forma extraordinária do Rito Romano devem conhecer as respectivas rubricas e são obrigados a executá-las corretamente nas celebrações.
25. No Missal de 1962 poderão e deverão inserir-se novos santos e alguns dos novos prefácios9, segundo as diretrizes que ainda hão de ser indicadas.
26. Como prevê o Motu Proprio Summorum Pontificum no art. 6, precisa-se que as leituras da Santa Missa do Missal de 1962 podem ser proclamadas ou somente em língua latina, ou em língua latina seguida da tradução em língua vernácula ou ainda, nas missas recitadas, só em língua vernácula.
27. No que diz respeito às normas disciplinares conexas à celebração, aplica-se a disciplina eclesiástica contida no Código de Direito Canônico de 1983.
28. Outrossim, por força do seu caráter de lei especial, no seu próprio âmbito, o Motu Proprio Summorum Pontificum derroga os textos legislativos inerentes aos sagrados Ritos promulgados a partir de 1962 e incompatíveis com as rubricas dos livros litúrgicos em vigor em 1962.
Crisma e a Sagrada Ordem
29. A concessão de usar a fórmula antiga para o rito da Crisma foi confirmada pelo Motu Proprio Summorum Pontificum (cf. art. 9, §2). Por isso para a forma extraordinária não é necessário lançar mão da fórmula renovada do Rito da Confirmação promulgado por Paulo VI.
30. No que diz respeito a tonsura, ordens menores e subdiaconado, o Motu Proprio Summorum Pontificum não introduz nenhuma mudança na disciplina do Código de Direito Canônico de 1983; por conseguinte, onde se mantém o uso dos livros litúrgicos da forma extraordinária, ou seja, nos Institutos de Vida Consagrada e Sociedades de Vida Apostólica que dependem da Pontifícia Comissão Ecclesia Dei, o membro professo de votos perpétuos ou aquele incorporado definitivamente numa sociedade clerical de vida apostólica, pela recepção do diaconado incardina-se como clérigo no respectivo instituto ou sociedade de acordo com o cân. 266, § 2 do Código de Direito Canônico.
31. Somente aos Institutos de Vida Consagrada e Sociedades de Vida Apostólica que dependem da Pontifícia Comissão Ecclesia Dei, e àqueles nos quais se conserva o uso dos livros litúrgicos da forma extraordinária, se permite o uso do Pontifical Romano de 1962 para o conferimento das ordens menores e maiores.
Breviarium Romanum
32. Outorga-se aos clérigos a faculdade de usar o Breviarium Romanum em vigor no ano de 1962, conforme o art. 9, § 3 do Motu Proprio Summorum Pontificum. Deve ser recitado integralmente e em latim.
O Tríduo Pascal
33. O coetus fidelium que adere à tradição litúrgica precedente, no caso de dispor de um sacerdote idôneo, pode também celebrar o Tríduo Sacro na forma extraordinária. Caso não haja uma igreja ou oratório destinados exclusivamente para estas celebrações, o pároco ou o Ordinário, em acordo com o sacerdote idôneo, disponham as modalidades mais favoráveis para o bem das almas, não excluindo a possibilidade de uma repetição das celebrações do Tríduo Sacro na mesma igreja.
Os ritos das Ordens Religiosas
34. Aos membros das Ordens Religiosas se permite o uso dos livros litúrgicos próprios, vigentes em 1962.
Pontificale Romanum e Rituale Romanum
35. Permite-se o uso do Pontificale Romanum e do Rituale Romanum, também como do Caeremoniale Episcoporum, vigentes em 1962, de acordo com o art. 28, levando-se em conta, no entanto, quanto disposto no n. 31 desta Instrução.
O Sumo Pontífice Bento XVI, em Audiência concedida no dia 8 de abril de 2011 ao subscrito Cardeal Presidente da Pontifícia Comissão “Ecclesia Dei”, aprovou a presente Instrução e ordenou que se publicasse.
Dado em Roma, na Sede da Pontifícia Comissão Ecclesia Dei, aos 30 de abril de 2011, memória de São Pio V.
William Cardeal Levada
Presidente
Mons. Guido Pozzo
Secretário
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1 BENTO XVI, Carta Apostólica Summorum Pontificum dada como Motu Proprio, I, in AAS 99 (2007) 777; cf. Introdução geral do Missal Romano, terceira ed. 2002, n. 397.
2 BENTO XVI, Carta aos Bispos que acompanha a Carta Apostólica “Motu Proprio data” Summorum Pontificum sobre o uso da Liturgia romana anterior à reforma de 1970, in AAS 99 (2007) 798.
3 Cf. C.I.C. can. 838 § 1 e § 2.
4 Cf. C.I.C. can. 331.
5 Cf. C.I.C. can. 223 § 2; 838 §1 e § 4
6 Cf. BENTO XVI, Carta aos Bispos que acompanha a Carta Apostólica “Motu Proprio data” Summorum Pontificum sobre o uso da Liturgia romana anterior à reforma de 1970 , in AAS 99 (2007) 799.
7 Cf. C.I.C. can. 900, § 2.
8 Cf. C.I.C. can. 249; cf. Conc. Vat. II, Const. Sacrosanctum Concilium, n. 36; Decl. Optatam Totius n. 13.
9 Cf. BENTO XVI, Carta aos Bispos que acompanha a Carta Apostólica “Motu Proprio data” Summorum Pontificum sobre o uso da Liturgia romana anterior à reforma de 1970, in AAS 99 (2007) 797.
sexta-feira, maio 13, 2011
13 de Maio

A Epístola extraída do livro dos Provérbios (8, 22-35), lida a 8 de Dezembro, por ocasião da Festa da Imaculada Conceição, pela sua imensa e intensa beleza, é uma das minhas leituras preferidas ao longo de todo o ano litúrgico tradicional: nela descobrimos Nossa Senhora associada aos desígnios de Deus ainda antes do início da criação do mundo. Trata-se, pois, de uma leitura ideal para recordar por altura da passagem de mais um 13 de Maio. Aqui fica.
***
Pertenci ao Senhor logo no início dos seus caminhos, ainda antes de Ele ter criado fosse o que fosse. Fui constituída desde a eternidade, em época remotíssima, ainda antes de o mundo existir. Quando fui concebida, ainda não havia abismos nem as fontes tinham brotado, nem se tinha erguido a mole imponente das montanhas; vim à luz antes de se altearem as colinas, quando ainda não tinha feito, nem a terra, nem os rios, nem os pólos do eixo do globo. Quando desdobrava os céus, já eu estava presente. Quando submetia os abismos ao curso das leis invioláveis; quando estendia os espaços siderais, e punha em equilíbrio as fontes subterrâneas; quando fixava os limites ao mar, e lhe impunha não violá-los; quando lançava os fundamentos da terra, - eu estava com Ele dispondo todas as coisas e deleitava-me sem cessar, jubilosa por me encontrar a seu lado, brincando sobre o globo da terra, e deliciando-me por viver entre os filhos dos homens. Agora, meus filhos, ouvi-me: “Felizes os que seguem os meus caminhos! Aceitai os meus ensinamentos, e cultivai a sabedoria, não os rejeitando. Feliz o homem que me encontra, e que permanece constantemente de vigia à minha porta, sem nunca deixar os seus umbrais! O que me encontrar, encontra a vida, e alcançará do Senhor a salvação”.
***
Pertenci ao Senhor logo no início dos seus caminhos, ainda antes de Ele ter criado fosse o que fosse. Fui constituída desde a eternidade, em época remotíssima, ainda antes de o mundo existir. Quando fui concebida, ainda não havia abismos nem as fontes tinham brotado, nem se tinha erguido a mole imponente das montanhas; vim à luz antes de se altearem as colinas, quando ainda não tinha feito, nem a terra, nem os rios, nem os pólos do eixo do globo. Quando desdobrava os céus, já eu estava presente. Quando submetia os abismos ao curso das leis invioláveis; quando estendia os espaços siderais, e punha em equilíbrio as fontes subterrâneas; quando fixava os limites ao mar, e lhe impunha não violá-los; quando lançava os fundamentos da terra, - eu estava com Ele dispondo todas as coisas e deleitava-me sem cessar, jubilosa por me encontrar a seu lado, brincando sobre o globo da terra, e deliciando-me por viver entre os filhos dos homens. Agora, meus filhos, ouvi-me: “Felizes os que seguem os meus caminhos! Aceitai os meus ensinamentos, e cultivai a sabedoria, não os rejeitando. Feliz o homem que me encontra, e que permanece constantemente de vigia à minha porta, sem nunca deixar os seus umbrais! O que me encontrar, encontra a vida, e alcançará do Senhor a salvação”.
domingo, maio 08, 2011
sábado, maio 07, 2011
Palavras importantes de Bento XVI acerca da liturgia
Em discurso proferido ontem, dia 6 de Maio, por ocasião da passagem do 50º aniversário do Pontifício Instituto Litúrgico Santo Anselmo. O original italiano pode ser lido integralmente aqui e a sua tradução portuguesa no sempre interessante blogue “Sancta Missa”. Os destaques são meus.
***
O Bem-aventurado João XXIII, recolhendo as instâncias do movimento litúrgico que pretendia dar um novo impulso e um novo fôlego à oração da Igreja, pouco antes do Concílio Vaticano II e durante sua realização, quis que a Faculdade dos Beneditinos no Aventino constituísse um centro de estudos e de pesquisa para garantir uma sólida base para a reforma litúrgica conciliar. Na véspera do Concílio, de fato, parecia cada vez mais viva, no campo da liturgia, a urgência de uma reforma, postulada também pelas petições realizadas por diversos episcopados. Além disso, a forte demanda pastoral que motivava o movimento litúrgico requeria que se favorecesse e suscitasse uma participação ativa dos fiéis nas celebrações litúrgicas, através do uso de línguas nacionais, e que se aprofundasse na questão da adaptação dos ritos às diversas culturas, especialmente em terra de missão. Além disso, mostrou-se clara desde o início a necessidade de um estudo mais aprofundado do fundamento teológico da Liturgia, para evitar cair no ritualismo ou promover o subjetivismo, o protagonismo do celebrante, e para que a reforma estivesse bem justificada no âmbito da Revelação e em continuidade com a tradição da Igreja.
