domingo, maio 01, 2005

¿Seguro que la Iglesia Católica no criticó al nazismo?

(Respuesta debida a BOS).

Introducción
El amigo BOS me pone a los pies de los caballos con su texto que trae a colación otro de mi admirado Antonio J. Brito en respuesta a los míos (aquí y aquí). Defienden Brito y BOS que la condena de la Iglesia al nacional-socialismo no lo fue por el régimen en sí, sino por algunas de sus actuaciones. Evidentemente discrepo. No comparto el criterio de BOS y Brito de que como no hay mención expresa del nacional-socialismo no hay tal condena . Las razones que aduzco son:
1. La Encíclica, que normalmente se escribe en Latín, se hace en alemán. Va pues dirigida a Alemania, entonces bajo el yugo nazi.
2. La Iglesia ha tenido una larga tradición de no nombrar expresamente, para evitar herir sentimientos y –sobre todo- por prudencia diplomática en la que se pueden jugar con miles de asesinados, como era el caso de los nazis. Otros ejemplos en Alemania fueron con Bismarck o con el Káiser en 1917.
3. Comparar la no mención del nacionalsocialismo con la mención expresa del comunismo no es relevante. El comunismo ha sido un mal pavoroso (“intrínsecamente perverso”) contra el que no había nada que hacer, se hablara de él o no. El odio anticristiano de los comunistas es tal que se hiciera lo que se hiciera ellos siempre persiguieron a Cristo y a sus discípulos con saña.
4. La Iglesia no podía dejar de condenar a quienes desataron una persecución antisemita y anticatólica como pocas (ciertamente superada esta última por la hidra comunista).
5. El análisis de los hechos y discursos, así como consenso fundamentado de historiadores serios, judíos y no judíos, es que la Santa Sede condenó tanto el régimen nazi como sus acciones en múltiples y repetidas ocasiones.

Diplomacia, represalias y prudencia
Durante el régimen nazi cuanto más criticaba públicamente la Iglesia a los nazis, más se recrudecía la persecución contra católicos y otras minorías defendidas por la Iglesia, como los judíos. El ejemplo holandés es suficientemente representativo; o la súplica reiterada de que la Santa Sede se abstuviera de críticas públicas del régimen nazi por parte de la Jerarquía polaca. Bismarck (recuérdese su Kulturkampf y persecución de católicos) tampoco fue denunciado expresamente, sí condenado por la Iglesia.
Cuando luteranos, calvinistas y católicos se organizaron para denunciar el nacional-socialismo en el período prebélico de 1939, las amenazas a estos tres por parte del régimen nazi fueron inmediatas: se deportaría y encarcelaría a judíos conversos a estas confesiones. Como los católicos siguieron siendo los más acérrimos críticos del nacional-socialismo, a diferencia de las otras dos sectas protestantes, que fieles a su estilo sempiterno enseguida se ajustaron a las directrices del poder civil, sufrieron las consecuencias inmediatamente. Esto hizo reparar a la jerarquía vaticana si esta postura era la más prudente, pues el riesgo era muy caro. Más aún, las distintas comunidades judías, protegidas y a menudo representadas por el Vaticano, pidieron insistentemente que la crítica al nacional-socialismo por parte de Roma no fuera altisonante porque ellos sufrían las consecuencias de dicha crítica. ¿Obrar con prudencia ante el totalitario, sanguinario y opresor poder nazi es dejar de ser crítico?
La excepcional documentación proporcionada por la Kommission für Zeitgeschichte, allende los 40 volúmenes, menciona a Robert Kempner, Ayudante Principal del Fiscal de los EE.UU. en los juicios de Nuremberg. Se sabe que en Nuremberg se violaron principios jurídicos claros y se “desnazificó” a muchos que, para empezar, jamás fueron nazis. Hasta Kempner, que perseguía a menudo a gentes e instituciones que no debía perseguir, reconoce que la Santa Sede hizo todo cuanto pudo bajo el régimen nazi y alabó la decisión de Pío XII “to refrain from too outspoken protests against the persecution of the Jews in order to help them efficaciously is totally positive”. Es exactamente la misma situación de la Cruz Roja o del Concilio Ecuménico de Iglesias Cristianas, que ayudaron a innumerables judíos secretamente, y prefirieron no ser excesivamente llamativos en sus críticas al régimen nazi.
El contra-argumento que la Iglesia Católica sí criticó al comunismo, al cual llamó “intrínsecamente perverso”,. no es de recibo. Con el comunismo no había nada que hacer. El comunismo fue, es y será un enemigo tan feroz de la Cristiandad que contra él ya sólo quedan tres recursos: la denuncia pública y abierta, la oración y el sufrimiento del martirio. Criticar públicamente y continuamente al comunismo o no hacerlo no modificaba nada la actuación de los perseguidores, asesinos y torturadores rojos: los más sangrientos que haya sufrido la historia de la humanidad.

Acusación en Mit Brennender Sorge de que sí existió persecución contra los católicos en Alemania
La Encíclica habla del socavamiento del catolicismo y de violencia “inhumana” y narra situaciones extremas de persecución. Se lee en la Encíclica: “En vuestras regiones, Venerables Hermanos, se alzan voces, en coro cada vez más fuerte, que incitan a salir de la Iglesia; y entre los voceadores hay algunos que, por su posición oficial, intentan producir la impresión de que tal alejamiento de la Iglesia, y consiguientemente la infidelidad a Cristo Rey, es testimonio particularmente convincente y meritorio de su fidelidad al actual régimen. Con presiones, ocultas y manifiestas, con intimidaciones, con perspectivas de ventajas económicas, profesionales, cívicas o de otro género, la adhesión de los católicos a su fe -y singularmente la de algunas clases de funcionarios católicos- se halla sometida a una violencia tan ilegal como inhumana. Nos, con paternal conmoción, sentimos y sufrimos profundamente con los que han pagado a tan caro precio su adhesión a Cristo y a la Iglesia; pero se ha llegado ya a tal punto, que está en juego el último fin y el más alto, la salvación, o la condenación; y en este caso, como único camino de salvación para el creyente, queda la senda de un generoso heroísmo. Cuando el tentador o el opresor se le acerque con las traidoras insinuaciones de que salga de la Iglesia, entonces no puede sino oponerle, aun a precio de muy graves sacrificios terrenales, la palabra del Salvador: Apártate de mí, Satanás, porque está escrito: al Señor tu Dios adorarás y a El sólo servirás.” El desprecio de la jerarquía nazi hacia el catolicismo se lee en este párrafo: “La Iglesia de Cristo, que en todos los tiempos, hasta en los más cercanos a nosotros, cuenta más confesores y heroicos mártires que cualquier otra sociedad moral, no necesita, ciertamente, recibir de algunos ‘campos’ enseñanzas sobre el heroísmo de los sentimientos y de los actos. En su necio afán de ridiculizar la humildad cristiana como una degradación de sí mismo y como una actitud cobarde, la repugnante soberbia de estos innovadores no consigue más que hacerse ella misma ridícula.”
En otro momento la Encíclica señala que no hay paz entre la Iglesia Católica y Alemania: “Aquél, que sondea los corazones y los deseos es testigo de que Nos no tenemos aspiración más íntima que la del restablecimiento de una paz verdadera entre la Iglesia y el Estado en Alemania. Pero si la paz, sin culpa Nuestra, no viene, la Iglesia de Dios defenderá sus derechos y sus libertades, en nombre del Omnipotente, cuyo brazo aun hoy no se ha abreviado.”

Críticas específicas a aspectos concretos de la ideología nazi
Mit Brennender Sorge va más allá de la crítica contra el racismo o el antisemitismo nazi. Critica su weltanschauung neopagana, esa falsa y repugnante pseudofilosofía que se encuentra en el núcleo de la doctrina nazi: “Y ante todo, Venerables Hermanos, cuidad que la fe en Dios, primer e insustituible fundamento de toda religión, permanezca pura e íntegra en las regiones alemanas. No puede tenerse por creyente en Dios el que emplea el nombre de Dios retóricamente, sino sólo el que une a esta venerada palabra una verdadera y digna noción de Dios … Quien, con una confusión panteísta, identifica a Dios con el universo, materializando a Dios en el mundo o deificando al mundo en Dios, no pertenece a los verdaderos creyentes. Ni tampoco lo es quien, siguiendo una pretendida concepción precristiana del antiguo germanismo, pone en lugar del Dios personal el hado sombrío e impersonal, negando la sabiduría divina y su providencia, la cual con fuerza y dulzura domina de un confín al otro del mundo y todo lo dirige a buen fin: ese hombre no puede pretender que sea contado entre los verdaderos creyentes.”
No solamente condena Mit Brennender Sorge el neopaganismo nazi sino también la deificación de la raza o el Estado: “Si la raza o el pueblo, si el Estado o una forma determinada del mismo, si los representantes del poder estatal u otros elementos fundamentales de la sociedad humana tienen en el orden natural un puesto esencial y digno de respeto, con todo, quien los arranca de esta escala de valores terrenales elevándolos a suprema norma de todo, aun de los valores religiosos, y, divinizándolos con culto idolátrico, pervierte y falsifica el orden creado e impuesto por Dios, está lejos de la verdadera fe y de una concepción de la vida conforme a ella.” En otra Encíclica, Mystici Corporis, Pío XII vuelve a dar duro contra el paganismo: “La Iglesia de Dios ... es despreciada y odiada maliciosamente por aquellos que cierran sus ojos a la luz de la sabiduría cristiana y regresan miserablemente a las enseñanzas, costumbres y prácticas del antiguo paganismo”. ¿Qué otro régimen político había en el mundo entonces que hiciera del neopaganismo el cuerpo central de su doctrina? Sólo el nazi, así que por exclusión, rápidamente se deduce contra quien va la condena.
Mit Brennender Sorge apunta directamente contra los nazis, aunque no les nombre, al decir: “Solamente espíritus superficiales pueden caer en el error de hablar de un Dios nacional, de una religión nacional, y emprender la loca tarea de aprisionar en los límites de un pueblo solo, en la estrechez étnica de una sola raza, a Dios, creador del mundo, rey y legislador de los pueblos, ante cuya grandeza las naciones son gotas de agua en un cubo (Isaías 11,15).” Es mucho más que una crítica a las sempiternas tentaciones de una Iglesia nacional de lo que habla Brito. El único líder político de entonces que defendía ese cúmulo de despropósitos era Hitler. Mit Brennender Sorge afirma proféticamente que “los enemigos de Cristo que en vano sueñan con la desaparición de la Iglesia, reconocerán que se han alegrado demasiado pronto y que han querido sepultarla demasiado deprisa”. El “Reich de los 1000 años” quedó en una pesadilla de 12 años sembrada de muerte y destrucción por doquier, en particular para el propio pueblo alemán.
En el sutil lenguaje diplomático no cabe interpretar que Mit Brennender Sorge vaya dirigida contra las generalidades de las Iglesias nacionales, las interferencias en la educación católica y demás asuntos. Mit Brennender Sorge es una encíclica redactada y publicada en alemán, al contrario que la mayoría de las encíclicas, que la Santa Sede escribe en Latín.
Puede que Brito y BOS no consideren que Mit Brennender Sorge es una condena del nacionalsocialismo como tal, pero ésa no era ciertamente la percepción de los nazis, que ciertamente como tal lo entendieron y a la primera. La manera cómo reaccionan los nazis lo dice todo pues un memorándum interno alemán, fechado el 23 de marzo de 1937 calificaba Mit Brennender Sorge de “casi una declaración de guerra contra el gobierno del Reich”. Si Mit Brennender Sorge hubiera sido una generalidad, ¿por qué confiscaron las autoridades nazis todos los ejemplares disponibles, doce imprentas fueron cerradas, aquellos que eran culpables de haber distribuido la encíclica fueron encarcelados y las publicaciones de la Iglesia en que había aparecido la encíclica fueron prohibidas? ¿Por qué la mera mención de la Encíclica en la Alemania nazi se tipificó como delito? ¿Por qué el órgano oficial de comunicación de los nazis, el Völkischer Beobachter, lanzó un duro contraataque contra el “Dios Judío y Su delegado en Roma” al día siguiente de la lectura de la Encíclica en todas las Iglesias católicas alemanas? Otro órgano oficioso, Das Schwarze Korps, la etiquetó de “la más increíble de las cartas pastorales de Pío XI, cada frase en ella era un insulto a la Nueva Alemania”. ¿Por qué hubo una respuesta diplomática por parte de los alemanes, si Mit Brennender Sorge no fuera con ellos, cuando el embajador alemán en la Santa Sede recibió instrucciones de no tomar parte en las celebraciones solemnes de Pascua, y a las misiones alemanas en toda Europa se les dijo que “tenían que considerar a la encíclica papal una declaración de guerra... que incitaba a los ciudadanos católicos a rebelarse contra la autoridad del Reich”?
En el lenguaje diplomático no se pueden desdeñar los avisos previos a Mit Brennender Sorge dados por la Santa Sede. El 9 de febrero de 1934 Pío XI aprobó la resolución por la cual se condenó, incluyéndolo en el “Índice” de libros prohibidos, el libro El mito del siglo XX, del ideólogo nazi Alfred Rosenberg. Esto acontece justo dos semanas después de que Hitler nombre a Rosenberg jefe ideológico del partido nazi. El documento del Santo Oficio reza así: «Este libro desprecia y rechaza completamente todos los dogmas de la Iglesia católica, e incluso los mismos fundamentos de la religión cristiana. Defiende la necesidad de fundar una nueva religión y una nueva Iglesia alemana. Enuncia el principio, según el cual, hoy es necesario que haya una nueva fe mítica de la sangre, una fe en la que se cree que la naturaleza divina del hombre puede ser defendida a través de la sangre, una fe apoyada por una ciencia que establece que la sangre nórdica representa ese misterio que supera y que se sustituye a los antiguos sacramentos». ¿Si se condenan estas ideas específicas, no se está condenando acaso al régimen nazi en sí mismo por condenar las ideas que lo sostienen? Todas estas críticas de Mit Brennender Sorge son mucho más que críticas genéricas a errores modernistas o abusos del Concordato. Si la crítica fuera genérica, como parece inferirse de Antonio José Brito, ¿por qué se escribió en alemán?
Von Ribbentrop afirmó durante los juicios de Nuremberg que “teníamos los estantes llenos de protestas del Vaticano”. Ergo esa crítica le llegaba al gobierno alemán por activa y por pasiva.