(…)
Com o termo “profecia”, o olhar se abre a novos horizontes. A Liturgia da Igreja vai além da própria “reforma conciliar” (cf. Sacrosanctum Concilium, 1), cujo objetivo, de fato, não era principalmente o de mudar os ritos e gestos, mas sim renovar as mentalidades e colocar no centro da vida cristã e da pastoral a celebração do mistério pascal de Cristo. Infelizmente, talvez, também pelos pastores e especialistas, a liturgia foi tomada mais como um objeto a reformar que como um sujeito capaz de renovar a vida cristã, a partir do momento em que “existe um vínculo estreito e orgânico entre a renovação da Liturgia e a renovação de toda a vida da Igreja. A Igreja extrai da liturgia a força para a vida”.
(…)
Cume para o qual tende a ação da Igreja e, ao mesmo tempo, fonte da qual brota a sua força (cf. Sacrosanctum Concilium, 10), a liturgia, com o seu universo celebrativo, torna-se assim a grande educadora na primazia da fé e da graça. A liturgia, testemunha privilegiada da Tradição viva da Igreja, fiel à sua missão original de revelar e tornar presente no hodie das vicissitudes humanas da opus Redemptionis, vive de uma relação correta e consistente entre a sã traditio e a legítima progressio, lucidamente explicitada pela Constituição conciliar no n. 23. Com ambos os termos, os Padres conciliares quiseram gravar seu programa de reforma, em equilíbrio com a grande tradição litúrgica do passado e do futuro. Não raro, contrapõe-se, de maneira torpe, tradição e progresso. Na verdade, os dois conceitos estão integrados: tradição é uma realidade viva, que por isso inclui em si o princípio do desenvolvimento, do progresso. É como dizer que o rio da tradição leva em si também sua fonte e tende à desembocadura.
***
O Bem-aventurado João XXIII, recolhendo as instâncias do movimento litúrgico que pretendia dar um novo impulso e um novo fôlego à oração da Igreja, pouco antes do Concílio Vaticano II e durante sua realização, quis que a Faculdade dos Beneditinos no Aventino constituísse um centro de estudos e de pesquisa para garantir uma sólida base para a reforma litúrgica conciliar. Na véspera do Concílio, de fato, parecia cada vez mais viva, no campo da liturgia, a urgência de uma reforma, postulada também pelas petições realizadas por diversos episcopados. Além disso, a forte demanda pastoral que motivava o movimento litúrgico requeria que se favorecesse e suscitasse uma participação ativa dos fiéis nas celebrações litúrgicas, através do uso de línguas nacionais, e que se aprofundasse na questão da adaptação dos ritos às diversas culturas, especialmente em terra de missão. Além disso, mostrou-se clara desde o início a necessidade de um estudo mais aprofundado do fundamento teológico da Liturgia, para evitar cair no ritualismo ou promover o subjetivismo, o protagonismo do celebrante, e para que a reforma estivesse bem justificada no âmbito da Revelação e em continuidade com a tradição da Igreja.
(…)
Com o termo “profecia”, o olhar se abre a novos horizontes. A Liturgia da Igreja vai além da própria “reforma conciliar” (cf. Sacrosanctum Concilium, 1), cujo objetivo, de fato, não era principalmente o de mudar os ritos e gestos, mas sim renovar as mentalidades e colocar no centro da vida cristã e da pastoral a celebração do mistério pascal de Cristo. Infelizmente, talvez, também pelos pastores e especialistas, a liturgia foi tomada mais como um objeto a reformar que como um sujeito capaz de renovar a vida cristã, a partir do momento em que “existe um vínculo estreito e orgânico entre a renovação da Liturgia e a renovação de toda a vida da Igreja. A Igreja extrai da liturgia a força para a vida”.
(…)
Cume para o qual tende a ação da Igreja e, ao mesmo tempo, fonte da qual brota a sua força (cf. Sacrosanctum Concilium, 10), a liturgia, com o seu universo celebrativo, torna-se assim a grande educadora na primazia da fé e da graça. A liturgia, testemunha privilegiada da Tradição viva da Igreja, fiel à sua missão original de revelar e tornar presente no hodie das vicissitudes humanas da opus Redemptionis, vive de uma relação correta e consistente entre a sã traditio e a legítima progressio, lucidamente explicitada pela Constituição conciliar no n. 23. Com ambos os termos, os Padres conciliares quiseram gravar seu programa de reforma, em equilíbrio com a grande tradição litúrgica do passado e do futuro. Não raro, contrapõe-se, de maneira torpe, tradição e progresso. Na verdade, os dois conceitos estão integrados: tradição é uma realidade viva, que por isso inclui em si o princípio do desenvolvimento, do progresso. É como dizer que o rio da tradição leva em si também sua fonte e tende à desembocadura.
Summorum Pontificum - Um problema ou uma riqueza?

A editora “Caminhos Romanos” está mais uma vez de parabéns, por haver colocado recentemente à disposição do público nacional a tradução portuguesa da obra “Summorum Pontificum - Um problema ou uma riqueza?”, do Padre Manuel Folgar Otero, fundador da Fraternidade de Cristo Sacerdote e Santa Maria Rainha.
Trata-se de uma obra que li no original espanhol, em exemplar que o autor gentilmente me autografou em Fátima, e que tem o grande mérito de dar a compreender a verdadeira importância e o real alcance do “Summorum Pontificum”, desfazendo a muita desinformação maldosa que acerca deste foi propagada após a sua promulgação pelo Papa Bento XVI.
Para quem quiser adquirir este livro, que pode ser obtido também através da “Una Voce Portugal”, deixo aqui o contacto da “Caminhos Romanos”:
Caminhos Romanos, Rua Pedro Escobar, 90 r/c, 4150-596 Porto - Telefone/Fax 220 110 532 - Telemóvel (Celular) 936 364 150 - E-mail: caminhos.romanos@hotmail.com
Trata-se de uma obra que li no original espanhol, em exemplar que o autor gentilmente me autografou em Fátima, e que tem o grande mérito de dar a compreender a verdadeira importância e o real alcance do “Summorum Pontificum”, desfazendo a muita desinformação maldosa que acerca deste foi propagada após a sua promulgação pelo Papa Bento XVI.
Para quem quiser adquirir este livro, que pode ser obtido também através da “Una Voce Portugal”, deixo aqui o contacto da “Caminhos Romanos”:
Caminhos Romanos, Rua Pedro Escobar, 90 r/c, 4150-596 Porto - Telefone/Fax 220 110 532 - Telemóvel (Celular) 936 364 150 - E-mail: caminhos.romanos@hotmail.com
quarta-feira, maio 04, 2011
Acerca do Beato João Paulo II

Publiquei o artigo abaixo pela primeira vez, neste espaço, em 15 de Abril de 2005, com o título “Sobre o Pontificado de João Paulo II”. Decorridos mais de seis anos, e por ocasião da beatificação do imediato antecessor do Papa Bento XVI, aqui deixo de novo tal artigo à consideração dos meus leitores, sem vislumbrar necessidade de quaisquer outras alterações que não as de mero pormenor.
***
Apesar de toda a simpatia e carinho que sentíamos pela figura do Santo Padre João Paulo II, e da tristeza que nos causou o seu desaparecimento, nem por isso tal circunstancialismo impede que, neste período de luto oficial na Igreja, analisemos o seu pontificado a partir da perspectiva católico tradicional de que este espaço se reclama, separando a pessoa do Papa das suas obras.
Ao contrário da ideia feita nos meios oficiais da Igreja - "Santo subito!" -, e curiosamente repercutida pela comunicação social de referência, não podemos aceitar a tese de que o mandato papal de Karol Wojtyla tenha sido brilhante e grandioso. Na verdade, João Paulo II não foi nenhum São Pio V ou São Pio X, sequer um Leão XIII ou Pio XII: os vinte seis anos e meio em que chefiou a Igreja, para além das aparências exteriores, ficaram marcados pela permanente degradação da instituição eclesial e pela perda do prestígio e respeito que a mesma havia acumulado durante o século e meio que precedeu o Concílio Vaticano II, tudo num processo de autodemolição sem paralelo numa História bimilenar, e que o Sumo Pontífice notoriamente não conseguiu inverter.
Factos concretos? Por exemplo, a queda abissal da prática religiosa na generalidade das sociedades outrora católicas, mormente ao nível da frequência da Missa Dominical e do sacramento da Penitência; a redução para níveis mínimos das vocações religiosas, em resultado da heterodoxia doutrinária reinante em boa parte dos seminários e institutos religiosos, e da perseguição que neles é feita a quem ousa defender a ortodoxia; o sobraçar pela maioria dos bispos, do restante clero e de parte não despicienda dos próprios leigos, de uma estranha mistura doutrinária de modernismo herético e de progressismo marxista, em total contraposição ao magistério tradicional; a perpetuação dos abusos litúrgicos sem que Roma tenha alguma vez demonstrado vontade prática, e não apenas teórica e retórica, de lhes pôr cobro; a situação de cisma prático em que os Bispos de países como os Estados Unidos, a Holanda, a Bélgica ou a Alemanha se encontram face à primazia romana, não hesitando em desafiar e desobedecer à legítima autoridade papal em matérias de fé e moral; a perda da santidade e exemplaridade de costumes do clero, traduzida não só pelos abjectos escândalos pedófilos homossexuais, mas sobretudo pelo encobrimento que deles a todo o custo tentou fazer uma hierarquia religiosa venal e corrupta, muito especialmente nos Estados Unidos; enfim, a ostracização dos católicos defensores da tradição e a infame marginalização da Missa perpetuamente válida e irrevogável de rito latino-gregoriano.
Ora, pretendemos dizer que João Paulo II foi responsável por todo este estado de coisas?.. Evidentemente que não! Porém, no fundamental, o Santo Padre condescendeu muito para além do tolerável com tal circunstancialismo, em sucessivas omissões com custos gravosíssimos para a Igreja.
De resto, algumas das suas principais e mais notórias acções afastaram-se decisivamente da tradição em pontos fulcrais, ajudando a espalhar a dúvida e a incerteza entre os fiéis. Relembremo-nos da confusão que no seu magistério se fez permanentemente entre os conceitos de "liberdade religiosa" e "tolerância religiosa"; do ecumenismo mal-são que promoveu, fomentador do indiferentismo e do relativismo religioso; da visão colegial com que encarou o Papado, entendendo o Bispo de Roma como mais um entre os restantes Bispos, o que ajuda a compreender em não despicienda parte a condescendência referida no parágrafo anterior; enfim, de ter constantemente pactuado com as extravagâncias litúrgicas nas múltiplas viagens que efectuou à volta do mundo.
Não nos alongaremos mais nesta temática. Outros já a analisaram antes, com muito mais habilidade e talento do que nós; limitar-nos-emos a remeter para um livro cuja leitura recomendamos vivamente, da autoria de dois autores católicos tradicionais norte-americanos - "The Great Façade", de Christopher A. Ferrara e Thomas E. Woods, Jr.
Sem prejuízo de tudo o que dissemos até agora, se por vezes demais João Paulo II pareceu comprometer a tradição, no absolutamente imprescindível salvaguardou com denodo notável a fé e moral católicas, erguendo-se no principal adversário da guerra cultural que o esquerdismo niilista declarou contra os valores basilares do Ocidente. Elogiemos, pois, o combate sem concessões que dirigiu contra o divórcio, o aborto, a eutanásia, a homossexualidade e as uniões legais entre pessoas do mesmo sexo, em defesa da família e da vida, em suma, das leis divina e moral, e da ordem natural superior a elas adstrita. Em tal combate, teve João Paulo II o ponto mais saliente do seu pontificado!
Outrossim, saudemos o nunca ter condescendido com as correntes modernistas radicais de Judas Iscariotes que intimamente só desejam a destruição do Catolicismo; o ter sempre recusado firmemente a efeminização da Igreja, mediante a ordenação sacerdotal de mulheres; o ter implodido, ainda que só parcialmente e sem a firmeza necessária, a pretensa "Teologia da Libertação", bem como ter desmascarado os agentes comunistas que a promoviam.
Em tudo isto, o melhor legado de João Paulo II à Igreja, e que certamente virá a desempenhar papel de referencial fulcral nos tempos que se avizinham.
Que descanse em paz o Santo Padre!
***
Apesar de toda a simpatia e carinho que sentíamos pela figura do Santo Padre João Paulo II, e da tristeza que nos causou o seu desaparecimento, nem por isso tal circunstancialismo impede que, neste período de luto oficial na Igreja, analisemos o seu pontificado a partir da perspectiva católico tradicional de que este espaço se reclama, separando a pessoa do Papa das suas obras.
Ao contrário da ideia feita nos meios oficiais da Igreja - "Santo subito!" -, e curiosamente repercutida pela comunicação social de referência, não podemos aceitar a tese de que o mandato papal de Karol Wojtyla tenha sido brilhante e grandioso. Na verdade, João Paulo II não foi nenhum São Pio V ou São Pio X, sequer um Leão XIII ou Pio XII: os vinte seis anos e meio em que chefiou a Igreja, para além das aparências exteriores, ficaram marcados pela permanente degradação da instituição eclesial e pela perda do prestígio e respeito que a mesma havia acumulado durante o século e meio que precedeu o Concílio Vaticano II, tudo num processo de autodemolição sem paralelo numa História bimilenar, e que o Sumo Pontífice notoriamente não conseguiu inverter.
Factos concretos? Por exemplo, a queda abissal da prática religiosa na generalidade das sociedades outrora católicas, mormente ao nível da frequência da Missa Dominical e do sacramento da Penitência; a redução para níveis mínimos das vocações religiosas, em resultado da heterodoxia doutrinária reinante em boa parte dos seminários e institutos religiosos, e da perseguição que neles é feita a quem ousa defender a ortodoxia; o sobraçar pela maioria dos bispos, do restante clero e de parte não despicienda dos próprios leigos, de uma estranha mistura doutrinária de modernismo herético e de progressismo marxista, em total contraposição ao magistério tradicional; a perpetuação dos abusos litúrgicos sem que Roma tenha alguma vez demonstrado vontade prática, e não apenas teórica e retórica, de lhes pôr cobro; a situação de cisma prático em que os Bispos de países como os Estados Unidos, a Holanda, a Bélgica ou a Alemanha se encontram face à primazia romana, não hesitando em desafiar e desobedecer à legítima autoridade papal em matérias de fé e moral; a perda da santidade e exemplaridade de costumes do clero, traduzida não só pelos abjectos escândalos pedófilos homossexuais, mas sobretudo pelo encobrimento que deles a todo o custo tentou fazer uma hierarquia religiosa venal e corrupta, muito especialmente nos Estados Unidos; enfim, a ostracização dos católicos defensores da tradição e a infame marginalização da Missa perpetuamente válida e irrevogável de rito latino-gregoriano.
Ora, pretendemos dizer que João Paulo II foi responsável por todo este estado de coisas?.. Evidentemente que não! Porém, no fundamental, o Santo Padre condescendeu muito para além do tolerável com tal circunstancialismo, em sucessivas omissões com custos gravosíssimos para a Igreja.
De resto, algumas das suas principais e mais notórias acções afastaram-se decisivamente da tradição em pontos fulcrais, ajudando a espalhar a dúvida e a incerteza entre os fiéis. Relembremo-nos da confusão que no seu magistério se fez permanentemente entre os conceitos de "liberdade religiosa" e "tolerância religiosa"; do ecumenismo mal-são que promoveu, fomentador do indiferentismo e do relativismo religioso; da visão colegial com que encarou o Papado, entendendo o Bispo de Roma como mais um entre os restantes Bispos, o que ajuda a compreender em não despicienda parte a condescendência referida no parágrafo anterior; enfim, de ter constantemente pactuado com as extravagâncias litúrgicas nas múltiplas viagens que efectuou à volta do mundo.
Não nos alongaremos mais nesta temática. Outros já a analisaram antes, com muito mais habilidade e talento do que nós; limitar-nos-emos a remeter para um livro cuja leitura recomendamos vivamente, da autoria de dois autores católicos tradicionais norte-americanos - "The Great Façade", de Christopher A. Ferrara e Thomas E. Woods, Jr.
Sem prejuízo de tudo o que dissemos até agora, se por vezes demais João Paulo II pareceu comprometer a tradição, no absolutamente imprescindível salvaguardou com denodo notável a fé e moral católicas, erguendo-se no principal adversário da guerra cultural que o esquerdismo niilista declarou contra os valores basilares do Ocidente. Elogiemos, pois, o combate sem concessões que dirigiu contra o divórcio, o aborto, a eutanásia, a homossexualidade e as uniões legais entre pessoas do mesmo sexo, em defesa da família e da vida, em suma, das leis divina e moral, e da ordem natural superior a elas adstrita. Em tal combate, teve João Paulo II o ponto mais saliente do seu pontificado!
Outrossim, saudemos o nunca ter condescendido com as correntes modernistas radicais de Judas Iscariotes que intimamente só desejam a destruição do Catolicismo; o ter sempre recusado firmemente a efeminização da Igreja, mediante a ordenação sacerdotal de mulheres; o ter implodido, ainda que só parcialmente e sem a firmeza necessária, a pretensa "Teologia da Libertação", bem como ter desmascarado os agentes comunistas que a promoviam.
Em tudo isto, o melhor legado de João Paulo II à Igreja, e que certamente virá a desempenhar papel de referencial fulcral nos tempos que se avizinham.
Que descanse em paz o Santo Padre!
terça-feira, abril 26, 2011
Páscoa com Vieira - IV e último

Pois que havemos de fazer no dia da Ressurreição de Cristo? Entristecer-nos? Tremer? Temer? Encerrar-nos? Sepultar-nos? Meter-nos vivos na sepultura, donde Cristo saiu? A esta pergunta não se pode responder do púlpito; do confessionário sim. Se estais em estado de pecado mortal, temei e tremei, e cause-vos grande tristeza a ressurreição; mas se estais em graça de Deus, e tendes propósitos firmes de a conservar, alegrai-vos, ponde a vossa alma e o vosso coração muito de festa, e não temais. Assim o disse o anjo às Marias: Nolite expavescere. Notai. Quando o anjo desceu do céu, e revolveu a pedra da sepultura, ficaram assombrados todos os guardas do Sepulcro, e o anjo não lhes disse: Nolite expavescere; e às Marias sim. E por que diz às Marias, que não o temam; e por que não diz o mesmo aos soldados? Porque as Marias iam buscar a Cristo ao Sepulcro para o perseguir, e para o afrontar. E aqueles que perseguem e que ofendem a Cristo, esses é bem que temam na Ressurreição; porém, aqueles que o amam, e que o servem, esses não têm que temer: Nolite expavescere. Tema Pilatos, que o condenou: tema Herodes, que o afrontou: tema Judas, que o vendeu: tema Caifás, que o blasfemou: e temam todos o que o perseguiram e o crucificaram, quando sabem que ele ressuscitou, e que eles também hão-de ressuscitar. Porém a Madalena e as outras Marias: a Madalena e as outras Marias, que o buscam e que o servem, que se não podem apartar dele, essas não têm que temer: Nolite expavescere. Não é esta razão menos que a do anjo: Nolite expavescere; Jesum quaeritis Nazarenum. Se vós buscais a Jesus Nazareno, não temais. A energia destas palavras ainda está mais clara em São Mateus , que neste passo é comentador de São Marcos: Nolite timere vos; scio enim quod Jesum, qui crucifixus est, quaeritis. Não temais vós: (notai muito a palavra vós) vós que buscais a Jesus, não temais; porém aqueles que não o buscam: aqueles que não o amam: aqueles que o ofendem, esses temam a sua Ressurreição. A Ressurreição para eles será morte e tormento eterno, assim como para vós será eterna vida, e eterna glória. Os maus porque hão-de ressuscitar mal, têm razão de temer, mas os bons, que hão-de ressuscitar bem, não têm para temer razão alguma.