Opiniones de historiadores y rabinos judíos
Sir Martin Gilbert, el biógrafo oficial de Churchill, que es judío, señaló en su libro The Righteous: The Unsung Heroes of the Holocaust que la actuación de Pío XII y de la Santa Sede había sido óptima y había denunciado cuanto había podido tanto al régimen como las persecuciones de judíos al tiempo que alaba su prudencia “que no tiene que ver ni con la cobardía ni con la complicidad”. El Gran Rabino de Roma, Zolli, convertido al catolicismo al acabar la cruenta guerra, no se cansó de expresar sus gracias a Pío XII por haber denunciado al “mal nazi” y por la “defensa de los judíos”. Otro Gran Rabino posterior, Elio Toaff, ha expresado sus agradecimiento por las denuncias hacia el régimen nazi de Pío XII. Alguien como Einstein, tan poco sospechoso de simpatía hacia la Iglesia Católica, reconoció en sus declaraciones a Time Magazine el 23 de Diciembre de 1940 que era la Jerarquía eclesiástica católica la única que estaba denunciando el régimen nazi y sus atrocidades. Pinchas Lapide, antiguo cónsul de Israel en Milán y estudioso de este periodo histórico, dijo que Pío XII hizo todo cuanto pudo hacer para denunciar el nacional-socialismo.
El historiador hebreo David G. Dalin dice que Pío XII “fue un tenaz crítico del nacional-socialismo”. Dalin critica a esta nueva ola de judíos a quien les ha dado por denigrar a Pío XII y, sobre todo, a la Iglesia Católica. Él añade que "los hebreos, más allá de sus sentimientos respecto de la Iglesia Católica, tienen el deber moral de rechazar todo intento de instrumentalizar el Holocausto y de usarlo de manera partidaria al interior de tal debate. Y esto particularmente cuando tal intento denigra los testimonios de los sobrevivientes del Holocausto y extiende a las personas equivocadas la condena que corresponde a Hitler y los nazis. El Rabino Dalin rechaza la idea de que una condena expresa a Hitler hubiera sido beneficiosa y comparte la idea de que tal remedio hubiera sido peor que la enfermedad. En un artículo en francés publicado por DICI leemos una declaración de este Rabino sacada de su libro Religion and State in the American Jewish Experience en 1998: “Pie XII, écrit-il, fut l’une des personnalités les plus critiques envers le nazisme. Sur 44 discours que Pacelli a prononcés en Allemagne entre 1917 et 1929, 40 dénoncent les dangers imminents de l’idéologie nazie. En mars 1935, dans une lettre ouverte à l’évêque de Cologne, il appelle les nazis «faux prophètes à l’orgueil de Lucifer ». La même année, dans un discours à Lourdes, il dénonçait « les idéologies possédées par la superstition de la race et du sang ». Sa première encyclique en tant que pape, Summi Pontificatus de 1939, était si clairement anti-raciste que les avions alliés en lâchèrent des milliers de copies sur l’Allemagne pour y nourrir un sentiment anti-raciste”. En este mismo artículo se añade, justificando la no inclusión expresa del nombre de Hitler o del nacional-socialismo, lo siguiente: “Marcus Melchior, grand rabbin du Danemark, qui a survécu à la Shoah : «Si le pape avait parlé, Hitler aurait massacré beaucoup plus que six millions de juifs et peutêtre 10 millions de catholiques ». Il rapporte aussi ceux du procureur Kempner, représentant les États-Unis au procès de Nuremberg : «Toute action de propagande inspirée par l’Église catholique contre Hitler aurait été un suicide ou aurait porté à l’exécution de beaucoup plus de juifs et de catholiques»”
Otros judíos como Michael Tagliacozzo –máxima autoridad de la comunidad hebrea de Roma sobre el holocausto-, Paolo Mieli y Richard Breitman – el único historiador con acceso a los archivos secretos norteamericanos- y el también citado Pinchas Lapide comparten estas tesis. Breitman, en una entrevista al Corriere della Sera, del 29 de junio del 2000, señaló por lo que respecta a Italia, lo que más le impresionó fue la hostilidad alemana hacia el Papa y el plan de germanización del país de septiembre de 1943. Breitman ha encontrado también «sorprendente el silencio aliado sobre el holocausto, cuyos primeros testimonios eran de finales de 1942. ¿Por qué los políticos alemanes tenían tal animadversión por el Santo Padre si sus críticas fueron solo vagas alusiones a su desacuerdo con una Iglesia nacional?

Breve historia de las múltiples condenas de la Iglesia al régimen nazi
Ya en el año 1929 Pacelli –entonces a la sazón Nuncio Apostólico en Alemania- había criticado a Hitler, de quien tenía una pobrísima impresión anterior incluso a su ascenso al poder, como también ha señalado el jesuita Peter Gumpel. Los clérigos católicos fueron de los primeros en Alemania en reconocer la amenaza nazi. En 1930, los obispos de Berlín y Westfalia condenaron a los nazis en sendas cartas pastorales. El cardenal Adolph Bertram de Breslau expresó por primera vez su oposición al nacionalsocialismo en 1930, al negarse al entierro religioso de un afamado personaje nazi. En unas declaraciones criticaba como un grave error la glorificación unilateral de la raza nórdica y el menosprecio por la revelación divina que cada vez más se estaba enseñando en toda Alemania. Alertó contra la religión ultranacionalista que los nazis estaban favoreciendo. En la primavera de 1931, los obispos bávaros condenaron igualmente al nacionalsocialismo y lo describieron como “herético e incompatible con la enseñanza Católica”. Declaraciones semejantes fueron hechas por los obispos de Colonia, Paderborn y el alto Rin.
Antes del ascenso de Hitler al poder ya los judíos votaban al partido católico alemán, el famoso Zentrum, como ha señalado el historiador Konrad Löw. Esto es así según él porque “la Iglesia católica condenó el naciente racismo y nacionalismo con toda claridad. Por el contrario los evangélicos quedaron en gran parte fascinados por las teorías raciales” El nombramiento de Hitler como Canciller fue aplaudido por los evangélicos, recuerda Löw, mientras que los obispos católicos condenaron las teorías nazis. Por este motivo los nazis persiguieron en primer lugar a los comunistas y los judíos, pero también a los católicos.
Hubo condenas por parte de la Iglesia antes y después del inicio de las hostilidades bélicas. Desde los inicios del III Reich el Secretario de Estado Pacelli aprovechó varias peregrinaciones de alemanes a Roma para criticar el régimen nazi. Ya entonces Hitler y su germanía hostigaban a la Iglesia Católica, incluyendo el encarcelamiento de eclesiásticos. En 1935 hay una campaña organizada de desprestigio de la Iglesia Católica en Alemania, también contestada desde Roma. El 9 de febrero de 1936, el Obispo von Galen pronunció públicamente un discurso antinazi en la catedral de Xanten. En respuesta, los nazis acusaron a Galen de estar intentando dar cobijo “a los corruptores de nuestra raza”. La gallarda actitud de von Galen tuvo su contrapunto: fue su diócesis en la que fueron encarcelados y asesinados más religiosos precisamente por su abierta crítica al régimen nazi.
Mit Brennender Sorge es redactada en 1937. En estos años el futuro Papa Pío XII va como Legado Papal a Lourdes, Lisieux, Paris and Budapest, y en todos estos discursos critica a los nazis, aunque sea sin mencionarlos expresamente. El 6 de septiembre de 1938, Pío XI, hizo unas fuertes declaraciones a la radio católica belga donde condenaba el régimen nazi y el antisemitismo. Otro destacado y valiente obispo alemán, Mons. Faulhaber, tuvo altercados continuos (incluyendo amenazas y violencia física contra él) con el régimen nazi por sus múltiples condenas al mismo.
En la alocución consistorial en la Navidad de 1940 Pío XII critica el régimen nazi. En el mensaje de Navidad de 1942 de Pío XII se vuelve a criticar sin paliativos al régimen nazi. En este mensaje Pío XII refuta punto por punto el programa “Neue Ordnung” (Nuevo Orden … ¡qué curioso! ¿Por qué será que Bush Sr. y Hitler utilizaban en mismo lenguaje?), un programa nazi donde las tesis racistas son llevadas hasta el paroxismo. El informe de los servicios secretos nazis reaccionando duramente contra Pío XII al tiempo que el diario de capital judío New York Times reconociendo la defensa de los judíos por parte de Pío XII hablan por sí solos. Si Pío XII no cuestionaba el régimen nazi, ¿cómo es posible que sus críticas fueran interpretadas como una crítica del mismo por los propios nazis? El texto está sacado del informe oficial nazi redactado por la Oficina Superior de Seguridad de Heinrich Himmler (la Reichssicherheitshauptamt) y dirigido al despacho del ministro de Asuntos Exteriores Joachim von Ribbentrop: “De una forma jamás vista antes, el Papa ha rechazado el Nuevo Orden Europeo Nacionalsocialista... Es cierto que el Papa no se refiere a los Nacionalsocialistas alemanes por su nombre, pero el discurso es un largo ataque contra todo aquello que defendemos ... Dios, dice, considera que todos los pueblos y razas merecen la misma consideración. Aquí está hablando claramente en defensa de los judíos ... En la práctica está acusando al pueblo alemán de injusticia hacia los judíos, y se convierte en la voz de los criminales de guerra judíos.” El maestro Brito y BOS pueden, evidentemente, seguir diciendo que no menciona expresamente a los nacionalsocialistas por su nombre, pero son los propios nazis los que se dan por aludidos.
El 2 de Junio de 1943, ante el Sagrado Colegio, repite sus críticas al régimen nazi. Previniendo que BOS pueda decir que Pío XII se abstiene de mencionar la palabra “judío” en estos mensajes, le diré que esto se había discutido con las comunidades judías y los norteamericanos y se decidió no hacerlo para evitar agravamientos en las deportaciones.
Incluso otra Encíclica, Summi Pontificatus, donde se tocan algunos temas “calientes” para los nazis hace que los jerarcas nazis se den por aludidos. Heinrich Müller, jefe de la Gestapo berlinesa, escribe: “Esta encíclica se dirige exclusivamente contra Alemania, tanto en la ideología como en la atención que presta a la disputa germanopolaca; lo peligrosa que es para nuestras relaciones internacionales y para nuestros asuntos internos está fuera de discusión”. Reinhard Heydrich, jefe de la oficina de seguridad de las SS en Varsovia, escribió: “Esta declaración del Papa hace una acusación inequívoca contra Alemania”.
¿Cómo es posible pensar que el régimen nazi no era criticado por la Santa Sede cuando es Pío XII el que trata de mediar –arriesgando muchísimo- entre un grupo de generales alemanes anti-nazis dirigidos por el general Ludwig Beck, que quieren deponer a Hitler y el gobierno británico, intentando llegar a un acuerdo de paz si los que planeaban sublevarse hubieran tenido éxito? ¿Cómo se puede afirmar que la Santa Sede no criticó al régimen nazi cuando Pío XII dijo en varias ocasiones que “la victoria de Hitler supondría el fin de la Iglesia Católica en Europa”? Radio Vaticano declaró que: “La guerra de Hitler no es una guerra justa y la bendición de Dios no puede ser para ella”, a pesar de las innumerables presiones de Hitler para instrumentalizar a Roma bajo pretexto de la lucha contra el bolchevismo.
El Concordato fue una trampa porque los nazis no tenían la más mínima intención de cumplirlo. En este mismo artículo que acabamos de enlazar puede estudiarse el colaboracionismo de amplios grupos protestantes y de cuán agradecido les estaba Hitler, al menos en los inicios del III Reich. La actitud ciertamente distinta de la Iglesia Católica desde el comienzo cosechó, esperablemente, una respuesta distinta por parte de los mandatarios nazis. La obra de Olrich von Held, Priester unter Hitlers Terror, demuestra lo mucho que sufrió la Iglesia Católica por su oposición al régimen y el odio de los nazis hacia lo católico.
El nacional-socialismo legisló contra lo católico. Cuando en lo histórico los hechos alcanzan las leyes sancionadas y las piedras erigidas, los datos suelen ser más bien incuestionables. ¿Puede BOS considerar lógico que la Iglesia no denunciara las tropelías contra católicos, muchos de ellos religiosos, como era el caso de los santos Edith Stein o Maximiliano Kolbe, u otros muchos mártires, como el Padre Titus Brandsma?
Von Stauffemberg, el general que atentó contra Hitler en 1944, era católico. Y católica era mucha de la resistencia al nacional-socialismo, fuera y dentro de Alemania. La ocupación nazi de Italia y de Roma en particular fue contestada por una reacción católica a la que se debió la salvación de miles de judíos que de otro modo hubieran sido deportados y asesinados o simplemente muertos en los campos de concentración nazis dada la situación de estos. Franco era católico a machamartillo y él no sólo tenía un pobrísima impresión de Hitler, sino que le resistió en Hendaya.

En defensa de Alemania y los alemanes
Ha habido ya dos generaciones de alemanes que no han conocido la guerra. Sin embargo se sigue haciendo responsables a los alemanes de todas las atrocidades nazis, como si hubiera una responsabilidad colectiva. ¿Cómo se puede culpabilizar a quienes no tuvieron ni arte ni parte en aquella pésima decisión de elegir a Hitler?
Hubo alemanes nazis y otros no. La mayoría, de hecho, no eran nazis. Si votaron al partido nazi lo fue en buena parte por el injustísimo orden internacional generado por el Tratado de Versalles. También por un malsano nacionalismo alemán, de corte romántico, que prosperó en medios protestantes más que en los católicos y que venía infecto del racionalismo desde el principio. El inmanentismo prusiano de Kant y sus sucesores (Hegel y Fichte), amplificado por Marx, generó una malsana reacción que fue el nihilismo. En ese caldo de cultivo donde el realismo templado de un Aristóteles y un Santo Tomás habían sido erradicados, creció la idolatría por ellos mismos. Circunstancias geopolíticas, como la necesidad permanente de un poder fuerte en Mitteleuropa, coadyuvaron. El desastre comunista y liberal de la República de Weimar exasperó a los aplastados alemanes. En medio de ese caos en la Europa de los años 20 y 30 se generaron movimientos de tipo totalitario que querían enfrentar a otro totalitarismo que era aún peor: el comunismo.
La gran mayoría de los alemanes, especialmente en el frente del Este, como muchos otros europeos que se fueron de voluntarios con las divisiones de la Wehrmacht, no lo hicieron por luchar a favor del nacionalsocialismo, sino por luchar contra el comunismo. Esta Europa que murió por un motivo noble, como la juventud aliada que creía luchar por su Patria, como los ingleses que se defendieron de los alemanes o entraron en la guerra por defender a Polonia, fueron sistemáticamente engañados en Yalta, cuando se entregó media Europa a las garras de la bestia comunista, la mayor máquina de asesinar y perseguir de toda la historia.
Esta es la tragedia de la Segunda Guerra Mundial. Se murió al final por evitar a los nazis para acabar cayendo en manos de los comunistas. Para Europa este sacrificio de millones y millones de hombres jóvenes y no pocos civiles, como asimismo el de la generación de la Primera Guerra Mundial, fue en vano. Este fue el signo del siglo XX y bajo esa misma égida hemos entrado en el XXI.
Aprendamos que las sendas de los nacionalismos (grandes o pequeños), de la lucha por poderes omnímodos e ilimitados ya militares ya plutocráticos, de las malas filosofías y peores ideas, del odio, en una palabra, desembocan siempre en la plaga apocalíptica de la guerra y sus inevitables acompañantes del hambre, la enfermedad, la muerte, la miseria física y espiritual, etc.
En medio de tanta noche, física, psicológica y moral, para la humanidad sólo brilla la luz de Cristo. El mismo Cristo que abrazaron los bárbaros germanos y que Carlomagno defendió. El mismo Cristo que ha sido el alma de la verdadera Confederación Germánica. El mismo Cristo, piedra angular del Sacro-Imperio Romano-Germánico. Cristo, Alfa y Omega, Señor de Señores, Rey de Reyes.
Vayamos, pues, en pos de Jesucristo, en quien está cifrada la salvación de Alemania, de Europa y del mundo entero.