E que grande alegria, e que grande consolação é para um verdadeiro cristão na festa da Ressurreição de Cristo considerar que também ele há-de algum dia ressuscitar! Que grande seria a alegria de Madalena, quando visse o seu irmão Lázaro ressuscitado! A nossa alma é a nossa Madalena: o nosso corpo é o nosso Lázaro. Que alegria será a de uma alma considerar agora e ver depois este seu corpo, este seu companheiro ressuscitado! Ainda esta comparação não explica. Que alegria seria a da Virgem Senhora, quando hoje visse ressuscitado em tanta formosura e glória a seu benditíssimo Filho! Esta comparação é a própria. A Madalena viu seu irmão ressuscitado, mas ressuscitado para tornar a morrer. A Senhora viu ressuscitado a seu Filho, mas para não morrer jamais: Mors illi ultra non domina itur. A Madalena viu a seu irmão ressuscitado, mas em corpo passível, como o que dantes tinha. A Senhora viu ressuscitado a seu Filho em corpo imortal, e impassível, e ornado com todos os quatro dotes gloriosos.
Padre António Vieira, no “Sermão da Ressurreição de Cristo”, pregado na Matriz da cidade de Belém do Pará, no ano de 1658
E que grande alegria, e que grande consolação é para um verdadeiro cristão na festa da Ressurreição de Cristo considerar que também ele há-de algum dia ressuscitar! Que grande seria a alegria de Madalena, quando visse o seu irmão Lázaro ressuscitado! A nossa alma é a nossa Madalena: o nosso corpo é o nosso Lázaro. Que alegria será a de uma alma considerar agora e ver depois este seu corpo, este seu companheiro ressuscitado! Ainda esta comparação não explica. Que alegria seria a da Virgem Senhora, quando hoje visse ressuscitado em tanta formosura e glória a seu benditíssimo Filho! Esta comparação é a própria. A Madalena viu seu irmão ressuscitado, mas ressuscitado para tornar a morrer. A Senhora viu ressuscitado a seu Filho, mas para não morrer jamais: Mors illi ultra non domina itur. A Madalena viu a seu irmão ressuscitado, mas em corpo passível, como o que dantes tinha. A Senhora viu ressuscitado a seu Filho em corpo imortal, e impassível, e ornado com todos os quatro dotes gloriosos.
Padre António Vieira, no “Sermão da Ressurreição de Cristo”, pregado na Matriz da cidade de Belém do Pará, no ano de 1658
sábado, abril 23, 2011
Páscoa com Vieira - III

E a alma, que há-de fazer? O corpo, imitar; a alma, meditar: o corpo com os ramos da palma, a alma com os da oliveira. A alma nestes santos dias há-de fazer do coração um Monte Calvário, levantar nele um Cristo crucificado, e pôr-se desta maneira a contemplar suas dores. Oh quem pudera explicar-se agora com o pensamento, e falar com o silêncio! Quando os amigos de Job o foram visitar nos seus trabalhos, diz a Escritura Sagrada que estiveram uma semana inteira olhando só para ele, sem falarem palavra. Assim o hão-de fazer nossas almas esta semana, se são amigas de Jesus: olhar, calar e pasmar. Oh que vista! Oh que silêncio! Oh que admiração! Oh que pasmo! Só três coisas dou licença a nossas almas que se possam perguntar a si mesmas no meio desta suspensão. Quem padece? Que padece? Por quem padece? E que meditação esta para uma eternidade!
Quem padece? Deus, aquele ser eterno, infinito, imenso, todo-poderoso, aquele que criou o céu e a terra com uma palavra, e o pode aniquilar com outra; aquele, diante de cujo acatamento, os principados, as potestades e as dominações, e todas as hierarquias estão tremendo. Este Deus, cuja grandeza, este Deus, cuja majestade, este Deus, cuja soberania incompreensível só ele conhece inteiramente, e todos os entendimentos criados com infinita distância de nenhum modo podem alcançar, este, este é o que padece. Aqui se há-de fazer uma pausa, e pasmar. São Bernardo, cheio de pasmo e assombro nesta mesma consideração, rompeu dizendo: Ergo ne credendum est, quod iste sit Deus, qui flagellatur, qui conspuitur, qui crucifigitur? É possível que se há-de crer que este, que padece tantas injúrias e afrontas, e a mesma morte, é aquele mesmo Deus imortal, impassível, eterno, que não teve princípio, e é o princípio e fonte de todo ser? Este, este é; que nem ele fora Deus, nem a nossa fé fora fé, se ela não fizera, e nós não crêramos o que excede toda a capacidade humana. Por isso Isaías, quando entrou a falar da Paixão, como profeta que sobre todos era o mais eloquente, o exórdio por onde começou, foi aquela pergunta: Quis credidit auditui nostro (Is. 53,1)? Quem haverá que dê crédito ao que há-de ouvir de minha boca? Tão alheio é quem padece do que padece, e este é Deus. Vede se há bem de que pasmar aqui.
Depois de considerarmos que é Deus quem padece, então se segue a consideração do que padece. E não só havemos de trazer à memória o que já vimos que padeceu exteriormente em todos os sentidos do corpo, mas muito mais devemos considerar e ponderar o que padeceu no interior da alma e em todas suas potências. Com dois nomes, ou com duas semelhanças nos declarou nosso amorosíssimo Redentor o que padeceu em sua Paixão, com nome e semelhança de cálix, quando disse a S. Pedro: Calicem, quem dedit mihi Pater, non vis ut bibam illum (Jo. 18,11)? O cálix que me deu meu Padre,
não queres que o beba? E com nome e semelhança de Baptismo, quando disse a todos os discípulos: Baptismo habeo baptizari, et quomodo coarctor usque dum perficiatur (Lc. 12,50)? Eu hei-de ser baptizado em um baptismo, o qual desejo com grandes ânsias e aperto do coração até que chegue. De sorte que declarou o Senhor o que havia de padecer por nós, já chamando-lhe cálix, já baptismo, e porquê? Porque o baptismo recebe-se por fora, o cálix bebe-se por dentro, e Cristo, Redentor nosso, em toda sua Paixão não só padeceu por fora os martírios do corpo, senão também, e muito mais, por dentro os tormentos da alma. Por fora padeceu os tormentos dos açoites, dos espinhos, dos cravos, da lança, que o banharam todo em sangue, e por isso lhes chamou Baptismo; por dentro padeceu as tristezas, os tédios, os temores, as angústias e agonias, que, sem ferro, lhe tiraram também sangue no Horto, e lhe penetravam mortalmente a alma: Tristis est anima mea usque ad mortem.
Oh quem pudesse entrar profundamente no interior da alma de Jesus, e entender o que naquele consistório sacratíssimo e secretíssimo das suas três potências passava e se conferia em tantas horas! A memória, desde o princípio do mundo representava os pecados de todos os homens, por quem satisfazia a divina justiça; o entendimento ponderava o pouco número dos mesmos homens que se haviam de aproveitar do preço infinito daqueles tormentos, e a vontade se desfazia com dor de ver perder tantas almas por sua culpa, sem achar consolação alguma a tamanha perda; e esta era a tristeza que ocupava toda a alma do Salvador, e com três cravos mais agudos e penetrantes a crucificava. Aqui havemos de fazer a segunda pausa, e pasmar tanto daquele infinito amor, como da nossa infinita cegueira. Oh Senhor, quantos pode ser que vísseis então, dos que agora se acham nesta mesma igreja, que, por que haviam de desprezar e condenar as suas almas, agonizavam a vossa! Considere cada um se porventura, ou eterna desventura, é algum destes, e veja bem o seu perigo, enquanto tem tempo.
Este é o Deus que padece, estas as penas e dores que padece, e só resta ver por quem padece. Se a fé me não ensinara outra coisa, cuidara eu que padecia Deus pelo céu, porque vejo o sol eclipsado e coberto de luto; cuidara que padecia pela terra, porque a vejo tremer e arrancar-se de seu próprio centro; cuidara que padecia pelas pedras, porque as vejo quebrarem-se umas com outras e abrirem-se as sepulturas; cuidara que padecia pelo Templo de Jerusalém, porque vejo rasgar-se de alto a baixo o véu do Sancta Sanctorum; cuidara que padecia por este mundo elementar, porque vejo confusos, perturbados, atónitos e com prodígios de sentimento e assombro todos os elementos. Mas não são estas as criaturas por quem padece Deus, posto que todas confessam que padece seu Criador; e, com serem irracionais e insensíveis, quiseram acabar com ele quando o vêem morrer. Quem são logo aqueles por quem padece o Autor da natureza, e por quem morre o Autor da vida? Sou eu, sois cada um de vós, e somos todos os homens. Por nós, e só por nós padece Deus; por nós, e só por nós padece quanto padece. Por nós que, depois de nos criar, o não respeitamos; por nós que, depois de nos sustentar, o não servimos; por nós que, depois de nos remir, o não obedecemos; por nós que, depois de morrer por nosso amor, o não amamos; por nós que, depois de se pôr em uma cruz por nós, o tornamos a crucificar mil vezes; por nós que, esperando-nos assim, e chamando-nos com os braços abertos, não queremos acudir a suas vozes; por nós, enfim, que, sabendo que nos há-de julgar, e nos prometeu o céu, se o não ofendermos, queremos antes o inferno sem ele, que o céu com ele. Isto é o que faz todo o homem que peca mortalmente, e isto o que continua a fazer enquanto se não tira do pecado, para que vejais se tem razão, não só de pasmar, mas de perder o juízo.
Padre António Vieira, no “Sermão de Dia de Ramos”, pregado na Matriz do Maranhão, no ano de 1656.
Quem padece? Deus, aquele ser eterno, infinito, imenso, todo-poderoso, aquele que criou o céu e a terra com uma palavra, e o pode aniquilar com outra; aquele, diante de cujo acatamento, os principados, as potestades e as dominações, e todas as hierarquias estão tremendo. Este Deus, cuja grandeza, este Deus, cuja majestade, este Deus, cuja soberania incompreensível só ele conhece inteiramente, e todos os entendimentos criados com infinita distância de nenhum modo podem alcançar, este, este é o que padece. Aqui se há-de fazer uma pausa, e pasmar. São Bernardo, cheio de pasmo e assombro nesta mesma consideração, rompeu dizendo: Ergo ne credendum est, quod iste sit Deus, qui flagellatur, qui conspuitur, qui crucifigitur? É possível que se há-de crer que este, que padece tantas injúrias e afrontas, e a mesma morte, é aquele mesmo Deus imortal, impassível, eterno, que não teve princípio, e é o princípio e fonte de todo ser? Este, este é; que nem ele fora Deus, nem a nossa fé fora fé, se ela não fizera, e nós não crêramos o que excede toda a capacidade humana. Por isso Isaías, quando entrou a falar da Paixão, como profeta que sobre todos era o mais eloquente, o exórdio por onde começou, foi aquela pergunta: Quis credidit auditui nostro (Is. 53,1)? Quem haverá que dê crédito ao que há-de ouvir de minha boca? Tão alheio é quem padece do que padece, e este é Deus. Vede se há bem de que pasmar aqui.
Depois de considerarmos que é Deus quem padece, então se segue a consideração do que padece. E não só havemos de trazer à memória o que já vimos que padeceu exteriormente em todos os sentidos do corpo, mas muito mais devemos considerar e ponderar o que padeceu no interior da alma e em todas suas potências. Com dois nomes, ou com duas semelhanças nos declarou nosso amorosíssimo Redentor o que padeceu em sua Paixão, com nome e semelhança de cálix, quando disse a S. Pedro: Calicem, quem dedit mihi Pater, non vis ut bibam illum (Jo. 18,11)? O cálix que me deu meu Padre,
não queres que o beba? E com nome e semelhança de Baptismo, quando disse a todos os discípulos: Baptismo habeo baptizari, et quomodo coarctor usque dum perficiatur (Lc. 12,50)? Eu hei-de ser baptizado em um baptismo, o qual desejo com grandes ânsias e aperto do coração até que chegue. De sorte que declarou o Senhor o que havia de padecer por nós, já chamando-lhe cálix, já baptismo, e porquê? Porque o baptismo recebe-se por fora, o cálix bebe-se por dentro, e Cristo, Redentor nosso, em toda sua Paixão não só padeceu por fora os martírios do corpo, senão também, e muito mais, por dentro os tormentos da alma. Por fora padeceu os tormentos dos açoites, dos espinhos, dos cravos, da lança, que o banharam todo em sangue, e por isso lhes chamou Baptismo; por dentro padeceu as tristezas, os tédios, os temores, as angústias e agonias, que, sem ferro, lhe tiraram também sangue no Horto, e lhe penetravam mortalmente a alma: Tristis est anima mea usque ad mortem.
Oh quem pudesse entrar profundamente no interior da alma de Jesus, e entender o que naquele consistório sacratíssimo e secretíssimo das suas três potências passava e se conferia em tantas horas! A memória, desde o princípio do mundo representava os pecados de todos os homens, por quem satisfazia a divina justiça; o entendimento ponderava o pouco número dos mesmos homens que se haviam de aproveitar do preço infinito daqueles tormentos, e a vontade se desfazia com dor de ver perder tantas almas por sua culpa, sem achar consolação alguma a tamanha perda; e esta era a tristeza que ocupava toda a alma do Salvador, e com três cravos mais agudos e penetrantes a crucificava. Aqui havemos de fazer a segunda pausa, e pasmar tanto daquele infinito amor, como da nossa infinita cegueira. Oh Senhor, quantos pode ser que vísseis então, dos que agora se acham nesta mesma igreja, que, por que haviam de desprezar e condenar as suas almas, agonizavam a vossa! Considere cada um se porventura, ou eterna desventura, é algum destes, e veja bem o seu perigo, enquanto tem tempo.
Este é o Deus que padece, estas as penas e dores que padece, e só resta ver por quem padece. Se a fé me não ensinara outra coisa, cuidara eu que padecia Deus pelo céu, porque vejo o sol eclipsado e coberto de luto; cuidara que padecia pela terra, porque a vejo tremer e arrancar-se de seu próprio centro; cuidara que padecia pelas pedras, porque as vejo quebrarem-se umas com outras e abrirem-se as sepulturas; cuidara que padecia pelo Templo de Jerusalém, porque vejo rasgar-se de alto a baixo o véu do Sancta Sanctorum; cuidara que padecia por este mundo elementar, porque vejo confusos, perturbados, atónitos e com prodígios de sentimento e assombro todos os elementos. Mas não são estas as criaturas por quem padece Deus, posto que todas confessam que padece seu Criador; e, com serem irracionais e insensíveis, quiseram acabar com ele quando o vêem morrer. Quem são logo aqueles por quem padece o Autor da natureza, e por quem morre o Autor da vida? Sou eu, sois cada um de vós, e somos todos os homens. Por nós, e só por nós padece Deus; por nós, e só por nós padece quanto padece. Por nós que, depois de nos criar, o não respeitamos; por nós que, depois de nos sustentar, o não servimos; por nós que, depois de nos remir, o não obedecemos; por nós que, depois de morrer por nosso amor, o não amamos; por nós que, depois de se pôr em uma cruz por nós, o tornamos a crucificar mil vezes; por nós que, esperando-nos assim, e chamando-nos com os braços abertos, não queremos acudir a suas vozes; por nós, enfim, que, sabendo que nos há-de julgar, e nos prometeu o céu, se o não ofendermos, queremos antes o inferno sem ele, que o céu com ele. Isto é o que faz todo o homem que peca mortalmente, e isto o que continua a fazer enquanto se não tira do pecado, para que vejais se tem razão, não só de pasmar, mas de perder o juízo.
Padre António Vieira, no “Sermão de Dia de Ramos”, pregado na Matriz do Maranhão, no ano de 1656.
Páscoa com Vieira - II

Suposto pois, cristãos, que este é o tempo, e suposto que os dias são tão precisos que não temos outros para que apelar, o que resta é recuperar o perdido, e que nos aproveitemos deles com tais actos de verdadeira contrição e devoção, que esta Semana Santa, como o é em si, seja em nós também santa. Os ramos que cortaram das árvores os que hoje saíram a receber a Cristo: Caedebant ramos de arboribus, posto que São Mateus não declare quais fossem, São João diz que eram de palma, e São Lucas de oliveira. E com os dois afectos que estes ramos significavam, devemos nós seguir e acompanhar o Senhor em todos seus passos, oferecendo estes humildes obséquios a seus sacratíssimos pés, que isto quer dizer: Et sternebant in via. A palma é símbolo da paciência, como a oliveira da misericórdia e compaixão; e tais eram os dois mistérios que encerrava o aparato e diferença daqueles ramos: padecer e compadecer. Desta maneira receberemos e acompanharemos a nosso bom Rei e Redentor muito melhor que a ingrata e inconstante Jerusalém, se não só hoje, mas todos estes dias, padecermos alguma coisa com ele, e nos compadecermos dele. Tudo resumiu São Paulo a uma só palavra, quando disse: Si tamen compatimur. Uma coisa é compadecer, e outra padecer com: compadecer, é compadecer dele; padecer com, é padecer com ele; e tanto nos merecem a paciência as suas penas, como a compaixão o seu amor. Toda a sua sagrada humanidade do corpo e alma de Cristo nos mereceu sempre muito, mas nunca tanto como nestes dias: padecendo na imitação de seus tormentos, acompanharemos seu santíssimo corpo, e compadecendo-nos na meditação de suas dores, acompanharemos sua santíssima alma.
Digo pois, quanto ao corpo, que havemos nesta semana de procurar padecer alguma coisa em todos os cinco sentidos, assim como Cristo padeceu em todos. Adão e Eva, em um só pecado, pecaram com todos os cinco sentidos. Pecaram com o ouvir, ouvindo a serpente; pecaram com o ver, olhando para a fruta; pecaram com o palpar, tirando-a; pecaram com o cheirar, cheirando-a; pecaram com o gostar, comendo-a. Com todos os cinco sentidos pecaram nossos primeiros pais, e nós, tão herdeiros de suas misérias como de suas culpas, em todos pecamos infinitas vezes. E como Cristo vinha pagar pelo pecado de Adão e pelos nossos, quis padecer também em todos os cinco sentidos.
Padeceu no sentido de ver, vendo fugir a todos seus discípulos: vendo que um o entregou tão aleivosamente; vendo que outro o negou três vezes; vendo-se atar e levar preso, e a tantos tribunais; vendo-se tapar os olhos; vendo-se despir no Pretório, e estar despido no Calvário tantas horas à vista de todo o mundo, e no meio de dois ladrões; sobretudo, vendo a desconsolada Mãe ao pé da cruz, em cujo coração e em cujos olhos estava outras três vezes crucificado. Finalmente, vendo os meus pecados e os vossos, com que tão ingratos havíamos de ser a tanto amor, que todos naquela hora lhe eram presentes.
Padeceu no sentido do ouvir, ouvindo o Deus te salve aleivoso da boca de Judas; ouvindo os crimes e testemunhos falsos com que foi acusado; ouvindo as vozes e brados com que os mesmos que hoje o aclamaram rei lhe pediam a morte; ouvindo a sentença com que o iníquo juiz o entregou à vontade de seus inimigos; ouvindo o pregão de malfeitor e alvorotador do povo; ouvindo as injúrias e blasfémias dos príncipes dos sacerdotes na cruz, e as dos mesmos ladrões que com ele estavam crucificados, e não ouvindo em todo este tempo uma só palavra de consolação aquele mesmo Senhor que com palavras e obras tinha consolado a tantos.
Padeceu no sentido do olfacto, ou de cheirar, porque morreu entre os ascos e horrores do Monte Calvário, chamado assim das caveiras e ossos dos malfeitores que ali se justiçavam, os quais, ou porque os enterravam mal os algozes, ou porque depois os desenterravam os cães, estavam espalhados por todo o monte, e de mistura com a corrupção do sangue faziam aquele infame lugar horrendo, hediondo, asqueroso e insuportável ao cheiro. E como divino pagador de nossos pecados, não só escolheu o género da morte, senão também a circunstância do lugar; para satisfazer nele pelos excessos do olfacto, quis que fosse tão infeccionado e malcheiroso.