Algunas páginas de interés en la red

http://www.apologetica.org/pioxii/pioxii-weyker.htm

http://www.catholicleague.org/pius/piusxii_faqs.html

http://www.catholicculture.org/docs/doc_view.cfm?recnum=345

Análisis diplomático extensivo: http://www.catholicleague.org/pius/piuswhitehead.htm


Rafael Castela Santos

sábado, abril 30, 2005

El nacionalismo: hijo del odio y el error

Repetidas veces la Santa Sede en tiempos presentes y pretéritos ha llamado la atención sobre los peligros del nacionalismo. El nacionalismo moderno, de raíz romántica, surgido de la Revolución Francesa, inspirado en un amor desmedido de corte panteístico por la tierra de uno, por su propia lengua o hasta por el elusivo concepto de raza, se vuelve así un sustituto de Dios. De facto el nacionalismo se ha configurado como De facto el nacionalismo se ha configurado como un poderoso vector descatolizador y enemigo del bien común. El nacionalismo acaba pues por volverse una idolatría.
Un análisis más detallado del nacionalismo y Estado modernos puede encontrarse aquí al tiempo que dejamos a Carlos Caballero Jurado explicar la esencia del nacionalismo y la dualidad ignominiosa entre nacionalismo y cosmopolitismo. Mientras que el siglo XIX y la mitad del XX vieron el nacionalismo de las naciones-Estado surgidas del jacobinismo y el Sturm und Drang, incluso en fenómenos nuevos como fueron Alemania e Italia, las postrimerías del último siglo y el XXI apuntan a los micronacionalismos como fenómeno predominante. En el caso español los micronacionalismos catalán y vasco son paradigmáticos para ver la oposición entre ellos y el Catolicismo. El estudio pormenorizado de la falsedad del nacionalismo catalán o vasco (ver también aquí) está fuera de los límites de este pequeño artículo. Nos concentraremos específicamente en el daño que el nacionalismo hace a la religión católica.
No es baladí que en España sean hoy día las regiones donde el nacionalismo político tiene más peso aquellas mismas donde la práctica de la Fe es menor, verbigracia, Cataluña y las Vascongadas. Mientras que las tierras catalanas, como el Levante español en general, han padecido un siglo XIX pleno de anticlericalismo en virtud de su afrancesamiento, su liberalismo político (que incluye a los miembros de la Reinaxença) en el País Vasco el asunto es más grave. Sirva de ejemplo que en los años previos al Vaticano II de cada tres Sacerdotes españoles uno era vasco o navarro. Ahora es la primera o segunda región en la gravedad de la crisis de vocaciones religiosas.
No deja de ser curioso que entre los catalanes más insignes de nuestros tiempos existan algunos como el poeta (seglar) Maragall, una de las mayores glorias de la poesía en catalán -y cuya Oda a Espanya constituye uno de los elogios más grandes jamás hechos a la Patria española-; o los religiosos Balmes –insigne expositor de la filosofía católica-, Sarda i Salvany –demoledor crítico del liberalismo- o el Cardenal Isidre Gomá, todos ellos opuestos a cualquier veleidad nacionalista. Que este ilustre elenco de clérigos, cuya ortodoxia ha sido probada, fuera profundamente y simultáneamente catalán y español es algo para reflexionar si se lo compara con la situación actual. El laureado Tercio requeté de Montserrat, corona de los carlistas españoles durante la Cruzada de 1936-1939, de puro catalán que era las vivas a España se daban en este idioma, porque por aquel tiempo aún había muchos que no sabían castellano, lo que no les impedía amar a España hasta morir. Por el contrario, el nacionalismo catalán, un fenómeno relativamente moderno (como el vasco) ha tenido connotaciones anticatólicas desde el principio. Como podía esperarse hoy día, cuanto más modernista el clero catalán, más a favor de la teología de la liberación, más simpatizante de cualquier tipo de rojerío, más a favor de la ordenación de mujeres (sic) y del casamiento de sodomitas (sic), más nacionalista es también.
Los vascos más insignes y universales son aquellos que llevaran el nombre de España a lo más alto. Prácticamente todos los Almirantes de Castilla fueron vascos. En tiempos modernos ni un Unamuno (que siempre intentó creer a pesar de sus heterodoxias semi-existencialistas), un Ramiro de Maeztu, un Víctor Pradera (verdadero sistematizador del pensamiento político tradicional en el siglo XX), un Zubiri (uno de los mejores metafísicos de los últimos 50 años), por no irnos a las artes pictóricas con Zuloaga o a las poéticas como Celaya o a la mejor prosa del siglo XX en España, la del vasco Pío Baroja … y resulta que todos ellos repudiaban el nacionalismo y se sentían profundamente vascos y profundamente españoles, pues evidentemente no hay contradicción entre ello. ¿Se ha planteado alguien cuántos hombres insignes de estas regiones y talla universal son nacionalistas? ¿Cómo es posible esta esterilidad en la excelencia que produce el nacionalismo? ¿No será que la excelencia está reñida con los falsos tópicos del nacionalismo vasco y la fundamental radicación de éste en el odio, como ha señalado Pío Moa?
¿Es pues extraño dado el nulo capital espiritual en que estas dos regiones españolas han devenido que la mínima práctica religiosa de España acontezca en Cataluña, donde ni el 5% de la población es católica practicante? ¿Asombra que la natalidad más baja del mundo y el mayor consumo de drogas per capita de toda Europa occidental acontezca en las bellas tierras vascas? ¿Tiene algo de particular que fuera un autodenominado “católico” (sic) como Jordi Pujol, ex Presidente del gobierno regional catalán el primer político español que abogara por los matrimonios de homosexuales? ¿Extraña pues que fueran el clero nacionalista vasco el mismo que presta el apoyo moral y hasta logístico a ETA o justifique una postura racista, como señala Pío Moa, siendo ETA una organización que se autodefine marxista-leninista y cuyo objetivo es la implantación de una república vasca independiente y comunista, una ideología declarada “intrínsecamente perversa” por el Magisterio? No lo debiera, porque el patrón de comportamiento previo de los nacionalistas vascos y catalanes es obvio: durante la Guerra Civil ambas fuerzas nacionalistas se unieron a los comunistas y demás fuerzas anticatólicas, aun a pesar de que en caso del PNV (Partido Nacionalista Vasco) todavía entonces se autodefinía como un partido católico. Su aquiescencia y tolerancia, cuando no su apoyo (como en el caso de ciertos sectores del nacionalismo catalán) del asesinato de religiosos, sacerdotes y seglares católicos sin filiación política alguna les delata.
Ya decía el irlandés e insigne Padre Malachi Martin, prolífico escritor que fuera asimismo exorcista de la diócesis de Nueva York, que lo malo de los irlandeses era su odio a Inglaterra. Era consciente de que mucho del nacionalismo irlandés, aún partiendo de una justa reivindicación (algo de lo que no todos los nacionalismos pueden presumir), arrancaba desde presupuestos románticos y liberales, lo que al final devenía en odio. Y odio, precisamente, es algo de lo que cualquier católico debe abstenerse. Durante la Cruzada española de 1936-1939 siempre se oía decir a los oficiales carlistas a sus tropas aquello de “disparad, pero disparad sin odio”. Porque la ira es el pecado por excelencia del soldado. Y ni ese, por comprensible que sea, le está permitido al caballero católico. Mucho menos a aquellos sistemas de pensamiento, como los modernos nacionalismos, excluyentes siempre del otro, destructores de la sana alteridad, y en el fondo basados en el odio.
Resulta así lógico que sean liberales agnósticos, incluso liberales más inclinados hacia ese etéreo espacio del centro-derecha, así como otros enemigos declarados de la Iglesia Católica (más o menos taimados), los que defienden a nacionalistas vascos y catalanes. A todos ellos les inspira el odio, el rencor y a todos ellos les justifica –en el mejor de los casos- la ignorancia culpable.

Rafael Castela Santos

quinta-feira, abril 28, 2005

Não quebre esta corrente...

A pedido do Corcunda, aqui ficam as minhas respostas à corrente:

1. Não podendo sair do Fahrenheit 451, que livro quererias ser?

Um livro pouco difundido fora dos meios católicos tradicionais, mas que me causou uma profunda impressão quando travei conhecimento com ele, e que me impeliu decisivamente para a descoberta da Missa tradicional - "A Explicação da Missa", do Padre alemão Martin von Cochem, originalmente publicado em 1704. Uma obra singela e cativante, que li em tradução norte-americana com o título "The Incredible Catholic Mass". Ou, então, "The Charitable Anathema", do grande Dietrich von Hildebrand…

2. Já alguma vez ficaste apanhado por uma personagem de ficção?

Cada um a seu tempo, impressionaram-me o Celine, do "Mea Culpa" e do "Bagatelles", e o Santo Agostinho, das "Confissões", que não são personagens de ficção. Quanto a estas últimas, nunca nenhuma me apanhou, mas há não muito tempo fiquei a simpatizar com a peculiaríssima figura de Don Benía, a personagem principal de "Los Papeles de Benjamin Benavides", de Leonardo Castellani.

3. Qual foi o último livro que compraste?

Da última vez que entrei numa livraria, dois em simultâneo: "A Igreja e a Nova Europa", do Cardeal Ratzinger, actual Papa Bento XVI, e o segundo volume de "Tradição e Revolução", de José Adelino Maltez. E, hoje mesmo, pessoa amiga fez-me chegar à mão obra de um autor que desconhecia, "La Revolucion de la Modernidad - La bestia del apocalipsis?", de José Juan Gorriz Ruix, que já folheei, e que parece prometer uma estimulante leitura para breve.

4. Qual o último que leste?

"Reflexiones Politicas", também de Leonardo Castellani, compilação dos editoriais que o autor escreveu para a revista "Jauja", de Buenos Aires, de que foi director e que se publicou na capital argentina no final dos anos 60, e onde Castellani plasma com a mestria costumeira o seu pensamento antiliberal e antimodernista.


5. Que livros estás a ler?

Sou terrivelmente indisciplinado com a leitura. Prouvera a Deus que conseguisse ler atempadamente todos os livros que compro; evitaria uma monstruosa e quase irresolúvel lista de espera. Tanta coisa a aguardar de Monsenhor Delassus a Michael Davies, de Murray Rothbard a César Vidal, de W. T. Walsh a Ernst Jünger, de António Royo Marin a Anne Applebaum, de Frei Fortunato de São Boaventura a João Ameal..

Em "uso", neste momento, tenho "Tumultuous Times - Twenty General Councils of the Catholic Church & Vatican II and Its Aftermath", de Francisco Radecki e Dominic Radecki, obra de uma imensa erudição, sem qualquer prejuízo da sua acessibilidade, a qual relata as vicissitudes - os tempos tumultuosos - que rodearam os vinte Concílios Ecuménicos da Igreja até hoje, bem como a crise modernista desencadeada pelo V2 (um pequeno senão - os autores são dois padres católicos tradicionais, mas de linha sedevacantista, ou seja, muito resumidamente, não reconhecem autoridade legítima aos Papas que sucederam a Pio XII); "Juan XXIII (XXIV)", do sempre presente Leonardo Castellani, em que o autor nos narra, com a fina ironia que lhe é peculiar, a suposta eleição e pontificado do primeiro Papa argentino, um tal Pio Ducadelia…; e, enfim, porque estamos no ano do seu quarto centenário, "D. Quixote de La Mancha", de Cervantes, na tradução portuguesa realizada por Aquilino Ribeiro.

Em breve, por dever de memória e contra aqueles que nos querem roubar a História, iniciarei a leitura de "O Estado Novo", de Franco Nogueira (e nem sequer sou particular simpatizante do antigo regime, mas abomino a mentira…), "Los Crímenes de la Guerra Civil", de Pio Moa; e "El 18 de Julio no fue un Golpe Militar Fascista", de Ricardo de la Cierva.

6. Que 5 livros levarias para uma ilha deserta?

Cinco livros?!!! Não pode ser! Eu pago o excesso de bagagem! Seguem a Bíblia, a Suma Teológica, de São Tomás de Aquino, o Catecismo do Concílio de Trento, António Sardinha, Gustavo Corção, Leonardo Castellani, Júlio Meinvielle, Hilaire Belloc e quem mais calhar. Acrescento um livro de cozinha, especializado em receitas transmontanas, alentejanas e açorianas…

7. A que 3 pessoas vais passar este testemunho?

A batata quente segue para o Absonante, para o Camisa Negra e para o AAA.

Castigos que Dios tiene hechos en credito de su Justicia en los perseguidores de la Iglesia

Fray Luis de Granada: Introducción del Symbolo de la Fe, Segunda Parte, XXVIII. Madrid, 1730, p. 659ss.


De como quasi todos los Emperadores, que persigueron la Fè, y Religion Christiana, acabaron desastradamente: y los que la honraron, fueron en todas las cosas ayudados de Dios, y prosperados.