Padeceu no sentido do gosto, não só pelo fel e vinagre que lhe deram a beber, senão muito mais por aquela ardentíssima sede, maior incomparavelmente que todos os outros tormentos, porque só ela obrigou ao pacientíssimo Redentor a pedir alívio. Mas podendo mais o desejo de padecer por nós, que a força da natureza na humanidade enfraquecida e exausta, provou o azedo do vinagre e o amargoso do fel, para mortificar o gosto, e não quis levar para baixo o húmido, para não moderar o ardor, nem aliviar a sede.
Padeceu, finalmente, no sentido do tacto, não ficando em todo o sagrado corpo parte alguma que não fosse martirizada com particular tormento. Padeceu nos braços as cordas e cadeias, no rosto as bofetadas, na cabeça a coroa de espinhos, nos ombros o peso da cruz, nas costas os milhares de açoites, nas mãos e nos pés os cravos, e em todos os ossos, em todos os nervos, em todas as veias, em todas as artérias a suspensão, a aflição, a violência mais que mortal de estar três horas no ar pendente de um madeiro até expirar nele.
Pois, se estes são os dias em que o meu Deus padeceu tão cruelmente em todos os cinco sentidos, e tão amorosamente por mim, não será justo que eu também em todos os sentidos padeça alguma coisa por ele? Nenhum coração me parece que haverá tão ingrato e tão insensível, que se não deixe mover desta razão: Hoc enim sentite in vobis, quod et in Christo Jesu (Flp. 2,5), diz São Paulo: O que Cristo Jesus sentiu em si, devemos nós sentir em nós - ele por amor de nós, e nós por amor dele. E se a vossa devoção deseja saber e me pergunta de que modo poremos em prática este recíproco sentimento, mortificando-nos também em todos os nossos sentidos, digo primeiramente que mortifiquemos o ver, andando nestes dias com grande modéstia e recato, e negando aos olhos as vistas de todas as criaturas, e apartando-os principalmente daquelas que mais nos agradam e mais nos apartam de Deus. Os olhos têm dois ofícios: ver e chorar; e mais parece que os criou Deus para chorar que para ver, pois os cegos não vêem e choram. Já que tantos dias damos aos olhos para ver, já que tão cansados andam os nossos olhos de ver, não lhes daremos alguns dias de férias, para que descansem em chorar? Chorem os nossos olhos os nossos pecados nestes dias, e chorem muito em particular o não haverem antes cegado que ofendido a Deus. Ah! Senhor, quanto melhor fora não ter olhos, que ter-vos ofendido com eles!
O sentido de ouvir mortificá-lo-emos, retirando-nos esta semana de todas as práticas e conversações, não só ilícitas e ociosas, mas ainda das lícitas. Troquemos o ouvir pelo ler, lendo todos estes dias algum livro espiritual em que Deus nos fale e nós o ouçamos. A quem não está muito exercitado no orar, é mais fácil o ler, e muitas vezes mais proveitoso. Na oração falamos nós com Deus; na lição fala Deus connosco. E de quantas coisas - que fora melhor não ouvir - ouvimos todo o ano aos homens; estes dias ao menos, bem é que ouçamos a Deus.
No sentido do olfacto pouco têm que mortificar os homens nesta terra, porque não vejo nela este vício. Nas mulheres, se nelas há alguma demasia, lembrem-se de que nesta semana derramou a Madalena os seus cheiros e os seus unguentos aos pés de Cristo. E para os aborrecerem e detestarem para sempre, saibam que a última disposição da morte do mesmo Senhor foram estes cheiros. Porque a Madalena derramou os unguentos, se excitou a cobiça de Judas; porque em Judas se excitou a cobiça, tratou da venda; porque vendeu a seu Mestre, o prenderam e o mataram. Por isso o Senhor disse - e este é o sentido literal: Mittens haec unguentum hoc in corpus meum, ad sepeliendum me fecit, como se dissera: Estes unguentos são para a minha sepultura, porque destes unguentos se me há-de ocasionar a morte.
O sentido do gosto, ainda que se tenha mortificado por toda a Quaresma com o jejum ordinário, nestes dias é bem que haja para ele alguma particular mortificação. Muitos santos do ermo passavam esta semana inteira sem comer, e pessoas de mui diferente estado, não no ermo, senão nas cortes, passam em jejum de quinta-feira até sábado. Nos maiores dias desta semana é estilo das mesas dos grandes príncipes não se porem nelas mais que ervas; para estes dias se fizeram propriamente os jejuns de pão e água: ao menos estes dias não são para regalo. O cordeiro mandava Deus que se comesse com alfaces agrestes, porque o agreste e desabrido no comer destes dias é a melhor disposição para comer quinta-feira o Divino Cordeiro sacramentado.
O sentido do tacto, como o mais vil e mais delinquente que todos, é razão que seja nestes dias mais mortificado. Quando Urias veio do exército com aviso a el-rei David, disse-lhe o rei que fosse descansar à sua casa. E ele, que respondeu? E bem, Senhor: está o meu general dormindo sobre a terra na campanha, e eu que me haja de deitar em cama? Não farei tal desprimor. E foi-se deitar em uma tábua no corpo da guarda. A cama em que dormiu o último sono da morte o nosso Jesus, bem sabeis qual foi. Pois, será justo que quando ele tem por cama o duro madeiro da cruz, descanse o nosso corpo tão regaladamente como nos outros dias? Alguma diferença é bem que haja nestes. Ao menos o nosso rei e seus filhos, de quinta-feira até domingo não se deitam em cama, nem se assentam, senão no chão, assistindo sempre ao Senhor, sem sair nunca da Capela Real, nem de dia, nem de noite. Estas são as noites e os dias para que se fizeram as penitências: para estas noites se fizeram os pés descalços, para estas noites as disciplinas, e para estes dias e para estas noites os cilícios.
Padre António Vieira, no “Sermão de Dia de Ramos”, pregado na Matriz do Maranhão, no ano de 1656.
Digo pois, quanto ao corpo, que havemos nesta semana de procurar padecer alguma coisa em todos os cinco sentidos, assim como Cristo padeceu em todos. Adão e Eva, em um só pecado, pecaram com todos os cinco sentidos. Pecaram com o ouvir, ouvindo a serpente; pecaram com o ver, olhando para a fruta; pecaram com o palpar, tirando-a; pecaram com o cheirar, cheirando-a; pecaram com o gostar, comendo-a. Com todos os cinco sentidos pecaram nossos primeiros pais, e nós, tão herdeiros de suas misérias como de suas culpas, em todos pecamos infinitas vezes. E como Cristo vinha pagar pelo pecado de Adão e pelos nossos, quis padecer também em todos os cinco sentidos.
Padeceu no sentido de ver, vendo fugir a todos seus discípulos: vendo que um o entregou tão aleivosamente; vendo que outro o negou três vezes; vendo-se atar e levar preso, e a tantos tribunais; vendo-se tapar os olhos; vendo-se despir no Pretório, e estar despido no Calvário tantas horas à vista de todo o mundo, e no meio de dois ladrões; sobretudo, vendo a desconsolada Mãe ao pé da cruz, em cujo coração e em cujos olhos estava outras três vezes crucificado. Finalmente, vendo os meus pecados e os vossos, com que tão ingratos havíamos de ser a tanto amor, que todos naquela hora lhe eram presentes.
Padeceu no sentido do ouvir, ouvindo o Deus te salve aleivoso da boca de Judas; ouvindo os crimes e testemunhos falsos com que foi acusado; ouvindo as vozes e brados com que os mesmos que hoje o aclamaram rei lhe pediam a morte; ouvindo a sentença com que o iníquo juiz o entregou à vontade de seus inimigos; ouvindo o pregão de malfeitor e alvorotador do povo; ouvindo as injúrias e blasfémias dos príncipes dos sacerdotes na cruz, e as dos mesmos ladrões que com ele estavam crucificados, e não ouvindo em todo este tempo uma só palavra de consolação aquele mesmo Senhor que com palavras e obras tinha consolado a tantos.
Padeceu no sentido do olfacto, ou de cheirar, porque morreu entre os ascos e horrores do Monte Calvário, chamado assim das caveiras e ossos dos malfeitores que ali se justiçavam, os quais, ou porque os enterravam mal os algozes, ou porque depois os desenterravam os cães, estavam espalhados por todo o monte, e de mistura com a corrupção do sangue faziam aquele infame lugar horrendo, hediondo, asqueroso e insuportável ao cheiro. E como divino pagador de nossos pecados, não só escolheu o género da morte, senão também a circunstância do lugar; para satisfazer nele pelos excessos do olfacto, quis que fosse tão infeccionado e malcheiroso.
Padeceu no sentido do gosto, não só pelo fel e vinagre que lhe deram a beber, senão muito mais por aquela ardentíssima sede, maior incomparavelmente que todos os outros tormentos, porque só ela obrigou ao pacientíssimo Redentor a pedir alívio. Mas podendo mais o desejo de padecer por nós, que a força da natureza na humanidade enfraquecida e exausta, provou o azedo do vinagre e o amargoso do fel, para mortificar o gosto, e não quis levar para baixo o húmido, para não moderar o ardor, nem aliviar a sede.
Padeceu, finalmente, no sentido do tacto, não ficando em todo o sagrado corpo parte alguma que não fosse martirizada com particular tormento. Padeceu nos braços as cordas e cadeias, no rosto as bofetadas, na cabeça a coroa de espinhos, nos ombros o peso da cruz, nas costas os milhares de açoites, nas mãos e nos pés os cravos, e em todos os ossos, em todos os nervos, em todas as veias, em todas as artérias a suspensão, a aflição, a violência mais que mortal de estar três horas no ar pendente de um madeiro até expirar nele.