No dexa de ser tambien grande testimonio de la verdad, de nuestra Fè ver, que quasi todos los que la persiguieron, acabaron desastradamente, y los que la favorecieron, y abrazaron, fueron prosperados en sus Reynos, y Imperios. Y digo quasi todos, y no todos; porque (como dice S. Augustin) de tal manera se ha la Divina Providencia en la governación de este mundo, que ni castiga en esta vida todos los malos, ni dexa de castigar muchos de ellos.
Porque si castigàra à todos, pudieran los hombres imaginar, que todo se remataba en esta vida, y no quedaba nada para la otra: y si à ninguno castigàra, pudieran imaginar, que no avia Providencia, que tuviesse à cargo las cosas humanas. Por esso, la Sabiduría divina (que todas las cosas endereza para el bien de sus criaturas) algunas cosas castiga poderosamente; para que vean los hombres, que ay Providencia (mayormente las que son tan exorbitantes, que ellas mismas estàn clamando à Dios, y pidiendo venganza) y otras dexa por castigar; para que entendamos, que reserva su castigo para la otra vida, y que no se concluye todo en esta.
Lo qual se vee en algunos de los Emperadores, que persiguieron la Iglesia, que no recibieron aqui su merecido. Pero como esta crueldad, y maldad, era tan grande, no consintió la Divina Justicia, que quedassen otros muchos sin castigo, aun en esta vida. En lo qual maravillosamente resplandece la divina Providencia, que usaba de los tyrannos, como de ministros, y instrumentos para fundar la Fè de su Iglesia con la sangre de los Martyres, y para hermosear el Cielo con este gloriosissimo exercito de ellos. Porque si no huviera tyrannos, no huviera Martyres: si no huviera Decio, no huviera Laurencio, si no huviera Deciano, no huviera Vincencio: y si no huviera Herodes, no huviera martyres Innocentes.
Mas despues de averse servido de ellos en este ministerio, dabales tambien aqui su merecido: como lo hizo con Nabuchodonosòr, de el qual usò,como de vara (segun lo llama Esaìas) para azotar à su pueblo. Mas acabado este officio, echò la vara en el fuego: quiero decir destruyò, y puso por tierra todo su Imperio. Pues lo mismo hizo quasi con todos estos tyrannos: de los quales unos fueron arrebatados por los demonios, otros se mataron con sus proprias manos, otros fueron despedazados por bestias fieras, otros murieron, comiendose las manos à bocados, otros ahogandose en los ríos, y otros de otras maneras.
Assi leemos en el Martyrio de Sancta Eufemia, Noble Virgen, que queriendo el juez perverso forzarla en la carcel, fue luego arrebatado del demonio, y el verdugo, que la degollò, fue luego muerto por un Leon, y la noche siguiente el juez, que la sentenciò, se matò, comiendose à bocados, y lleno de furor. Lo qual moviò à muchos de los infieles, assi Judios, como Gentiles, à ser Christianos.
Assimismo, quasi todos los Reyes, y emperadores, que martyrizaron los Sanctos, tuvieron muy desastrados fines. Entre los quales el primero fue Herodes: el qual por matar al Niño I E S U S, matò los Innocentes: cuya enfermedad,y muerte, fue terribilissima, como escrive largamente Iosepho (Antiquit. Judaic.lib 17.cap.9.& 10), y en cabo, despues de aversele saltado los ojos, en un baño, desesperado de la vida, se metiò un cuchillo por los pechos, y se matò, mandando antes matar el tercero de los hijos, despues de aver muerto à dos de ellos (Idem lib. 16. c.13).
El segundo Herodes, que degollò à Sanctiago, y tuvo preso à S. Pedro, fue herido por un Angel, y muriò comido en vida de gusanos, com escrive el mesmo Iosepho, y S. Lucas.
El tercero perseguidor de la Iglesia (Lib. 19. cap.7. Act.12): que fue Neròn, (el qual martirizò à S. Pedro, y S. Pablo,) viendo, que no podia escapar de los conjurados, que lo buscaban para matarle, èl los librò de esse trabajo, matandose con sus manos.
El quarto, que fue Domiciano, que desterrò à S. Iuan Evangelista, fue muerto à manos de los suyos.
Valeriano, cruel perseguidor de la Iglesia, fue vencido en batalla por el Rey de los Persas: el qual lo prendiò, y mandò sacar los ojos, y se servia de èl, para poner sobre èl los pies, quando cavalgaba.
Aureliano fue muerto por manos de los suyos.
Decio, que martyrizò à S. Laurencio, èl juntamente con sus hijos fue muerto.
Diocleciano, cruelissima bestia, el qual se hizo adorar por dios, vino à tan gran perdicion, y desatino, que le fue forzado dexar la Corona, y el Sceptro, y vivir, como uno del pueblo.
Maximiano su compañero tambien lo dexò, y vivia como èl: y aun assi no le fue concedido vivir; porque Maxencio su hijo, que se queria alzar con el Imperio, le echò di Roma: de donde saliò huyendo, y se acogiò al amparo de Constantino, que era su yerno. Y siendo por èl noblemente recibido, ensayaba contra èl traycion. Lo qual fue sabido, y por ello castigado con la muerte, y con deshonra, y infamia. Cà sus estatuas, y medallas, fueron mandados raer, dò quiera que estaban, y los titulos de las casas publicas, que de èl avian tomado nombre, se mandaron mudar. Pues Maxencio su hijo, heredero de los vicios, y crueldad de su padre, por especial milagro, y disposicion Divina, muriò. Porque aviendo armado una puente falsa sobre un rio cabe Roma, para que llegando el emperador Constantino à ella, se hundiesse en el rio, èl, como desatinado, no acordandose de lo que avia tramado, puso las piernas al cavallo, y passando por la misma puente, cayò, y se ahogò.
Maximino, tambien cruelissimo perseguidor de la Iglesia, fue vencido en la batalla por el mismo Constantino, y escapò huyendo de su exercito entre los aguadores. Por lo qual, indignado contra los agoreros, que le prometian la victoria, los mandò matar. Y sobre esta afrenta, lo castigò Dios con una gravissima enfermedad, hinchandosele, y pudriendosele las entrañas: y dentro de el pecho se le hizo una llaga, que poco à poco se estendia por èl, sin otras, que tenia derramadas por toda su carne, que manaban arroyos de gusanos. Y con ellas tenia hedor tan terrible, que ningun hombre, ni los mismos zirujanos podian llegar a èl. Y viendo que sus medicos no le podian remediar, ni hazer algun beneficio, antes huìan de èl por su abominable hedòr, mandò matar muchos de ellos. Entre los quales llegò à èl uno, mas para ser degollado, que para curarle; y movido por especial instincto de Dios, le dixo: Por què yerras, Emperador, pensando, que pueden los hombres estorvar, lo que Dios ordena? Esta tu enfermedad ni es de hombres, ni hombres la pueden curar. Mas acuerdate, quantos males has hecho à los siervos de Dios, y de quanta crueldad has usado contra sus honradores: y assi sabràs, à quien has de pedir remedio. Porque yo bien podrè morir, como los otros; mas tu no seràs curado por manos de medicos. Entonces comenzò Maximino à conoscer, que era hombre, y trayendo à la memoria sus males, confessò que avia errado. Finalmente, perdiendo la vista de los ojos, y conosciendo entonces mejor la fealdad de sus males, hizo fin con affligida muerte à su mala vida.
Licinio tambien, que Imperaba en Oriente en tiempo de Constantino, que no menos cruelmente persiguiò la Iglesia, que sus antecessores, levantandose contra Constantino, fue por èl muerto en batalla.
Despues de estos Juliano Apostata, (que con otras nuevas artes hizo mas cruel guerra, à la Iglesia,) acabò en pocos dias su Imperio, y su vida, muerto en la guerra contra los Persas, dexando el exercito en grandissimo peligro; sin que nada le valiessen, ni sus Dioses, ni sus agoreros, y encantadores, en quien tenia toda su confianza.
Pues Valente Arriano, grande perseguidor de los Catholicos, en una batalla contra los Godos fue por ellos desbaratado: y escondiendose en una chozuela, alli le pegaron fuego, y assi muriò, como sus obras lo merecian.
Estos fueron los fines, y desastres de todos aquellos, que tomaron armas contra la Religion Cristiana: lo qual no es pequeño argumento de la verdad, y sanctidad de ella.

Que é o Liberalismo?

O LIBERALISMO É PECADO

Dom Felix Sardá i Salvany

Que é o Liberalismo?

Ao estudar um objeto qualquer, depois da pergunta: an sit? Faziam os antigos escolásticos a seguinte: quid sit? E esta é a que vai ocupar-nos no presente capítulo.
Que é o Liberalismo? Na ordem das idéias é um conjunto de idéias falsas; na ordem dos fatos é um conjunto de fatos criminosos, conseqüência prática daquelas idéias.
Na ordem das idéias o Liberalismo é o conjunto do que se chamam princípios liberais, com as conseqüências lógicas que deles se derivam. Princípios liberais são: a absoluta soberania do indivíduo com inteira independência de Deus e de sua autoridade; soberania da sociedade com absoluta independência do que não nasça dela mesma; soberania nacional, isto é, o direito do povo para legislar e governar com absoluta independência de todo critério que não seja o de sua própria vontade, expressa primeiro pelo sufrágio e depois pela maioria parlamentar; liberdade de pensamento sem limitação alguma em política, em moral ou em Religião; liberdade de imprensa, assim absoluta ou insuficientemente limitada; liberdade de associação com iguais amplitudes. Estes são os chamados princípios liberais em seu radicalismo mais cru.
O fundo comum deles é o racionalismo individual, o racionalismo político e o racionalismo social. Derivam-se deles a liberdade de cultos mais ou menos restringida; a supremacia do Estado em suas relações com a Igreja; o ensino leigo ou independente sem nenhum laço com a Religião; o matrimônio legalizado e sancionado pela única intervenção do Estado: sua última palavra, que todo o abarca e sintetiza, é a palavra secularização, isto é, a não intervenção da Religião em ato algum da vida pública, verdadeiro ateísmo social, que é a última conseqüência do Liberalismo.
Na ordem dos fatos o Liberalismo é um conjunto de obras inspiradas por aqueles princípios e reguladas por eles. Como, por exemplo, as leis de desamortização; a expulsão das ordens religiosas; os atentados de todo gênero, oficiais e extra-oficiais, contra a liberdade da Igreja; a corrupção e o erro publicamente autorizado na tribuna, na imprensa, na diversões, nos costumes; a guerra sistemática ao Catolicismo, ao que se apoda clericalismo, teocracia, ultramontanismo, etc., etc.
É impossível enumerar e classificar os fatos que constituem o procedimento prático liberal, pois compreendem desde o ministro e o diplomata que legislam ou intrigam, até o demagogo que perora no clube ou assassina na rua; desde o tratado internacional ou a guerra iníqua que usurpa do Papa seu principado temporal, até a mão cobiçosa que rouba o dote da monja ou se apropria da lâmpada do altar; desde o livro profundo e pedante que se dá de texto na universidade ou instituto, até a vil caricatura de que se riem os libertinos nas tavernas. O Liberalismo prático é um mundo completo de máximas, modas, artes, literatura, diplomacia, leis, maquinações e atropelos inteiramente seus. É o mundo de Luzbel, disfarçado hoje em dia com aquele nome, e em radical oposição e luta com a sociedade dos filhos de Deus, que é a Igreja de Jesus Cristo.
Eis aqui, pois, retratado, como doutrina e como prática, o Liberalismo.

RCS

terça-feira, abril 26, 2005

¿Debe ser católica la acción política?

José Miguel Gambra es hijo del filósofo Don Rafael Gambra, que en paz descanse. JM Gambra también es filósofo, siguiendo la tradición de su padre y también siguiendo la Tradición en un sentido filosófico y religioso. Aunque su especialidad es la lógica y ha escrito mucho sobre Juan de Santo Tomás, de vez en cuando sus incursiones por la filosofía política siguen siendo un punto de referencia por la solidez de su argumentación.

RCS

Extractado de este sitio.