Pois, se estes são os dias em que o meu Deus padeceu tão cruelmente em todos os cinco sentidos, e tão amorosamente por mim, não será justo que eu também em todos os sentidos padeça alguma coisa por ele? Nenhum coração me parece que haverá tão ingrato e tão insensível, que se não deixe mover desta razão: Hoc enim sentite in vobis, quod et in Christo Jesu (Flp. 2,5), diz São Paulo: O que Cristo Jesus sentiu em si, devemos nós sentir em nós - ele por amor de nós, e nós por amor dele. E se a vossa devoção deseja saber e me pergunta de que modo poremos em prática este recíproco sentimento, mortificando-nos também em todos os nossos sentidos, digo primeiramente que mortifiquemos o ver, andando nestes dias com grande modéstia e recato, e negando aos olhos as vistas de todas as criaturas, e apartando-os principalmente daquelas que mais nos agradam e mais nos apartam de Deus. Os olhos têm dois ofícios: ver e chorar; e mais parece que os criou Deus para chorar que para ver, pois os cegos não vêem e choram. Já que tantos dias damos aos olhos para ver, já que tão cansados andam os nossos olhos de ver, não lhes daremos alguns dias de férias, para que descansem em chorar? Chorem os nossos olhos os nossos pecados nestes dias, e chorem muito em particular o não haverem antes cegado que ofendido a Deus. Ah! Senhor, quanto melhor fora não ter olhos, que ter-vos ofendido com eles!
O sentido de ouvir mortificá-lo-emos, retirando-nos esta semana de todas as práticas e conversações, não só ilícitas e ociosas, mas ainda das lícitas. Troquemos o ouvir pelo ler, lendo todos estes dias algum livro espiritual em que Deus nos fale e nós o ouçamos. A quem não está muito exercitado no orar, é mais fácil o ler, e muitas vezes mais proveitoso. Na oração falamos nós com Deus; na lição fala Deus connosco. E de quantas coisas - que fora melhor não ouvir - ouvimos todo o ano aos homens; estes dias ao menos, bem é que ouçamos a Deus.
No sentido do olfacto pouco têm que mortificar os homens nesta terra, porque não vejo nela este vício. Nas mulheres, se nelas há alguma demasia, lembrem-se de que nesta semana derramou a Madalena os seus cheiros e os seus unguentos aos pés de Cristo. E para os aborrecerem e detestarem para sempre, saibam que a última disposição da morte do mesmo Senhor foram estes cheiros. Porque a Madalena derramou os unguentos, se excitou a cobiça de Judas; porque em Judas se excitou a cobiça, tratou da venda; porque vendeu a seu Mestre, o prenderam e o mataram. Por isso o Senhor disse - e este é o sentido literal: Mittens haec unguentum hoc in corpus meum, ad sepeliendum me fecit, como se dissera: Estes unguentos são para a minha sepultura, porque destes unguentos se me há-de ocasionar a morte.
O sentido do gosto, ainda que se tenha mortificado por toda a Quaresma com o jejum ordinário, nestes dias é bem que haja para ele alguma particular mortificação. Muitos santos do ermo passavam esta semana inteira sem comer, e pessoas de mui diferente estado, não no ermo, senão nas cortes, passam em jejum de quinta-feira até sábado. Nos maiores dias desta semana é estilo das mesas dos grandes príncipes não se porem nelas mais que ervas; para estes dias se fizeram propriamente os jejuns de pão e água: ao menos estes dias não são para regalo. O cordeiro mandava Deus que se comesse com alfaces agrestes, porque o agreste e desabrido no comer destes dias é a melhor disposição para comer quinta-feira o Divino Cordeiro sacramentado.
O sentido do tacto, como o mais vil e mais delinquente que todos, é razão que seja nestes dias mais mortificado. Quando Urias veio do exército com aviso a el-rei David, disse-lhe o rei que fosse descansar à sua casa. E ele, que respondeu? E bem, Senhor: está o meu general dormindo sobre a terra na campanha, e eu que me haja de deitar em cama? Não farei tal desprimor. E foi-se deitar em uma tábua no corpo da guarda. A cama em que dormiu o último sono da morte o nosso Jesus, bem sabeis qual foi. Pois, será justo que quando ele tem por cama o duro madeiro da cruz, descanse o nosso corpo tão regaladamente como nos outros dias? Alguma diferença é bem que haja nestes. Ao menos o nosso rei e seus filhos, de quinta-feira até domingo não se deitam em cama, nem se assentam, senão no chão, assistindo sempre ao Senhor, sem sair nunca da Capela Real, nem de dia, nem de noite. Estas são as noites e os dias para que se fizeram as penitências: para estas noites se fizeram os pés descalços, para estas noites as disciplinas, e para estes dias e para estas noites os cilícios.
Padre António Vieira, no “Sermão de Dia de Ramos”, pregado na Matriz do Maranhão, no ano de 1656.
quinta-feira, abril 21, 2011
O mistério da divina redenção

Com efeito, o mistério da divina redenção é, antes de tudo e pela sua própria natureza, um mistério de amor: isto é, um mistério de amor justo da parte de Cristo para com seu Pai celeste, a quem o sacrifício da cruz, oferecido com coração amante e obediente, apresenta uma satisfação superabundante e infinita pelos pecados do género humano: Cristo, sofrendo por caridade e obediência, ofereceu a Deus alguma coisa de valor maior do que o exigia a compensação por todas as ofensas feitas a Deus pelo género humano. Além disso, o mistério da redenção é um mistério de amor misericordioso da augusta Trindade e do divino Redentor para com a humanidade inteira, visto que, sendo esta totalmente incapaz de oferecer a Deus uma satisfação condigna pelos seus próprios delitos, mediante a imperscrutável riqueza de méritos que nos ganhou com a efusão do seu precioso sangue, Cristo pôde restabelecer e aperfeiçoar aquele pacto de amizade entre Deus e os homens violado pela primeira vez no paraíso terrestre por culpa de Adão e depois, inúmeras vezes, pela infidelidade do povo escolhido. Portanto, havendo na sua qualidade de nosso legítimo e perfeito mediador, e sob o estímulo de uma caridade energética para connosco, conciliando as obrigações e compromissos do género humano com os direitos de Deus, o divino Redentor foi, sem dúvida, o autor daquela maravilhosa reconciliação entre a divina justiça e a divina misericórdia, a qual justamente constitui a absoluta transcendência do mistério da nossa salvação, tão sabiamente expresso pelo doutor angélico com estas palavras: "Convém observar que a libertação do homem, mediante a paixão de Cristo, foi conveniente tanto para a justiça como para a misericórdia do mesmo Cristo. Antes de tudo para a justiça, porque com a sua paixão Cristo satisfez pela culpa do género humano, e, por conseguinte, pela justiça de Cristo foi o homem libertado. E, em segundo lugar, para a misericórdia, porque, não sendo possível ao homem satisfazer pelo pecado, que manchava toda a natureza humana, deu-lhe Deus um reparador na pessoa de seu Filho. Ora, isto foi, da parte de Deus, um gesto de mais generosa misericórdia do que se ele houvesse perdoado os pecados sem exigir qualquer satisfação. Por isso está escrito: 'Deus, que é rico em misericórdia, movido pelo excessivo amor com que nos amou quando estávamos mortos pelos pecados, deu-nos vida juntamente em Cristo'" (Ef 2, 4).
Papa Pio XII, Encíclica “Haurietis Aquas”, de 15 de Maio de 1956
Papa Pio XII, Encíclica “Haurietis Aquas”, de 15 de Maio de 1956
Páscoa com Vieira - I

No Evangelho temos a Cristo triunfante em Jerusalém; naquele altar temos a Cristo triunfante no Egipto: justo é senhores, que entre também Cristo triunfando, ou pelo Egipto ou pela Jerusalém de nossas almas. Que outra coisa é uma alma, onde se está levantando altar a Vénus, ídolo da torpeza; onde se fazem sacrifícios a Marte, ídolo da vingança; onde é adorado Júpiter, ídolo da vaidade: que coisa é, digo, uma alma destas, senão um Egipto idólatra? Entre pois Cristo triunfando pelo Egipto desta alma: Et commovebuntur à facie ejus simulacra Aegypti, e caiam e rendam-se a seus pés todos esses ídolos. Caia a torpeza, caia a vingança, caia a vaidade, e acabem-se idolatrias tão pouco cristãs. Que coisa é, por outro modo, uma alma onde reina a ambição, onde dá leis a inveja, onde manda tudo o ódio, que coisa é, torno a dizer, uma alma destas, senão uma Jerusalém depravada e perdida, e onde por ódio, por ambição e por inveja se dá sentença de morte contra o mesmo Cristo? Ora pois, Jerusalém, Jerusalém, convertere ad Dominum Deum tuum; acabem-se ódios, acabem-se invejas, acabem-se ambições: caiam todos esses vícios aos pés de Cristo, e levantem-se palmas nas mãos em sinal de vitória: Acceperunt ramos palmarum, et exierunt obviam ei.
Não duvido que o façam assim todos os que têm nome de cristãos, não movidos da eficácia de minhas razões, mas obrigados da santidade do tempo. Entramos na Semana Santa, em que nenhum cristão há de tão fraca fé, e de tão fria piedade, que não se lance rendido aos pés de Cristo. O que porém quisera eu encomendar e saber persuadir a todos é, que nos não aconteça o que aconteceu aos que acompanharam Cristo no seu triunfo. É advertência de S. Bernardo. Quando o Senhor ia passando pelas ruas de Jerusalém, tiravam muitos as capas dos ombros, para que o Senhor passasse por cima delas; porém tanto que o mesmo Senhor tinha passado, tornava cada um a levantar a sua capa, e pô-la outra vez nos ombros como dantes. O mesmo nos acontece a nós nesta semana. Despimos, ou parece que despimos, os maus hábitos de nossos vícios, lançamo-los aos pés de Cristo, para que passe por cima deles com a cruz às costas; porém tanto quanto passou, tanto que se acabou a Semana Santa, e chegou a Páscoa, torna cada um aos mesmos vícios, e a revestir-se deles, como se já não foram pecados. Oh sepultemo-los para sempre com Cristo morto, e deixemos estes maus hábitos, como Cristo deixou as mortalhas na sua sepultura. Façamos diante daquela Senhora uns propósitos e resoluções muito firmes de ser perpétuos escravos seus e de seu benditíssimo Filho, seguindo-o e servindo-o sempre e em qualquer parte; ou no Egipto, como desterrados deste mundo, ou em Jerusalém, como mortos ao mesmo mundo: não havendo trabalho ou felicidade, nem fortuna tão próspera ou adversa, que nos aparte de seu serviço, de sua obediência, de seu amor e de sua graça, para que vivendo e morrendo com ele e por ele, o acompanhemos na vida, onde não há morte, por toda a eternidade. Amen.