"La pregunta que da título a esta reunión -si debe ser católica la vida política- puede entenderse, al menos, de dos maneras:
1) ¿Deben las acciones del estado someterse a la ley natural, reflejo en la conciencia de la ley de Dios, o no?
2) El estado o el gobierno civil, sin prejuicio de la libertad que debe tener en materias de su competencia ¿debe reconocer a la religión católica como única verdadera, beneficiando su labor y sometiéndose a su autoridad en las materias mixtas o no?
Se trata de dos cuestiones, sin duda diferentes, pues la primera se refiere a los actos de gobierno como los de legislar o mantener el orden, mientras que la segunda apunta al título o a los principios por los que el gobierno reconoce estar regido.
Voy a tratar de presentar, a modo de tipos ideales que condensan en unos pocos trazos las complejas y variadas realmente existentes, las respuestas que dan hoy los bautizados a estas preguntas, y a pergeñar las razones en que se apoyan. Y digo los bautizados porque, si se hacen estas preguntas al que no es católico de ninguna manera, ya sabemos cuál es su respuesta.
El católico tradicional, o simplemente tal, se atiene a lo que era el magisterio ordinario y extraordinario de la Iglesia hasta hace unas décadas. Su respuesta inequívoca era un sí a la segunda de esas preguntas y, por tanto, también a la primera: el gobierno tiene no sólo que cumplir la ley natural, plas­mación en la conciencia humana de la ley eterna, sino que debe además ser confesionalmente católico. Es decir, debe reconocer en sus principios o constitución que la religión católica es la única verdadera y que es obligación del gobierno favorecer la acción de la Iglesia e impedir la propagación de otras religiones, sin obligar por ello a nadie a abrazar la fe católica. Aunque el deber de procurar esa confesionalidad del estado y la unidad religiosa es inalterable e incondicionado, su aplicación es prudencial y ha de tener en consideración las circunstancias, de modo que, evidentemente, sólo es aplicable, en el caso de sociedades católicas, pero no en aquéllas donde los católicos son minoría. En ellas, el gobernante católico sólo tiene la obligación de que las acciones políticas sean conforme a ley natural y la de conceder a la Iglesia la libertad que necesita para ejercer su ministerio. El fundamento sobre el que se asienta el deber de la sociedad y del estado de “rendir piadosa y santamente culto a Dios”, como decía León XIII, radica en que la sociedad, tan necesaria y beneficiosa para el hombre, procede como el hombre mismo de Dios, de modo que si éste tiene ese deber, no menos los tiene la sociedad.
La doctrina contradictoria de ésta es la del liberalismo católico: su respuesta a ambas preguntas es negativa. Iglesia y estado, religión y política, al igual que la ciencia y la teología son ámbitos disjuntos, esto es, completamente separados o ajenos el uno al otro. Una política católica es para ellos un sinsentido similar a un razonamiento perfumado o a un piedra sentimental.
Veamos, por someramente que sea, sobre qué bases llegaron a semejante conclusión. El liberalismo católico, en cuanto doctrina política, es uno de los aspectos del modernismo o del progresismo. Tales filosofías vienen a ser una especie de versión cristiana de la idea motriz de la mayoría de las filosofías decimonónicas: la idea de que la historia dirige a la humanidad hacia cotas de mayor perfección en todos los órdenes. Los modernistas conforme a esa inspiración vienen a mantener una especie de gnosticismo evolutivo según el cual el cristianismo, igual que todos los demás movimientos espirituales confluyen inexorablemente en un saber religioso superior, o gnosis, que superará y asumirá a todos ellos en el futuro.
En consonancia con tal gnosticismo, piensan que cualquier filosofía o movimiento espiritual, por muchos males que produzca o errores que contenga, siempre entraña una profundización superadora de la etapa anterior, que permite elevar un escalón a la humanidad. Y una de esas doctrinas modernas que, según ellos, permite una mejor inteligencia del cristianismo es la separación, en el seno del hombre mismo, de dos aspectos o vertientes, que unos llaman individuo y ciudadano y, otros, individuo y persona. Podríamos decir que el hombre es una suerte de ser bifronte que obra, según sus caras, en mundos dispares que no se comunican: una de esas caras es la conciencia privada o interior, la otra actúa en el mundo de los acontecimientos físicos o fenoménicos. Pues bien, según ellos la religión pertenece al ámbito privado de la conciencia, mientras que la acción política es cosa del ciudadano o del individuo: “el individuo para la ciudad y la persona para Dios” venía a decir Maritain, según palabras de Leopoldo Eulogio Palacios.
El fondo peor de toda esta concepción reside en la reducción de Dios a la categoría de representación o contenido de nuestra conciencia que ha llevado a cabo la filosofía moderna. Dios no es, como para el catolicismo verdadero, una cosa individual, distinta de nosotros mismos, de la cual todo procede y al que todo debe encaminarse, incluida la sociedad y el estado. Al contrario, Dios es sólo resultado de un sentimiento surgido del hombre, una manifestación de la subjetividad humana, un valor humano. La Biblia vendría a ser como un cuento cualquiera, como El Señor de los Anillos o la Guerra de las Galaxias y los mandamientos algo parecido a las reglas de un juego de rol. Las reuniones y asociaciones privadas que puedan formar los individuos en torno a tales cosas, desde la perspectiva del ciudadano o del estado, son admisibles sólo a condición de que no pretendan influir en la sociedad civil que pertenece al ámbito de la realidad fenoménica.
Los progresistas o modernistas, en suma, si mantienen la aconfesionalidad del estado y han dejado de ansiar que Cristo reine sobre la sociedad es porque han perdido la fe, y ello precisamente porque han convertido a Dios en una opción o en un valor subjetivo de la conciencia. Para ver eso no hace falta traer a colación el testimonio de los papas del XIX y XX que veían en el modernismo el compendio de todas la herejías; basta con consultar a un pensador tan poco favorable al catolicismo como Heideg­ger. Éste, en una curiosa página de Sendas Perdidas parece achacar a los clérigos modernistas el asesinato de Dios pregonado por Nietzsche como culminación de la modernidad:
El último golpe contra Dios [expresado por la famosa frase de Nietzsche “Dios ha muerto y nosotros le hemos matado”]... consiste en que Dios, el existente de lo existente, se rebaje a la condición de valor.... Ese golpe no viene de los profanos que no creen en Dios, sino de los creyentes y sus teólogos que hablan del más existente de lo existente [es decir de Dios], sin ocurrírseles pensar en el ser mismo [es decir sin pensarlo como real, sino sólo como valor], para percatarse así de que ese pensar y ese hablar es, visto, desde la fe, simplemente sacrilegio si se inmiscuyen en la teología del creer.
Finalmente, en nuestros días, se da una clase de católicos que defiende el deber del estado de acomodar sus leyes y actuación a la ley natural, pero niega o callan que deba reconocer en su ordenamiento jurídico, en su constitución, a la religión católica como única verdadera. Son gente de fe que mantienen como reales los contenidos de la Revelación, en lo cual difieren radicalmente del catolicismo liberal. Son a veces gente entregada, que trabaja con gran esfuerzo por una sociedad conforme a las normas de moralidad cristiana; luchan por una legislación contra el divorcio, el aborto, por unas leyes que favorezca la familia y por la justicia en sentido católico. Lo malo es que, a la hora de explicar su lucha, recurren sin reparo a las más variopintas doctrinas y filosofías, conformándose con bautizarlas con expresiones como “bien entendidas”, “auténticas” o incluso “cristianas”, como si así quedara todo claro y arreglado.
Así, para ellos, la verdadera declaración de los derechos humanos coincide con los preceptos del Decálogo. La auténtica dignidad de la persona no es una doctrina antropocéntrica sino que es la dignidad manifestada por la obra redentora de Nuestro Señor. El humanismo tampoco implica mal doctrinal alguno con tal de que sea humanismo cristiano. El laicismo de estado, condenado por los papas del XIX, se torna bueno con tal de que sea un laicismo sano y la democracia parlamentaria es perfectamente aceptable a condición de que sea una democracia bien entendida. El resultado de semejante proceder es una especie de potaje hecho con sobras indigerible para cualquier mente medianamente lógica.
El trasfondo doctrinal de todo ello parece hallarse en una especie de inversión del gnosticismo progresista del que antes hemos hablado. Consiste en creer que toda filosofía y religión está en cierta medida contenida en la religión católica, que, de ésa manera es concebida como la gnosis en la que confluyen, aún sin saberlo, todas los otros movimientos espirituales. Toda teoría -parecen pensar- tiene, como en germen, una vocación a la verdad plenamente poseída por la Iglesia Católica y, en cierta medida siempre contienen algo de ella. Aunque esto, hechas muchísimas precisiones, pueda tener algo de cierto, en modo alguno autoriza a sustituir la fundamentación católica de la actuación política por máximas de filosofías heterodoxas, por muy eficaz que lo creamos, o por mucho que añadamos la consabida coletilla de “bien entendido”. Y ello por varias razones:
Primero precisamente por razones prácticas: si la lucha por una legislación antiabortista se fundamenta sobre la vida como valor supremo, sobre los derechos de la persona humana y su dignidad, o sobre las declaraciones de derechos humanos y no porque así lo manda la ley de Dios, casi diría que es mejor quedarse en casa. Porque la introducción de principios de origen anticristiano es probablemente un mal mucho mayor que el bien parcial que se persigue. En efecto, al admitir tales principios, de momento quedan como cosa firmemente establecida que esos principios son católicos. Más luego, como desde esos principios puede colegirse también la licitud del aborto, a través de los derechos de la mujer, el derecho al propio cuerpo o similares, la conclusión que se quería sacar, esto es, la supuesta ilicitud del aborto queda en la duda. A fin de cuentas, lo único que se ha ganado con seguridad es la introducción de principios erróneos en el seno de la doctrina católica que socavan su claridad y de su firmeza, junto a su capacidad de guiar nuestra actuación.
Otra razón es que promover obras buenas por amor a la vida, por humanismo o por respeto a la persona, es decir, por motivos humanos y no por amor a Dios puede ser una obra buena en el orden natural. Pero carece del mérito sobrenatural reservado a lo que se hace con caridad o amor a Dios, lo cual supone la verdadera fe. “Si repartiese toda mi hacienda y entregase mi cuerpo al fuego, no teniendo caridad, nada me aprovecha” (I Cor., 13, 3).
Pero lo más grave del indiferentismo o ateísmo del Estado, admitido tácita o explícitamente por estos católicos, es la ofensa que con ello se hace a Dios y, de rebote, las consecuencias que se derivan. Eso ya lo decía León XIII con frases que bien pueden servirme de conclusión y cuyo contenido debiera estremecernos, pues parecen una maldición lanzada, 120 años ha, contra nuestra sociedad:
«Como no hay bien alguno que no deba ser atribuido causalmente a la bondad divina, todo estado que disponga la exclusión de Dios de la legislación y del gobierno rechaza, en cuanto de él depende, el auxilio de la bondad divina; y por tanto se hace merecedor de la negación de toda protección celestial. Por esa razón, aunque ese estado parezca poderoso en recursos y abundante en bienes naturales, lleva, sin embargo, en sus mismas entrañas un germen de muerte y no puede prometerse la esperanza de una larga vida» (Nobilissima Gallorum Gens, n. 3)."

José Miguel Gambra

domingo, abril 24, 2005

Enterrar a cabeça na areia?

O Luís Bonifácio, do "Nova Floresta", respondeu com urbanidade a uma crítica algo agreste que lhe deixei numa das caixas de comentários, tudo a propósito da eleição do Papa Bento XVI. Aqui fica a minha réplica ao mesmo:

Caro Luís Bonifácio,

1º) A Igreja não precisa da Teologia da Libertação para defender os pobres, porque sempre considerou a opressão dos pobres e o não pagamento do justo salário, como sendo dois dos pecados que bradam ao Céu, e que clamam pela vingança de Deus; os outros dois, anote-se, são o homicídio (aborto incluído) e o pecado sensual contra a natureza (a homossexualidade). De acordo com os Evangelhos, um dos principais factores que Cristo-Rei há-de ter em conta quando, em toda a glória, regressar à Terra para julgar os vivos e os mortos, é exactamente o modo como estes trataram os pobres. Na sua existência bimilenar, a preocupação com os pobres sempre foi uma das prioridades da Igreja, a qual nunca os deixou de socorrer nos mais variados campos, desde o da alimentação ao da saúde, passando pelo da educação. Recordemos as figuras de um São Francisco de Assis, de um São João de Deus, de um São Vicente de Paulo…

Dito isto, uma coisa é a defesa dos pobres, e outra é, à revelia da fé, da tradição e do magistério social da Igreja, abraçar um evangelismo político-militante de crassa raiz materialista, que, reinterpretando (e, consequentemente, deformando e deturpando) à luz da ideologia marxista conceitos basilares do Cristianismo, tem por fim último a transformação das relações e das estruturas materiais de produção em ordem à realização da sociedade socialista, a qual é absurdamente identificada com o Reino de Deus. A Teologia da Libertação, ao adoptar a agressiva praxis comunista e o seu modelo de acção demagógica baseado na luta de classes, não hesita em tornar-se companheira de jornada de uma doutrina política que tem por motores a inimizade, o ressentimento, a inveja e o ódio, ou seja, radicalmente oposta ao Cristianismo (intrinsecamente perversa, chamou-lhe Pio XI, na "Divini Redemptoris"), promovendo a violação directa dos Sétimo e Décimo Mandamentos da Lei de Deus. É, enfim, lastimável verificar como ela corrompe os fins últimos da Religião, não manifestando a mais leve e aparente preocupação com o bem-estar espiritual das almas dos crentes, com vista à salvação das mesmas para a eternidade. De resto, não é teologia porque não tem por objecto o conhecimento de Deus; nem é da libertação porque se inspira na doutrina marxista-leninista, ideologia totalitária negadora da ordem natural, sem a qual não é possível a existência de qualquer verdadeira liberdade humana, ideologia essa que jamais resolveu quaisquer problemas dos pobres, se não os agravou e ampliou ainda mais. E quando os seus defensores identificam o Reino de Deus com o regime tirânico cubano, é evidente que Roma não pode deixar de intervir e condenar essa postura, como efectivamente o fez (e com extrema permissividade modernista, saliente-se).

2º) No que respeita ao avanço das seitas evangélicas em solo latino-americano, a explicação que V. dá faria sentido se porventura aquelas defendessem a Teologia da Libertação, o que manifestamente não acontece; na verdade, o que sucede é que quando a Igreja Católica, na ressaca do Concílio Vaticano II, na América Latina, se afastou da tradição, atirando pela janela fora com tudo o que é religiosidade, espiritualidade e sacralidade, para se embrenhar na má-política revolucionária, renunciou à sua vocação específica - a cura e o bem-estar espiritual das almas -, deixando esse campo completamente desguarnecido e à mercê das seitas evangélicas, que passaram a dar aos crentes, ainda que de forma circense, aquilo que eles deixaram de encontrar no sucedâneo modernista do Catolicismo. Ora, nessas como noutras paragens, enquanto a Igreja não regressar à tradição, o seu declínio prosseguirá.

3º) Não existem católicos à discrição ou "à la carte": ou se é católico, e se aceita a totalidade do conjunto de verdades de fé e moral divinamente reveladas de que a Igreja é depositária e fiel guardiã, verdades eternas, intemporais e imutáveis, ou não se aceita, e não se é mais católico. Católicos à discrição foram Miguel Cerulário, Henrique VIII, Lutero e Calvino; todos eles acabaram em cisma ou em heresia. Cristo é claríssimo quando diz que é "o Caminho, a Verdade e a Vida", ou ainda mais ao afirmar que "Quem não é por nós, é contra nós".

4º) Seminários tradicionalistas como Econe, da SSPX; Gricigliano, do ICRSP; Wigratzbad, da FSSP; ou Campos, da AASJMV, não acusam minimamente a queda das vocações e estão cheios de candidatos ao sacerdócio. Por que será? Porque aí, ao contrário do que sucede na generalidade dos seminários diocesanos, os alunos defensores da ortodoxia não são sistematicamente perseguidos, nem desencorajados de seguir a sua vocação, ao invés dos restantes onde apenas se protege quem é heterodoxo, modernista, anticatólico e, até, moralmente pervertido.

5º) A Igreja Católica de sempre não tem qualquer culpa da invasão islâmica da Europa. Historicamente, vários santos caracterizaram-se pelo vigor e firmeza com que se opuseram ao Islão: Santiago, São Luís de França, São Bernardo de Claraval, São Francisco de Assis - apoiou as Cruzadas; nunca foi o pateta politicamente correcto retratado pelos modernistas -, São Pio V ou São Vicente de Paulo são magníficos exemplos desse facto. A responsabilidade de tal circunstância deve-se antes aos políticos jacobinos e mundialistas que, com a finalidade inconfessada de alterarem a matriz cultural cristã da Europa, permitiram a entrada de milhões de islamitas no nosso continente. Condescendo que quando o Papa João Paulo II, por causa do seu ecumenismo mal-são, em pleno Vaticano, beijou o Alcorão e disse "Possa São João Baptista proteger o Islão", minou gravemente a resistência católica à invasão muçulmana; que diferença vergonhosa em relação a Monsenhor Lefebvre, que em 1991, à beira da sua morte, sofreu o opóbrio de responder num tribunal de Paris por um "crime racista", acusado por uma coisa chamada Liga Internacional Contra o Racismo e o Antisemitismo, a qual não gostou de que o Santo Atanásio do século XX tivesse dito publicamente que em França já havia muçulmanos a mais…

6º) Finalmente, no que concerne à pessoa do actual Papa Bento XVI, comparada com a de João Paulo II: cada Papa é diferente daquele que o antecedeu, e a Bento XVI não se lhe pede que seja um actor hollywoodesco, cheio de charme, e que arraste multidões que, contudo, fazem total tábua-rasa do que ele prega; o que se quer deste Papa é que seja um fiel e firme defensor do corpo de verdades de fé e moral reveladas de que é guardião, e que as transmita incólumes, tal como as recebeu, ao seu sucessor. Se assim for, Bento XVI será um Santo Papa! Cumpra ele esta tarefa, regresse à Missa de rito latino-gregoriano de sempre, abandone a canga do Vaticano II (ou, pelo menos, releia-a à luz da tradição bimilenar da Igreja) e forçosamente o Catolicismo revigorar-se-á da noite para o dia. É que, ao contrário do que V. parece supor, à Igreja não é possível mudar a doutrina de que é defensora, porque não foi a Igreja que a criou, mas sim Deus. E este prometeu-lhe assistência até ao final dos tempos…

E, por mim, dou por encerrada esta polémica.

Adenda: o maior Papa do Século XX, como é evidente, foi São Pio X.

sábado, abril 23, 2005

Errores modernistas condenados ahora y siempre

Extractado de StatVeritas

Resumen de los errores modernistas condenados por el Papa San Pio X.

Autoridad doctrinal y disciplinar de la Iglesia
1. La ley eclesiástica, que ordena someter a la censura previa los libros que tratan de las sagrada Escritura, no afecta a los escritores que se dedican a la crítica o a la exégesis científica de los libros del Antiguo y del Nuevo Testamento.
2. No se debe menospreciar la interpretación que la Iglesia hace de los Libros Sagrados; sin embargo, debe estar sometida al juicio y corrección más profundos de los exegetas.
3. Los juicios y censuras de la Iglesia contra una exégesis libre y más científica hacen pensar que la fe propuesta por la Iglesia contradice a la historia, y que los dogmas católicos no pueden compaginarse con los verdaderos orígenes de la religión cristiana.
4. El magisterio de la Iglesia no puede determinar ni siquiera por medio de definiciones dogmáticas, el genuino sentido de las Sagradas Escrituras.
5. Dado que el depósito de la fe solamente contiene verdades reveladas, bajo ningún concepto corresponde a la Iglesia juzgar acerca de las afirmaciones de la ciencia humana.
6. Es de tal índole la colaboración entre la Iglesia discente y la Iglesia docente para definir las verdades, que la Iglesia docente se limita a aprobar las opiniones comunes de la discente.
7. Cuando la Iglesia condena errores, no puede exigir a los fieles un asentimiento interno, por el que se adhieran a los juicios por ella emitidos.
8. Se han de considerar libres de culpa a quienes no tienen en cuenta las condenas emanadas de las Sagradas Congregaciones Romanas.

Autoridad de las Sagradas Escrituras
9. Quienes creen que Dios es el verdadero autor de la Sagrada Escritura demuestran ser exageradamente simples o ignorantes.
10. La inspiración de los libros del Antiguo Testamento consiste en que los escritores israelitas transmitieron las doctrinas religiosas bajo un aspecto poco conocido o ignorado por los paganos.
11. La inspiración divina no abarca a toda la Sagrada Escritura, de manera que todas y cada una de sus partes carezcan de error.
12. Si el exegeta quiere dedicarse con provecho a los estudios bíblicos, lo primero que ha de hacer es rechazar cualquier ides preconcebida acerca del origen sobrenatural de la Sagrada Escritura y proceder a interpretarla el mismo modo que cualesquiera otros documentos puramente humanos

Autoridad humana de los Libros Sagrados
13. Los mismos evangelistas y los cristianos de la segunda y tercera generación fueron quienes elaboraron las parábolas del Evangelio; de esta forma justificaban los exiguos frutos qie produjo la predicación de Cristo a los judíos.
14. En muchas narraciones, los Evangelistas contaron no tanto lo que es verdad, cuanto lo que juzgaron más provechoso para sus lectores, aunque fuera falso.
15. Los Evangelistas contaron en muchos de los relatos lo que era verdad como lo que, aun siendo falso, juzgaban que era más provechoso para los lectores.
16. Las narraciones de San Juan no son propiamente historia, sino una contemplación mística del Evangelio; los discursos qie el citado Evangelio contiene, son meditaciones teológicas sobre el misterio de la salvación, desprovistas de verdad histórica.
17. El cuarto Evangelio exageró los milagros, no sólo para que pareciesen más extraordinarios, sino también con el fin de que fuesen más adecuados para simbolizar la obra y la gloria del Verbo Encarnado.
18. San Juan se arroga la condición de testigo de Cristo; pero en realidad no fue más que un testigo de la vida cristiana, o de la vida de Cristo en la Iglesia, durante los últimos años del primer siglo.
19. Los exegetas heterodoxos han expresado el sentido verdadero de las Escrituras con myor fidelidad que los exegetas católicos.

La Revelación y el dogma
20. La revelación no ha podido ser otra cosa más que la conciencia que el hombre adquiere de su relación con Dios.
21. La revelación, que constituye el objeto de la fe católica, no quedó cerrada con los Apóstoles.
22. Los dogmas que la Iglesia presenta como revelados no son verdades venidas del Cielo, sino sólo una interpretación de hechos religiosos que la mente humana se ha proporcionado por medio de un esfuerzo laborioso .
23. Puede existir, y de hecho existe, oposición entre los hechos que la Sagrada Escritura narra y los dogmas de la Iglesia que en ellos se apoyan; por consiguiente, el crítico puede rechazar como falsos hechos que la Iglesia cree absolutamente ciertos.
24. No hay por qué condenar al exegeta que sienta unas premisas de las cuales se sigue que los dogmas son históricamente falsos o dudosos, con tal de que directamente no niegue directamente esos dogmas.
25. El asentimiento de la fe se apoya, en último término, en el número de probabilidades.
26. Los dogmas de la fe se han de admitir solamente según su sentido práctico; es decir, como normas preceptivas de conducta, no como normas de lo que hay que creer.

La divinidad de Jesucristo
27. La divinidad de Jesucristo no se prueba por medio de los Evangelios; pero es un dogma que la conciencia cristiana deduce de la noción del Mesías.
28. En el ejercicio de su ministerio, Jesús no hablaba con la finalidad de enseñar que El era el Mesías, ni sus milagros iban encaminados a demostrarlo.
29. Se puede admitir que el Cristo, que nos muestra la historia, es muy inferior al Cristo que es objeto de la fe.
30. En todos los textos evangélicos el nombre de Hijo de Dios esequivalente sólo al nombre de Mesías, pero de ningún modo significa que Cristo es verdadero y natural Hijo de Dios.
31. La doctrina que acerca de Cristo, nos han transmitido Pablo, Juan y los Concilios de Nicea, de Efeso y Calcedonia, no es la que Jesús enseñó, sino la que acerca Jesús concibió la conciencia cristiana.
32. El sentido natural de los textos evangélicos no puede compaginarse con lo que nuestros teólogos enseñan acerca de la conciencia de Jesucristo y de su ciencia infalible.
33. Es evidente para cualquiera que no se deja llevar por ideas preconcebidas que, o bien Jesús estaba equivocado acerca del próximo advenimiento del Mesías, o bien la mayor parte de Su doctrina contenida en los Evangelios Sinópticos no es auténtica.
34. El crítico no puede atribuir a Cristo una ciencia ciencia sin límites, a no ser que se apoye en una hipótesis históricamente concebible y que repugna al sentido moral: que Cristo, en cuanto hombre, poseía la ciencia de Dios y, no obstante, no quiso comunicar ese conocimiento acerca de tantas cosas ni a los discípulos ni a la posteridad.
35. No siempre tuvo Cristo conciencia de su dignidad mesiánica.
36. La Resurrección del Salvador no es propiamente un hecho histórico, sino de orden meramente sobrenatural, ni demostrado ni demostrable, que la conciencia cristiana fue poco a poco derivando a partir de otros hechos.
37. En un comienzo, la fe en la Resurrección de Cristo no versó tanto tanto sobre el mismo hecho de la Resurrección como sobre la vida inmortal de Cristo junto a Dios.
38. La doctrina acerca de la muerte expiatoria de Cristo no es evangélica, sino solamente paulina.

Los Sacramentos:
39. Las opiniones acercad el origen de los Sacramentos, de que estaban imbuidos los Padres de Trento y que indudablemente influyeron en sus cánones dogmáticos, están muy lejos de las que ahora mantiene con razón la investigación histórica sobre el cristianismo.
40. Los sacramentos tuvieron su origen en la idea que los Apóstoles y sus sucesores, movidos y convencidos por determinados acontecimientos y circunstancias, se formaron acerca de Cristo y de su intención.
41. Los sacramentos no tienen más finalidad que la de mantener viva en el espíritu la presencia siempre benficiosa del Creador.
42. Fue la comunidad cristiana la que introdujo la necesidad del bautismo, al adoptarlo como un rito necesario y añadiéndole las obligaciones de la profesión cristiana.
43. La costumbre de bautizar a los niños fue una evolución de la disciplina, y fue una de las causas de que el sacramento se dividiera en dos: el Bautismo y la Penitencia.
44. Nada prueba que los Apóstoles practicasen el rito del sacramento de la Confirmación; la distinción formal entre Bautismo y Confirmación, es ajena a la historia del cristianismo primitivo. 45. No todo lo que San Pablo relata acerca de la institución de la Eucaristía (1 Cor. 11, 23-25), ha de ser considerado como histórico.
46. En la Iglesia primitiva no existía el concepto de pecador cristiano reconciliado por la autoridad de la Iglesia; ésta fue asimilando con gran lentitud el citado concepto; es más, después de ser conocida la penitencia como una institución de la Iglesia, no se le daba el nombre de Sacramento, pues era considerado como un sacramento infamante.
47. Las palabras del Señor: Recibid el Espíritu Santo; a quienes perdonareis los pecados les sserán perdonados, y a quienes se los retuviereis les serán retenidos (Juan, 20, 22. 23), no se refieren en absoluto al sacramento de la Penitencia, por más que lo afirmaran así los Padres de Trento.
48. Santiago, en su epístola (5, 14. 15) no tuvo intención de promulgar un Sacramento de Cristo, sino recomendar una práctica piadosa. Si acaso ve en ello algún medio para obtener la gracia, no lo entiende con el rigor con que lo han interpretado los teólogos que fijaron el concepto y el número de los sacramentos.
49. A medida que la Cena cristiana fue poco a poco convirtiéndose en acción litúrgica, quienes solían presidir la Cena adquirieron carácter sacerdotal.
50. Los ancianos que tenían la misión de atender a los grupos de cristianos fueron instituidos como presbíteros u obispos por los Apóstoles, con el fin de que se ocuparan de la necesaria organización de las comunidades en auge, pero no con el fin de perpetuar la misión y potestad apostólica.
51. El matrimonio no pudo convertirse en Sacramento de la nueva ley, sino hasta muy tarde en la Iglesia; puesto que para que el matrimonio se considerase como Sacramento, era necesario que previamente se llegara a un pleno desarrollo teológico de la doctrina sobre la gracia y sobre los Sacramentos.

La Iglesia Católica y su doctrina
52. Fue ajeno fue a la intención de Cristo fundar la Iglesia como sociedad que había de durar sobre la tierra, durante largos siglos; por el contrario, Cristo pensaba que el reino de los Cielos junto con el fin del mundo estaba a punto de llegar.
53. La constitución orgánica de la Iglesia no es inmutable, pues la sociedad cristiana, está sujeta, como toda sociedad humana, a una continua evolución.
54. Los dogmas, los Sacramentos la Jerarquía -tanto en lo que se refiere a su concepto como a su realidad- no son más que interpretaciones y evoluciones de la mente cristiana, que hicieron crecer y perfeccionaron con añadiduras exteriornas, el germen diminuto latente en el Evangelio.
55. Nunca pensó Simón Pedro que Cristo le hubiese encomendado el primado en la Iglesia.
56. La Iglesia romana se convirtió en la cabeza de todas las Iglesias, no por ordenación de la divina, sino meramente por circunstancias políticas.
57. La Iglesia se manifiesta enemiga de los progresos en las ciencias naturales y teológicas.
58. La verdad no es más inmutable que el hombre mismo, y que con él, en él y por él evoluciona.
59. Cristo no enseñó un determinado cuerpo de doctrina aplicable en todo tiempo y a todos los hombres, sino que más bien inició un movimiento religioso adaptado o adaptable a los diversos tiempos y lugares.
60. La doctrina cristiana fue judaica en sus inicios, pero por medio de evoluciones sucesivas se hizo primero paulina, después joánica y por último helénica y universal.
61. Puede decirse, sin afirmar nada extraño, que ningún capítulo de la Escritura, -desde el primero del Génesis hasta el último del Apocalipsis- contiene una doctrina idéntica a la que acerca de la misma materia enseña la Iglesia, por consiguiente, ningún capítulo de la Escritura tiene el mismo sentido para el crítico que para el teólogo.
62. Los principales artículos del Símbolo de los Apóstoles no tenían para los primeros cristianos la misma significación que tienen para los cristianos de hoy.
63. La Iglesia se muestra incapacitada para defender con eficacia la moral evangélica al adherirse obstinadamente a doctrinas inmutables que no pueden estar en armonía con el progreso moderno.
64. El progreso de las ciencias está exigiendo una modificación de los conceptos acerca de Dios, de la Creación, de la Redención, de la persona del Verbo Encarnado y de la Redención.
65. El catolicismo actual no puede armonizarse con la verdadera ciencia, si no se transforma en un cristianismo no dogmático: en un protestantismo amplio y liberal.

sexta-feira, abril 22, 2005

Bento XVI e a tradição



No primeiro sermão que proferiu, o Santo Padre Bento XVI anunciou aquelas que serão as prioridades do seu pontificado, entre as quais saliento a proposta de releitura do Concílio Vaticano II, a ser feita em fiel continuidade com a bimilenar tradição da Igreja, a que também fez expressa referência.

Por esta razão, parece-me que devem os católicos tradicionais dar um amplo benefício da dúvida ao actual Papa, e sem caírem em ingenuidades desnecessárias, não cavarem de imediato um fosso intransponível com Roma, através do relembrar de antigos pronunciamentos de pendor modernista do então Cardeal Ratzinger, a que o próprio parece já ter renunciado, para mais numa altura em que as potências infernais, gravemente feridas com o resultado do último conclave, assestam a totalidade da sua fúria sobre a figura do Romano Pontífice.

Na minha estrita opinião pessoal, que não vincula nada nem ninguém, Joseph Ratzinger foi um dos melhores amigos que a tradição teve em Roma durante o pontificado de João Paulo II; ora, considerando a devoção que o agora Papa Bento XVI nutre pela Missa de rito latino-gregoriano; com a intercessão da Santíssima Mãe de Deus, e a oração intensa dos fiéis da tradição; bem como com a mais terrena e prestimosa colaboração do Cardeal Castrillón Hoyos, na Comissão Ecclesia Dei; acredito que estarão reunidas as condições para que a Missa Tridentina possa ser libertada com celeridade dos entraves modernistas que correntemente a tolhem.

De resto, em face do pensamento que o presente Papa plasmou no seu livro "The Spirit of Liturgy" (desconheço se existe tradução portuguesa), de que em seguida se transcrevem alguns trechos), é pelo menos legítimo ter a esperança de que tal possa suceder:

- In the early Church, prayer towards the east was regarded as an apostolic tradition. We cannot date exactly when this turn to the east, the diverting of the gaze from the Temple, took place, but it is certain that it goes back to the earliest times and was always regarded as an essential characteristic of Christian liturgy (and indeed of private prayer).

- In no meal of the early Christian era, did the president of the banqueting assembly ever face the other participants. They were all sitting, or reclining, on the convex side of a C-shaped table, or of a table having approximately the shape of a horseshoe. The other side was always left empty for the service. Nowhere in Christian antiquity, could have arisen the idea of having to 'face the people' to preside at a meal. The communal character of a meal was emphasised just by the opposite disposition: the fact that all the participants were on the same side of the table.

- A renewal of liturgical awareness, a liturgical reconciliation that again recognises the unity of the history of the liturgy and that understands Vatican II, not as a breach, but as a stage of development: these things are urgently needed for the life of the Church. I am convinced that the crisis in the Church that we are experiencing today is to a large extent due to the disintegration of the liturgy, which at times has even come to be conceived of etsi Deus non daretur: in that it is a matter of indifference whether or not God exists and whether or not He speaks to us and hears us. But when the community of faith, the world-wide unity of the Church and her history, and the mystery of the living Christ are no longer visible in the liturgy, where else, then, is the Church to become visible in her spiritual essence? Then the community is celebrating only itself, an activity that is utterly fruitless. And, because the ecclesial community cannot have its origin from itself but emerges as a unity only from the Lord, through faith, such circumstances will inexorably result in a disintegration into sectarian parties of all kinds - partisan opposition within a Church tearing herself apart. This is why we need a new Liturgical Movement, which will call to life the real heritage of the Second Vatican Council.

- The Christian faith can never be separated from the soil of sacred events, from the choice made by God, who wanted to speak to us, to become man, to die and rise again, in a particular place and at a particular time. . . . The Church does not pray in some kind of mythical omnitemporality. She cannot forsake her roots. She recognizes the true utterance of God precisely in the concreteness of its history, in time and place: to these God ties us, and by these we are all tied together. The diachronic aspect, praying with the Fathers and the apostles, is part of what we mean by rite, but it also includes a local aspect, extending from Jerusalem to Antioch, Rome, Alexandria, and Constantinople. Rites are not, therefore, just the products of inculturation, however much they may have incorporated elements from different cultures. They are forms of the apostolic Tradition and of its unfolding in the great places of the Tradition.