Padre António Vieira, no “Sermão do Sábado antes da Dominga de Ramos”, pregado na Igreja de Nossa Senhora do Desterro, na Baía, no ano de 1634
Não duvido que o façam assim todos os que têm nome de cristãos, não movidos da eficácia de minhas razões, mas obrigados da santidade do tempo. Entramos na Semana Santa, em que nenhum cristão há de tão fraca fé, e de tão fria piedade, que não se lance rendido aos pés de Cristo. O que porém quisera eu encomendar e saber persuadir a todos é, que nos não aconteça o que aconteceu aos que acompanharam Cristo no seu triunfo. É advertência de S. Bernardo. Quando o Senhor ia passando pelas ruas de Jerusalém, tiravam muitos as capas dos ombros, para que o Senhor passasse por cima delas; porém tanto que o mesmo Senhor tinha passado, tornava cada um a levantar a sua capa, e pô-la outra vez nos ombros como dantes. O mesmo nos acontece a nós nesta semana. Despimos, ou parece que despimos, os maus hábitos de nossos vícios, lançamo-los aos pés de Cristo, para que passe por cima deles com a cruz às costas; porém tanto quanto passou, tanto que se acabou a Semana Santa, e chegou a Páscoa, torna cada um aos mesmos vícios, e a revestir-se deles, como se já não foram pecados. Oh sepultemo-los para sempre com Cristo morto, e deixemos estes maus hábitos, como Cristo deixou as mortalhas na sua sepultura. Façamos diante daquela Senhora uns propósitos e resoluções muito firmes de ser perpétuos escravos seus e de seu benditíssimo Filho, seguindo-o e servindo-o sempre e em qualquer parte; ou no Egipto, como desterrados deste mundo, ou em Jerusalém, como mortos ao mesmo mundo: não havendo trabalho ou felicidade, nem fortuna tão próspera ou adversa, que nos aparte de seu serviço, de sua obediência, de seu amor e de sua graça, para que vivendo e morrendo com ele e por ele, o acompanhemos na vida, onde não há morte, por toda a eternidade. Amen.
Padre António Vieira, no “Sermão do Sábado antes da Dominga de Ramos”, pregado na Igreja de Nossa Senhora do Desterro, na Baía, no ano de 1634
sexta-feira, abril 08, 2011
A compra da República
Nova Iorque, 22 de Março
Este mês, comprei uma República. Capricho caro que não terá imitadores. Era um desejo que tinha há muito tempo e quis livrar-me dele. Imaginava que ser dono de um país dava mais prazer.
A ocasião era boa e o assunto foi resolvido em poucos dias. O presidente estava com a corda na garganta; o seu ministério, composto de clientes seus, era um perigo. Os cofres da República estavam vazios; lançar novos impostos teria sido o sinal para a destituição de todo o clã que estava no poder e talvez para uma revolução. Já existia um general que estava a armar bandos irregulares e prometia cargos e empregos ao primeiro que chegava.
Um agente americano que se encontrava no local avisou-me. O ministro da Fazenda correu a Nova Iorque; em quatro dias pusemo-nos de acordo. Adiantei alguns milhões de dólares à República e fixei, além disso, subsídios equivalentes ao dobro dos que recebiam do Estado, ao presidente, a todos os ministros e aos seus secretários. Deram-me, como garantia - sem que o povo o saiba - as alfândegas e os monopólios. Além disso, o presidente e os ministros firmaram um “covenant” secreto que me concede, praticamente o “contrôle” sobre a vida da República. Embora eu pareça, quando ali vou, um simples hóspede de passagem, sou, na realidade, o dono quase absoluto do país. Por estes dias, tive de dar uma nova subvenção, bastante avultada, para a renovação do material do Exército e, em compensação, obtive novos privilégios.
O espectáculo é, para mim, muito divertido. As câmaras continuam a legislar livremente, na aparência; os cidadãos continuam a imaginar que a República é autónoma e independente e que à sua vontade se subordina o curso das coisas. Não sabem que tudo quanto supõem possuir - vida, bens, direitos civis - depende, em última instância, de um estrangeiro desconhecido para eles, isto é, de mim.
Amanhã, posso ordenar o encerramento do Congresso, uma reforma da Constituição, o aumento das tarifas aduaneiras, a expulsão dos imigrados. Poderia, se me aprouvesse, revelar os acordos secretos da camarilha ora dominante e derrubar, assim, o governo, desde o presidente ao último secretário. E não me seria impossível obrigar o país que tenho sob a minha mão a declarar uma guerra a uma das Repúblicas limítrofes.
Este poder oculto e ilimitado faz-me passar umas horas agradáveis. Sofrer todos os incómodos e o servilismo da comédia política é uma fadiga bestial; mas ser o movimentador de títeres que, detrás dos cenários, pode divertir-se a puxar os cordelinhos dos fantoches obedientes, é uma volúpia única. O meu desprezo pelos homens encontra um alimento saboroso e mil confirmações.
Não sou mais do que o rei incógnito de uma pequena República em desordem; mas a facilidade com que logrei dominá-la e o evidente interesse de todos os iniciados em conservar o segredo faz-me pensar que outras nações, talvez mais vastas e importantes do que a minha República, vivem, sem se aperceberem, debaixo de análoga dependência de soberanos estrangeiros. Sendo necessário mais dinheiro para a sua aquisição, tratar-se-á, em vez de um só dono, como no meu caso, de um “trust”, de um sindicato de negócios, de um grupo restrito de capitalistas ou banqueiros.
Mas tenho fundadas suspeitas de que outros países são governados por pequenos comités de reis invisíveis, apenas conhecidos pelos seus homens de confiança, que continuam a desempenhar com na naturalidade o papel dos chefes legítimos.
Giovanni Papini, in “Gog”, Lisboa, Livros do Brasil, s/d, páginas 137 e 138.
Este mês, comprei uma República. Capricho caro que não terá imitadores. Era um desejo que tinha há muito tempo e quis livrar-me dele. Imaginava que ser dono de um país dava mais prazer.
A ocasião era boa e o assunto foi resolvido em poucos dias. O presidente estava com a corda na garganta; o seu ministério, composto de clientes seus, era um perigo. Os cofres da República estavam vazios; lançar novos impostos teria sido o sinal para a destituição de todo o clã que estava no poder e talvez para uma revolução. Já existia um general que estava a armar bandos irregulares e prometia cargos e empregos ao primeiro que chegava.
Um agente americano que se encontrava no local avisou-me. O ministro da Fazenda correu a Nova Iorque; em quatro dias pusemo-nos de acordo. Adiantei alguns milhões de dólares à República e fixei, além disso, subsídios equivalentes ao dobro dos que recebiam do Estado, ao presidente, a todos os ministros e aos seus secretários. Deram-me, como garantia - sem que o povo o saiba - as alfândegas e os monopólios. Além disso, o presidente e os ministros firmaram um “covenant” secreto que me concede, praticamente o “contrôle” sobre a vida da República. Embora eu pareça, quando ali vou, um simples hóspede de passagem, sou, na realidade, o dono quase absoluto do país. Por estes dias, tive de dar uma nova subvenção, bastante avultada, para a renovação do material do Exército e, em compensação, obtive novos privilégios.
O espectáculo é, para mim, muito divertido. As câmaras continuam a legislar livremente, na aparência; os cidadãos continuam a imaginar que a República é autónoma e independente e que à sua vontade se subordina o curso das coisas. Não sabem que tudo quanto supõem possuir - vida, bens, direitos civis - depende, em última instância, de um estrangeiro desconhecido para eles, isto é, de mim.
Amanhã, posso ordenar o encerramento do Congresso, uma reforma da Constituição, o aumento das tarifas aduaneiras, a expulsão dos imigrados. Poderia, se me aprouvesse, revelar os acordos secretos da camarilha ora dominante e derrubar, assim, o governo, desde o presidente ao último secretário. E não me seria impossível obrigar o país que tenho sob a minha mão a declarar uma guerra a uma das Repúblicas limítrofes.
Este poder oculto e ilimitado faz-me passar umas horas agradáveis. Sofrer todos os incómodos e o servilismo da comédia política é uma fadiga bestial; mas ser o movimentador de títeres que, detrás dos cenários, pode divertir-se a puxar os cordelinhos dos fantoches obedientes, é uma volúpia única. O meu desprezo pelos homens encontra um alimento saboroso e mil confirmações.
Não sou mais do que o rei incógnito de uma pequena República em desordem; mas a facilidade com que logrei dominá-la e o evidente interesse de todos os iniciados em conservar o segredo faz-me pensar que outras nações, talvez mais vastas e importantes do que a minha República, vivem, sem se aperceberem, debaixo de análoga dependência de soberanos estrangeiros. Sendo necessário mais dinheiro para a sua aquisição, tratar-se-á, em vez de um só dono, como no meu caso, de um “trust”, de um sindicato de negócios, de um grupo restrito de capitalistas ou banqueiros.
Mas tenho fundadas suspeitas de que outros países são governados por pequenos comités de reis invisíveis, apenas conhecidos pelos seus homens de confiança, que continuam a desempenhar com na naturalidade o papel dos chefes legítimos.
Giovanni Papini, in “Gog”, Lisboa, Livros do Brasil, s/d, páginas 137 e 138.
O que sucedeu a Portugal?
O Padre Nuno Serras Pereira dá-nos a melhor resposta neste “O Termo Adequado”. A ler também, num “Rorate-Caeli” sempre bem informado acerca da realidade portuguesa, este “Papal Reminder”. Os dois artigos completam-se.
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