- Unspontaneity is of their essence. In these rites I discover that something is approaching me here that I did not produce myself, that I am entering into something greater than myself, which ultimately derives from divine revelation. This is why the Christian East calls the liturgy the "Divine Liturgy", expressing thereby the liturgy's independence from human control.

- After the Second Vatican Council, the impression arose that the pope really could do anything in liturgical matters, especially if he were acting on the mandate of an ecumenical council. Eventually, the idea of the givenness of the liturgy, the fact that one cannot do with it what one will, faded from the public consciousness of the West. In fact, the First Vatican Council had in no way defined the pope as an absolute monarch. On the contrary, it presented him as the guarantor of obedience to the revealed Word. The pope's authority is bound to the Tradition of faith, and that also applies to the liturgy. It is not "manufactured" by the authorities. Even the pope can only be a humble servant of its lawful development and abiding integrity and identity. . . . The authority of the pope is not unlimited; it is at the service of Sacred Tradition. . . . The greatness of the liturgy depends - we shall have to repeat this frequently - on its unspontaneity (Unbeliebigkeit).

- This action of God, which takes place through human speech, is the real "action" for which all creation is in expectation. The elements of the earth are transubstantiated, pulled, so to speak, from their creaturely anchorage, grasped at the deepest ground of their being, and changed into the Body and Blood of the Lord. The New Heaven and the New Earth are anticipated. The real "action" in the liturgy in which we are all supposed to participate is the action of God himself. This is what is new and distinctive about the Christian liturgy: God himself acts and does what is essential.

quarta-feira, abril 20, 2005

Contra Europa


Extractado de L'Esclat

«Lo escribiremos por centésima vez: el liberalismo ha envenenado nuestra sangre y el parlamentarismo ha podrido nuestros huesos. Lo escribiremos por centésima vez: el sistema mortal de esta sociedad, que se disuelve, es que hay muchos hombres de talento que todo lo ven al revés, y muchos hombres sensatos que no hacen más que simplezas, y, sobre todo, muchos hombres verídicos que nunca dicen la verdad.»Aparisi y Guijarro, Obras Completas, Tomo I
El mes de mayo, además de a Nuestra Señora, bien puede dedicarse a la defensa de la identidad de España. Y es que es rico en efemérides antieuropeas: Dos de Mayo, alzamiento de Madrid contra las tropas napoleónicas; Veinticinco de Mayo, declaración de guerra a Napoleón por la Junta General del Principado de Asturias... Sin olvidar el tres de mayo, Invención de la Santa Cruz, mandada celebrar como fiesta nacional por el más antieuropeo de los reyes de este siglo, Don Alfonso Carlos, el monarca de la Cruzada.

No somos europeos
¿Por qué contra Europa? No hacía falta explicarlo a nuestros abuelos: Europa representa la antítesis de España. No somos europeos, ni siquiera geográficamente. ¿Son acaso europeas Ceuta, Melilla, las Islas Canarias? Y, sin embargo, ¿puede algún bien nacido negar su españolidad? ¿Qué decir de las Españas de ultramar?

La moneda falsa
Pero el papanatismo que nos invade hace pasar por buena la moneda falsa del europeísmo hasta entre aquellos que, no hace tanto, la reconocían y apartaban. Parece que hasta el más lerdo debería darse cuenta de lo ajena que Europa nos resulta, aunque sólo fuera por la devastación económica que el Mercado Común —luego Comunidad Económica Europea, ahora Unión Europea— ha traído a España. Pero no; hemos de apurar el cáliz hasta las heces. Incluso la Academia se une al enemigo: tras la supresión de la ch y la ll como consonantes autónomas, ¿cuánto durará la ñ? (No es asunto baladí: se trata de homogeneizar, de eliminar toda diferencia).

¿Cuándo nace Europa?
Sigamos con el símil de la moneda falsa. ¿Cuándo se acuña? ¿Cómo distinguir el troquel?Veamos primero la verdadera. España, o las Españas, van formándose en la Historia como bastión de la Cristiandad. Cuando ésta empieza a disgregarse, los españoles no sólo se mantienen fieles, sino que la amplían: nace entonces la Hispanidad. Hispanidad que perpetúa la Cristiandad política, en cuya defensa empuña las armas, que no depone hasta 1939. (Y aún podríamos incluir, mutatis mutandis, las campañas posteriores de Ifni-Sahara).
Europa, por contra, nace precisamente de esa disgregación de la Cristiandad. Nace de las cinco rupturas de que hablaba el Profesor Francisco Elías de Tejada:«a) La ruptura religiosa del luteranismo.b) La ruptura ética del maquiavelismo.c) La ruptura política del bodinismo.d) La ruptura jurídica del hobbesianismo.e) Y la ruptura sociológica que convierte en realidad palpable la rotura definitiva del cuerpo místico político cristiano: la firma de los tratados de Westfalia.» (Centro de Estudios Históricos y Políticos “General Zumalacárregui”, ¿Qué es el Carlismo? Madrid, 1971)

En 2004
Hemos visto el nacimiento de estas dos fuerzas tan dispares, la acuñación de las dos monedas. ¿Qué aspecto tienen ahora, a principios del siglo XXI?
Sigue siendo de aplicación el libro antes citado:«Europa es mecanicismo; neutralización de poderes; coexistencia formal de credos; moral pagana; absolutismos; democracias; liberalismos; guerras nacionalistas familiares; concepción abstracta del hombre; sociedades de naciones y organizaciones de naciones unidas; parlamentarismos; constitucionalismos; aburguesamientos; socialismos; protestantismos; republicanismos; soberanías; reyes que no gobiernan; indiferentismo y ateísmo y antiteísmo: revolución en suma.»
«Cristiandad es, en cambio, organicismo social; visión cristiana del poder; unidad de fe católica; poderes templados; cruzadas misioneras; concepción del hombre como ser concreto; cortes auténticamente representativas de la realidad social entendida por cuerpo místico; sistemas de libertades concretas; continuidad histórica por fidelidad a los muertos: tradición en suma.»
«Son, pues, dos civilizaciones, dos culturas polarmente contrarias. Europa es “lo europeo”: la civilización antropocéntrica de la revolución. Cristiandad es “lo cristiano”: la civilización teocéntrica de la tradición.» (Op. cit.)

Europa contra España
«Europa ha nacido para liquidar la cristiandad. Muchos creen que lo ha conseguido. Y así fuera cierto, de no haber sido por un obstáculo inopinado, naturalmente imprevisible, y por eso razonablemente calificable de providencial, que surgió. Ese obstáculo se llamó y se llama así: Las Españas.» (Op. cit.)
Y ahora, en el último asalto, Europa (también la Europa interior, es decir, la anti-España separatista, laicista, francófila o pro-estadounidense, judaizante o neomozárabe) se propone liquidar lo poco que queda de las Españas. Y le han salido aliados sorprendentes: el entusiasmo europeísta de “católicos” modernistas y sedicentes “patriotas” produce náuseas.
Por eso, en el mes de mayo, Mater Hispaniarum, ora pro nobis.

Gerardo Prendes

terça-feira, abril 19, 2005

Viva o Papa! Viva Bento XVI!



Acabados de saber da magnífica decisão do Conclave, sob influência do Espírito Santo, de eleger o Cardeal Ratzinger para o Trono de São Pedro, é possível, desde já, enunciarmos algumas conclusões:

1º) Os modernistas e progressistas radicais, apostados em subverter o que ainda resta da Igreja, embrenhados que estão no seu ódio a tudo o que é autenticamente católico, sofrem com esta eleição uma derrota esmagadora, e os seus perversos planos um revés demolidor; esqueceram-se das palavras de Cristo de que não prevalecerão!

2º) A Igreja continua a ter um Papa que, à imagem do seu antecessor João Paulo II, não transigirá em questões fundamentais de fé e doutrina, e que cumprirá escrupulosamente as funções papais de preservação, defesa e transmissão das verdades de fé e moral divinamente reveladas e, como tais, perpétuas, imutáveis e intemporais. Deste modo, o mundo moderno, com a sua mentalidade indiferentista, relativista, subjectivista, supondo que a Verdade pode ser mudada ao sabor das modas para satisfazer os caprichos do homem contemporâneo, é o outro grande vencido deste Conclave;

3º) O nome adoptado pelo novo Papa - Bento XVI - demonstra uma aparente vontade de se desligar, pelo menos em parte, dos seus antecessores pós-conciliares, bem como de apartar-se dos nefastos efeitos do Vaticano II, e de restabelecer ligações com a tradição permanente da Igreja. Neste campo, sabendo-se da devoção que o Cardeal Ratzinger nutre pela Missa de rito latino-gregoriano, que amiudadas vezes tem celebrado, da amizade que sempre manifestou pela Associação Internacional “Una Voce”, e da perplexidade que nunca deixou de manifestar em relação às consequências da ruinosa reforma litúrgica de Paulo VI, aguarda-se com expectativa que o agora Sucessor de Pedro liberte em definitivo a Missa tradicional de todas as peias que continuam a tolher a possibilidade de a mesma ser livremente celebrada, reconfirmando o teor da Bula “Quo Primum”, de São Pio V; finalmente, espera-se que Bento XVI resolva o problema do estatuto canónico da SSPX, e levante as injustas excomunhões proferidas contra Monsenhor Marcel Lefebvre e os restantes Bispos da Fraternidade

4º) E agora, um pedido final: “Oremus pro Pontífice nostro Benedicto. Dominus conservet eum, et vivificet eum, et beatum faciat eum in terra, et non tradat eum in animam inimicorum eius”.

Comenzar poniendo los puntos sobre las ies no es mal comienzo ...

El cardenal Ratzinger fustiga el «marxismo, el agnosticismo y el individualismo radical»

Extractado de La Razón [ http://www.larazon.es/noticias/noti_rel49036.htm ]

“El cardenal Ratzinger, con un rostro que delataba fatiga y la voz tomada por un ligero catarro, centró su homilía en reclamar, para los cristianos, una fe adulta que no se deje «llevar por la deriva, ni zarandear por cualquier viento de doctrina». El garante de la unidad de la Fe durante el pontificado de Juan Pablo II condenó «la dictadura del relativismo, que no reconoce nada como definitivo y que, como última medida, sólo tiene el propio yo y sus apetencias». Según el decano del Colegio Cardenalicio, «tener una fe clara acorde al credo de la Iglesia es, a menudo, etiquetado como fundamentalismo. Mientras, el relativismo, esto es, el dejarse llevar “aquí o allá de cualquier viento de doctrina”, es visto como el único comportamiento a la altura de los tiempos modernos». Además, Ratzinger enumeró también esos «vientos de doctrina», las corrientes ideológicas que hemos conocido en los últimos decenios.
«La pequeña barca del pensamiento de muchos cristianos –afirmó el alemán en tono suave pero firme– ha sido agitada por estas ondas, lanzada de un extremo a otro: del marxismo al liberalismo, hasta el libertinaje; del colectivismo al individualismo radical; del ateísmo a un vago misticismo religioso; del agnosticismo al sincretismo». «Cada día nacen nuevas sectas y se realiza lo que dijo san Pablo sobre el engaño de los hombres, sobre la astucia que conduce engañosamente al error», aseveró el purpurado.
No han sido pocos los que han afirmado que la más que notable presencia del alemán en los actos públicos celebrados desde la muerte de Juan Pablo II era un claro síntoma de su calidad de «papable». Algo así como una forma de dejarse ver y ganar notoriedad. Sin embargo, la constante presencia pública del ex Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe no se debe a intereses personales sino a su condición de decano del Colegio Cardenalicio, el único cargo eclesial que se mantiene vigente desde la muerte del Papa, junto con el «cardenal Camarlengo», el riojano Eduardo Martínez Somalo.”

Juzguen Vds. mismos

BENEDICT XVI
Commençons par le plan doctrinal. Peut-on dire du cardinal Ratzinger qu’il est un évêque réellement traditionnel et sûr dans le domaine doctrinal ?
En 1968, Joseph Ratzinger, alors professeur à l’université de Tübingen, fut un des 38 responsables de la « Déclaration sur la liberté et la fonction des théologiens dans l’Église », publiée dans le numéro de décembre 1968 de l’édition française de la revue Concilium. Ce texte constitue une attaque assez violente de la Congrégation pour la doctrine de la foi et, à travers elle, des actes du magistère pontifical, supposés mettre un frein à la liberté des théologiens. Parmi les autres responsables, on peut citer les théologiens progressistes Marie-Dominique Chenu, Yves Congar, Walter Kasper, Hans Küng, Karl Rahner, Edward Schillebeeckx.
Sur ce texte, le père Congar, pourtant assez « en pointe », a exprimé ses réserves : « Ce texte a vivement déplu à Rome. Il est loin de me satisfaire ; malheureusement, lorsqu’on m’a soumis la première rédaction, j’étais à l’hôpital, seul, sans aide, je n’ai pu agir comme je l’aurais voulu. J’ai fait cependant un certain nombre de remarques : une ou deux furent acceptées, mais pas la principale. Je ne suis donc pas entièrement d’accord avec cette déclaration que j’ai cependant signée – et je sais que ma signature en a entraîné quelques autres 54. »
On pourra rétorquer que le cardinal Ratzinger n’assume pas tous les écrits du professeur Ratzinger. Cependant, lorsque Vittorio Messori lui a posé la question de savoir s’il considérait sa collaboration à Concilium comme un « péché de jeunesse », le cardinal n’a nullement fait une réponse analogue à celle du père Congar regrettant la « Déclaration » de 1968. Au contraire, il affirme que ce sont les autres responsables de la revue qui ont changé, tandis que lui restait fidèle à l’esprit primitif 55. Il situe ce tournant définitif vers 1973, soit près de cinq ans après la « Déclaration ».
Passons maintenant à des déclarations faites depuis son cardinalat. Peut-on dire que celui qui écrit la déclaration suivante soit un évêque doctrinalement sûr ? « Nous devons constater qu’au concile Vatican II ont été entérinées des valeurs qui ne sont pas venues de l’Église, mais qui viennent de deux siècles d’esprit libéral, mais purifiées et corrigées 56. »
Peut-on dire que celui qui écrit la déclaration suivante soit un évêque doctrinalement sûr ? « Gaudium et Spes est (en liaison avec les textes sur la liberté religieuse et sur les religions du monde) une révision du Syllabus de Pie IX, une sorte de contre-syllabus. (…) Ce texte joue le rôle d’un contre-syllabus dans la mesure où il représente une tentative pour une réconciliation officielle de l’Église avec le monde tel qu’il était devenu depuis 1789 57. »
Peut-on dire que celui qui écrit la déclaration suivante soit un évêque doctrinalement sûr ? « Il existe des décisions du magistère qui ne peuvent constituer le dernier mot sur une matière en tant que telle, mais un encouragement substantiel par rapport au problème, et surtout une expression de prudence pastorale, une sorte de disposition provisoire. Leur substance reste valide, mais les détails sur lesquels les circonstances des temps ont exercé une influence peuvent avoir besoin de rectifications ultérieures. A cet égard, on peut penser aussi bien aux déclarations des papes du siècle dernier sur la liberté religieuse qu’aux décisions antimodernistes du début de ce siècle, en particulier aux décisions de la Commission biblique de l’époque. En tant que cri d’alarme devant les adaptations hâtives et superficielles, elles demeurent pleinement justifiées. (…) Mais dans les détails relatifs aux contenus, elles ont été dépassées, après avoir rempli leur devoir pastoral à un moment précis 58. »
Peut-on dire que celui qui écrit la déclaration suivante soit un évêque doctrinalement sûr ? « Ce serait absurde de vouloir revenir en arrière, retourner à un système de chrétienté politique. Mais il est vrai que nous nous sentons une responsabilité dans ce monde et désirons lui apporter notre contribution de catholiques. Nous ne souhaitons pas imposer le catholicisme à l’Occident, mais nous voulons que les valeurs fondamentales du christianisme et les valeurs libérales dominantes dans le monde d’aujourd’hui puissent se rencontrer et se féconder mutuellement 59. »
L’examen de ces quelques déclarations du cardinal Ratzinger manifeste qu’il peut difficilement être considéré comme un évêque réellement sûr au plan doctrinal.


54 — Un vie pour la vérité. Jean Puyo interroge le père Congar, Centurion, 1975, p. 159.
55 — Cardinal Ratzinger, Vittorio Messori, Entretien sur la foi, Fayard, 1985, p. 16-17.
56 — Cardinal Ratzinger, Entretien avec le mensuel Gesu, 1984.
57 — Cardinal Ratzinger, Les principes de la théologie catholique, Téqui, 1985, p. 426-427.
58 — Cardinal Ratzinger, « Magistère et théologie », L’Osservatore romano. Édition hebdomadaire en langue française, 10 juillet 1990, p. 9.
59 — Cardinal Ratzinger, Le Monde, 17 novembre 1992.

¡Tenemos Papa!

El Cardenal Ratzinger ha sido elegido nuevo Papa. Ha escogido el nombre de Benedicto XVI.
Ratzinger se ha caracterizado en un pasado por un modernismo rampante y en tiempos más recientes ha sido, a pesar de ciertos problemas doctrinales que afectan a la mayor parte de la Iglesia, un freno a muchos excesos modernistas. Sin duda alguna el Pontificado de Juan Pablo II hubiera sido mucho peor si Ratzinger no hubiera estado en los últimos tiempos ahí.
Durante los Pontificados de Benedicto XV y de Pío XI, doctrinalmente impecables, los liberales y modernistas tomaron todos los resortes de poder de la Iglesia. Los mismos que habían sido neutralizados por San Pío X y los mismos sobre los que Pío XII tuvo que ejercer potestad y autorizar para frenarles. De ahí que la elección de su nombre, que suele tener que ver con el último Papa de la línea, no sea quizás motivo de gozo para muchos de nosotros. Como Jacobo San Miguel, R.I.P., nos recordaba a menudo, fue durante estos dos pontificados posteriores al de San Pío X cuando se gestó la traición enorme a los Cristeros mexicanos.
Es por esto que mi post de ayer, sobre Santo Tomás Becket o Cantuariense, sigue siendo acertado. Dado el actual Colegio Cardenalicio que haya salido Ratzinger es una prueba palpable de que el Espíritu Santo no abandona a Su Iglesia. Ahora la pelota está en el tejado de Benedicto XVI y a él corresponde mover ficha. Ratzinger debe restaurar todo en Cristo porque Cristo, y no los hombres, es el centro y la razón de ser de la Iglesia Católica.
¡Gloria sea dada a la Iglesia Católica, Esposa Mística de Nuestro Señor Jesucristo!
¡Viva el Papa!

RCS

Sobre el Cónclave y Santo Tomás Cantuariense

Sólo puedo añadir ¡Amén! a lo que JSarto publica en su entrada anterior sobre lo que debiera decir un auténtico Papa fiel a la doctrina, como el supuesto Leo XIV que de la mano de Thomas Drolesky nos trae.
En realidad, sin haberme prodigado mucho en leer todas las tendencias representadas por los Cardenales en el actual Cónclave, concluyo que no hay ningún Cardenal que pueda considerarse de orientación tradicional, al modo por ejemplo de lo que fueron un Otavianni o un Siri en el pasado, por citar un ejemplo. ¿Quiere decir esto que la Tradición, la verdadera continuidad de la Iglesia sin mancha, tiene todo perdido? No. “Hasta el rabo todo es toro”, dice el popular dicho español y “mientras hay vida hay esperanza”. No olvidemos el factor de la conversión, que es algo crucial y muy ligado a la vida de los católicos.
Santo Tomás Cantuariense, llamado también de Canterbury o Becket, es un Santo que me atrae muchísimo. Admirador de la Inglaterra medieval que soy, con todos sus claroscuros, Santo Tomás Cantuariense no llevó la vida tan edulcorada que presenta la Catholic Encyclopaedia. No voy a entrar si en sus tiempos jóvenes fue lo que hoy llamaríamos un “playboy” o su pureza está fuera de toda duda, pues distintas fuentes aseveran diferentes hechos. El caso es que por su biografía o su educación ciertamente fue mundano y ambicioso de los honores humanos.
Azares del destino, en realidad golpes de timón de la Providencia, Tomás a Becket fue consagrado Obispo y a partir de este momento él sintió una profundísima llamada de Dios y de su Iglesia. Santo Tomás Cantuariense se dio cuenta de que bajo él quedaban almas que había que salvar por encima de todo, y que la interferencia de Enrique II de Inglaterra sobre la Iglesia Católica era totalmente inapropiada. Su heroica muerte selló su vida.
Existen muchos Cardenales cuya virtud de la pureza también está fuera de toda duda, pero que son ambiciosos de honores y mundanos: quieren avenirse con el mundo y conciliar lo irreconciliable, las enseñanzas de Jesucristo –verdadero Dios y verdadero Hombre- con la Revolución. Parecen gozarse, como Ratzinger, en decir que el Vaticano II es la Revolución Francesa de la Iglesia. ¿Quién nos dice que no pueda pasar que uno de estos Cardenales, el que sea elegido Papa, pueda convertirse al darse cuenta de la altísima dignidad y responsabilidad que el Papado impone?
Juan Pablo II, el Papa que promovió hasta extremos inenarrables el ecumenismo irenista, el que machacó la Tradición ahogándola, el que tuvo aciertos formidables en sus opiniones sobre el aborto, sobre la contracepción y otras materias (eso sí, las más fundadas sobre una pobre Teología antropocéntrica basada en la dignidad del hombre) y cuyo único documento dogmático en 26 años de Pontificado fue en contra de la Ordenación Sacerdotal de las mujeres, queda atrás. Pero sus errores todavía están con nosotros. Pablo VI dijo que “el humo de Satanás [había] entrado dentro de la Iglesia”. El Padre Malachi Martin señaló que el Vaticano II comenzó con una Misa Negra y nadie se atrevió a contradecirle.
Entremedias de esos dos Papas, Pablo VI y Juan Pablo II, hubo uno, Juan Pablo I, que sintió lo mismo. Pagó con el martirio. Su Santidad Juan Pablo I había sido un liberal de tomo y lomo en la diócesis de Venecia, pero en aquellas épocas de los Calvi y los Marcinkus, de los Villot y Sidona y quién sabe qué más traidores a Cristo, quiso alzarse. Es más que posible que pagara con el martirio. Como posiblemente le pasara a un Papa que quisiera volver a la Tradición ahora.
Pero el Papa, Vicario de Cristo en la Tierra, podría de esta manera evitar a lo mejor con su muerte martirial la muerte de millones de seres humanos. Si no pasa nada, agostadas como están las fuentes de gracia al impedirse mediante una liturgia espúrea que la Sangre de Cristo sea derramada en los Altares, será nuestra propia sangre la que será derramada por nuestros pecados.
Santo Tomás Cantuariense, rogad por la Iglesia. Rogad por nosotros.

RCS

Thomas Droleskey e os trabalhos do novo Papa

Thomas Droleskey, um dos mais proeminentes católicos tradicionais norte-americanos, presidente do conselho directivo do "Christ the King College", responsável pela página "Christ or Chaos", autor do interessantíssimo "Christ in the Voting Booth", e prolífico colaborador de espaços como "Daily Catholic" ou "Seattle Catholic" escreveu, em Novembro de 2003, um artigo fundamental intitulado "What would Leo XIV say?", cujo conteúdo é inteiramente oportuno recordar, nesta altura em que se encontra a decorrer o Conclave:

Aqui se transcreve o extracto mais significativo desse artigo, onde Droleskey expõe a linha de acção que se espera de um Papa verdadeiramente defensor da tradição católica, queira Deus aquela que venha a ser adoptada já pelo sucessor de João Paulo II:

"Personally, I pray for the day when a Vicar of Christ will say the following upon his accession to the Throne of Saint Peter:

"We ascend to the Throne of Saint Peter in perilous times. We have taken the name Leo to honor the Pope who had a vision during the offering of Holy Mass of the Devil having his way with the Church for about a hundred years. Pope Leo XIII composed both the long and short forms of the Saint Michael the Archangel prayer, inserting the shorter form into the Missal to be recited aloud by both the priest and the people following the reading of the Last Gospel after the conclusion of Low Mass. It is time for Us to admit that the Devil has indeed had his way with the Church for long enough. It is time to put an end to the influences that have devastated the Catholic Faith, destroyed belief in the Real Presence, profaned the Holy Sacrifice of the Mass, relegated the Immemorial Mass of Tradition to a near outlaw status, abandoned truths contained in the Deposit of Faith, reaffirmed heretics and schismatics and pagans in false religions, embraced the Modernist rejection of the Social Reign of Christ the King in favor of a 'civilization of love,' and produced unparalleled chaos in the life of the Church and hence the world. It is time to return to the twin foundations of Tradition and Truth as the basis of the Catholic Faith, starting with the restoration of Traditional Latin Mass as the basis of Catholic worship and teaching.

"The revolution that was imposed upon the Catholic Faith by those in ecclesiastical authority had many roots. In essence, however, the very Modernism condemned by Our glorious Predecessor, Pope Saint Pius X, insinuated itself pridefully in the hearts and the souls of popes and cardinals and bishops and priests. Having insinuated itself in the shepherds, it was thus very easy for the Adversary to win over most of the Catholic faithful, many of whom believed that their shepherds would never lead them astray. The prophecies of La Sallette and Anne Katherine Emmerich and others about these bad shepherds were ignored. Our Lady's own Fatima requests, which We intend to fulfill at Our earliest opportunity, were deconstructed of their plain meaning so as to avoid offending powerful countries and the false currents of modernity. The result has been a Catholic world in which most baptized Catholics do not seek to root out sin from their lives nor aspire to the highest levels of sanctity by means of cooperating with the graces won for us on Calvary by the shedding of the Most Precious Blood of Our Divine Redeemer, Our Blessed Lord and Savior Jesus Christ, and by relying upon the intercession of the Blessed Mother and all of the other saints and angels. This must stop.

"Therefore, We hereby decree the following:

"One, the Immemorial Mass of Tradition is hereby restored as normative in the Latin Rite of the Catholic Church. We affirm that Our sainted Predecessor, Pope Saint Pius V, issued in Quo Primum a perpetually binding decree that gives every priest in the Latin Rite of the Catholic Church the absolute right to offer Mass according to the Missal he promulgated in 1570. The Mass of Tradition can never be abrogated. Nothing that any of Our immediate Predecessors has done has in fact abrogated it. No bishop has any authority to command that a priest not offer Mass according to the Missale Romanum issued by Pope Saint Pius V. Any bishop who attempts to do so will be deposed by Us without any appeal to Our plenipotentiary authority. We hereby apologize to those who have been dealt with unjustly for their fidelity to Tradition, starting with the Society of Pope Saint Pius X and all other priests who have seen it as their duty, while recognizing the primacy of the See of Peter and the legitimacy of its occupant, to offer the Mass of Tradition to the faithful in what has been considered heretofore irregular canonical situations. We will use their good offices to help effect what will be a long and most likely painful transition back to Tradition. We are willing to run the risk of formal schism on the part of those committed to the errors of the recent past in order to protect the flock from the contagion that has produced so much destruction for souls and thus the right ordering of things in the world to the Social Reign of Christ the King through His true Church.

"Two, any diocesan ordinary or auxiliary bishop who is unwilling to comply immediately with our affirmation of Quo Primum will be required to resign posthaste. We know of very fit candidates to replace bishops who have participated in the crushing of Tradition and who have presided over the destruction of the Faith. We can no longer tolerate a situation where men in ecclesiastical authority misuse their power to discipline Catholics faithful to Tradition and Truth while rewarding those who put into question articles contained in the Deposit of Faith and look the other way at the degradation of the Sacred Mysteries of the altar. All previous conditions imposed on the attendance of the Mass of Tradition are hereby repealed and denounced as unjust and invalid. In the words of those who fomented the revolution, 'We're beyond that now.'

"Three, We hereby cease any and all efforts to effect a false unification with actual schismatics, heretics and other unbelievers. We affirm the truths contained in Pope Pius XI's Mortalium Animos as the foundation of fostering true religious unity. We condemn as revolutionary and counter to the Syllabus of Errors and Mortalium Animos the approaches of the recent past, which have reaffirmed people in false religions and currents, leading Catholics to believe that they do not have the obligation to bring everyone into the One, Holy, Catholic and Apostolic Church founded upon the Rock of Peter, the Pope. We will restore the authentic of all Catholic shrines and churches which have been redesigned to accommodate the beliefs of those who adhere to false religions and/or paganism.

"Four, although a more thorough review of the recent past will follow shortly, We reaffirm the binding nature of Quas Primas as the foundation of converting nations to the Social Reign of Christ the King. Documents of the recent past that have distanced the Church from the unbroken patrimony that had never been placed in doubt prior to 1958 are hereby denounced and rejected as having been harmful to the faithful and to the rights of God as exercised by Holy Mother Church. In this regard, We will be issuing shortly formal decrees of excommunication against every Catholic in public life who supports the four sins that cry out to Heaven for vengeance, including abortion and sodomy. We will no longer tolerate the farce of baptized and confirmed members of the Catholic Church supporting these and other evils.

"Finally, relying upon the patronage of the Mother of God, Saint Joseph, Saint Peter, Saint Paul, and all of the angels of saints, We pledge Ourselves in Our pontificate to the proclamation of the truths received by the Apostles from Our Lord and Savior Jesus Christ and handed down to us by them under the protection of the Holy Ghost without fear of criticism by Jews, Muslims, Protestants, members of all other false religions, public officials, or members of the true flock of Christ. We must fulfill with the same zeal and fidelity of the Apostles the charge Our Lord gave to the Eleven as He Ascended to the Father's right hand in glory: to teach everything He has revealed to all men everywhere so that every person on the face of this earth will be baptized in the Name of the Father, and the Son, and the Holy Ghost be incorporated as a member of the one, true Church of Christ that is the Catholic Church.
"Given at Rome, sometime in the twenty-first century (or thereafter), Leo XIV, Pont. Max."